El texto como problema

En una ocasión tuve ante mi un texto que supe localizar bien, pertenecía a un orden mishnaico, Nashim, y con esa información que juzgue suficiente acabé por darle, con un traspiés, un sesgo y un significado diverso al original.

Mishnah-C-Nashim1-Vilna.pdfEste preámbulo para abordar el tema de la lectura del texto no está del todo injustificado. En el caso que refiero era fácil decir que el texto era un problema, sobre todo para un estudiante en busca de excusa para un resbalón. Cierto no era un texto fácil, pero tampoco de una dificultad insuperable. La realidad es que el texto era un problema en cuanto mi lectura le hizo ser un texto problemático. Fue ver lo que no estaba pero a mi me hubiese gustado que estuviese, porque coincidía con mi visión de lo que iba a hallar en el texto, lo que determinó el fracaso de la comprensión, el empujar el texto donde no estaba, donde no había texto.

Puede parecer que es un problema menor y sin embargo no lo es. Aventurar una lectura sin haber leído realmente el texto es distorsionar la realidad que el texto describe. Proponerse hallar en el texto lo que el texto no da, endosarle una etiqueta que no puede sostener porque no le pertenece o colocarlo en una línea de filiación, de parentesco con otro textos con los cuales solo tiene un parecido superficial, son actitudes frecuentes.

Por ejemplo, recientemente he leído una reseña crítica de Muerde ese fruto que cito textualmente: “No sé si tenía que entender un significado oculto de este libro y si había alguna enseñanza…”. El libro no le ha gustado y lo siento. La pregunta que habría que hacer es ¿Si no ha encontrado un significado oculto o enseñanza ninguna, no es posible que no la haya? De otro modo, ¿por qué empecinarse en  buscar en un texto lo que texto no da para luego sentirse decepcionados? Más allá de que el texto sea mio (pongo el ejemplo para que no se diga que uso terceras personas para hablar de mi o que escondo lo que en otros no aprecia en mi libro; rehuyendo esto me zambullo en las críticas por personalismo, que le ¡vamos a hacer. De algo hay que morir) el error de esta lectura está precisamente en no reflexionar sobre el texto, en no realizar una comprensión del texto, porque el texto se ha “leído antes”, se ha leído en modo prejudicial con la idea de lo que había de encontrarse entre sus líneas y no yendo al descubrimiento de lo que las líneas dicen.  

El ejercicio de la lectura nos propone es abandonar nuestras posiciones para adentrarnos en las posiciones de otro. A lectura concluida podremos valorar si nos  convence o seduce o nos gusta, o todo lo contrario. La lectura nos propone abandonar el prejuicio par ejercitar la compresión. Incluye esto aceptar la posibilidad de que lo que nos describe esté en desacuerdo con nuestro modo de ser, de pensar y con nuestra definición vital. No es infrecuente que al terminar rechacemos las posiciones del texto pero apreciemos también partes de él, o incluso que a lectura concluida, lejos del posiciones apriorísticas, descubramos nuevos horizontes. 

Y es que la caída de la comprensión lectora, el fracaso de la experiencia que propone resulta alarmante, porque leyendo en un texto año lo que en el texto no está, lo que el texto no dice nos alejamos de la comprensión de la realidad que describe solo para confirmar a expensas de otro y de toda evidencia n nuestro particular enfoque, que no admitimos pueda ponerse en tela de juicio. La frase que he citado encierra, quizá inconscientemente, este mundo de exclusión irreflexiva que constituye el fracaso de la lectura.

Si llevamos esta práctica a la vida cotidiana no cuesta apreciar como que estamos construyendo la posverdad sobre la base de la incomprensión de cuanto nos rodea, de exclusiones apriorísticas de la visión del mundo,  porque ya establecimos un marco interpretativo de la realidad del cual no tenemos intención de salir, así como no tenemos intención de comprender lo que hemos leído. Los de comprensión lectora de nuestras escuelas son bajos, no acaso lea tendencia a la posverdad, a la circulación con anteojeras

Recuperar la lectura y la comprensión es fundamental y va, en mi humilde opinión, más allá de la lectura misma.

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Entropía (social)

la Entropía es uno de esos conceptos que salen citarse sin saber bien bien en que consiste, como sinónimo de desorden coas creciente.

Entropía cero sería pues un instante de calma, orden completo. En realidad la cosa no está del todo así.

La entropía define la cantidad de movimiento molecular que genera calor: baja entropía, baja excitación y al contrario. El problema es que para una observación, una medida, de la entropía hay que establecer un momento inicial, que por fuerza es arbitrario. Dicho de otra manera para empezar a medir, a hablar de entropía, debemos decidir in media res desde cuando empezamos a medir.

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Ludwig Boltzmann

Si no fuese suficiente debemos también determinar cual es el estado inicial, que subconjunto del total de datos posibles sobre las moléculas que se agitan y mezclan, es que consideramos en el momento inicial. No es banal. Cambiando  esta definición, este subconjunto, cambia la perspectiva y momento inicial, la configuración peculiar de momento de inicio de nuestra medición: y a nadie se le escapa que cualquier configuración es peculiar que si en vez considerásemos el total de las características sería imposible iniciar la medición porque, entre otras cosas sería imposible determinar un antes y después, un presente y un futuro. La entropía, como propuso Boltzmann, es una cuestión de desenfoque, de una visión desenroscada de la realidad. Digamos que una baja entropía depende de la elección del momento inicial en una situación real en quino hay ni inicio ni fin, sino una agitación mayor o menor, una elección en una agitación, una mezclarse, continuo, constante.

Pongamos todo esto en una perspectiva social, hagamos, por cuanto posible, una analoghi con nuestra cotidianidad y nuestra historia. La realidad es dialógica, pero no consecuencial, vivimos en saltos desde que hemos destructurado nuestra percepción del espacio y del tiempo, una antes del adviento de la quantistica;  yo así interpreto la síndrome de Stendhal, el puntillismo, el sol negro de Nerval, la caverna de Platón, como intento de aproximarse a una realidad muy distinta, multiestratificada, a como la percibimos corrientemente.

Así pues cuando veo los intentos de parcelación de la realidad, de acotamiento, de fosilización del tiempo en un pasado corroborante, me agito íntimamente, me sublevo ante la ceguera confortante de quien se exime de comprender la realidad como un cuadro de constante mutación, de sustancialmente iguales en estados distintos pero no inmutables. Cuando veo la elección de arbitrarias entropías cero que generen una calma social, un entusiasmo y un consenso falsos por fundarse en falsedades factuales, en elecciones arbitrarias, entonces me irrito, me asombro de cuanto fuerte es la tensión por situarse fuera del espíritu de la realidad, del tiempo que vivimos, más complejo, más difícil y más entusiasmante que cualquier segura calma.

La entropía pone fin a la idea del tiempo como fluir y como sucesión de un antes y un después, que por fuerza debe escogerse y las elecciones nunca son causales ni inocentes. Aceptemos la entropía como estado social, mezclémonos, agitémonos en un calor apasionante.

La crisis de la novela

La novela en crisis, ¡qué titular!

Pero cómo podía ser de otra manera, digo yo.

Entramos en una época en que la sociedad en su conjunto se rompe, se resquebraja, se parcializa, se atomiza (consideraciones que la posmodernidad ya había hecho y afrontado, juzgue cada uno si su aportación es o ha sido relevante), y advertimos en esta descomposición dos áreas: el caos, generador de pesadillas sociales; una utopía indefinida, la consciencia de un cambio aún en fase inicial y por tanto de contornos borrosos. La incertidumbre atenaza. Lo conocido tiene visos de ser la solución cuando advertimos que lo conocido es lo que desaparece; lo hace porque es parte del problema, no de la solución. Ante un panorama así, lo que vemos, comemos y leemos no queda a parte.

Si, con motivos o sin ellos, la novela ha sido el altavoz y la expresión de la escritura en los últimos 50 o 60 años o el espejo de la sociedad en ese mismo lapso de tiempo, creo que es inevitable que la novela esté en crisis.

Acogernos formas narrativas pasadas que nos dan un marco seguro y asegurador, el anecdotismo o la novela histórica para entender el pasado (evitando mirar al futuro o incluso al presente) o peor aún para creer que cualquier tiempo pasado fue mejor y añorarlo y tenerlo como meta.

A la novela, como a la escritura y a cualquier otra forma creativa en general, no le queda más remedio que lanzarse a la vanguardia del cambio, apostando por lo que aún no se ha hecho o como no se ha hecho. Si la novela está en crisis, como temo lo ha estado casi siempre, lo debe también a su vínculo con la realidad que describe y que la acoge, naturalmente también con su propia evolución.

No sé, sin embargo, si estamos todos de acuerdo en la atribución de la importancia en el peso de esta crisis.

Si es cierto que leer se ha convertido en leer novela, dudo mucho que esta responsabilidad sea adscribirle al género en si, no es menos cierto que en el no leer la novela paga también el precio mayor. Un aspecto que inquieta a quien escribe y vende libros, novelas, es que pasará cuando el modelo haya periclitado definitivamente. Pero esto tiene  mucho que ver con la novela como producto para el consumo y poco con la novela como género, así creo yo.

Pillada pues entre la necesidad de avanzar y reflejar lo que está por venir y lo que ocurre, entre la necesaria renovación de rutas por caminos intuidos pero desconocidos y la necesidad de mantenerse con un público obstinado en su mayor parte por reconocerse en el pasado: esta ahí la crisis de la novela. La novela está tan en crisis como nosotros mismos. Dudo que eso sea malo de por si. Es lógico por contra.

La cuestión por tanto es como la novela superará los límites de si misma anticipando el cambio de los límites de la sociedad futura, cómo nos ayudará a interpretarlos, no con una exclusiva sino entre/con los  restantes géneros, si podremos hablar de novela, lejos de saber si leer será aún entonces leer novela, si habrá un leer, y no como parece que se obstina en pensar nuestro subconsciente consumista que leer y comprar, leer y vender, será la misma cosa después de la crisis.

La propiedad de una obra: autor vs sociedad

¿Debería respetarse la última voluntad de un escritor cuando pide que tras su muerte toda o parte de su obra sea destruida?
Alejandro Gamero (@alexsisifo)

copyrightEsta pregunta que Alejandro Gamero dirigía al mundo, tiene algunos aspectos evidentes y otros menos. Yo quisiera dar una vuelta por los confines de la propiedad de una obra, de los modos en que podemos concebir el concepto propiedad y como este se despliega.

Es evidente, ya antes de empezar esta digresión, que algunas de las afirmaciones son de domino general, por no decir público, que en este caso y dada la naturaleza de la exposición, podría desviar la atención. Espero que otras tantas, al contrario, contengan elementos de novedad, o al menos de menor evidencia.

Partamos de la idea de un autor con obra de éxito, si no en términos económicos si culturales. Una de esas obras que retratando una época, un dilema imperituro, una enseñanza universal o eterna, si existe la eternidad, la consideramos parte de una canon literario y que conforma nuestra cultura en un modo u otro, en un grado u otro; hablamos de El Lazarillo de Torres o El Quijote o de Ultimas tardes con Teresa o La Colmena, por ejemplo y sin que sea una lista exhaustiva, por la que tenga una especial predilección o universalmente reconocida. Digamos que son obras a las que non renunciamos, incorporándolas en un alfabeto de creaciones, en una galaxia interpretativa del mundo que procede también por acumulación total o parcial. Bien. Bajo este prisma está claro que el concepto propiedad se escinde en dos ramas divergentes: la propiedad privada e intransferible, salvo a los herederos, del autor de la obra; la propiedad colectiva, identitaria y simbólica de la misma obra. Lástima que ambas colisionen en el derechos de edición y el aspecto económico derivante. Y esto último ve como, en cierto modo, se riza el rizo porque parte del éxito económico de la obra, el de pervivencia y continuidad en el tiempo, se asienta en el prestigio derivado de la pertenencia a la herencia cultural, al mundo literario a través del canon, al de la memoria colectiva solidificada en títulos y autores. Viceversa el reconocimiento de la obra determina una parte del éxito de ventas. El problema de esta dimensión económica es que perturba la divergencia original, como una mosca en verano.
En realidad la cuestión toca el aspecto inmaterial y se coloca en una dualidad entre individual y colectivo, cual de ambas esferas debe predominar o en que equilibrio deben situarse: debate nada fácil, no hace falta que lo anuncie.
Volvamos a la pregunta inicial, ¿Debería respetarse la última voluntad de un escritor cuando pide que tras su muerte toda o parte de su obra sea destruida?
¿Por qué no? Está claro que entendemos con esta pregunta que lo colectivo prevale ante lo individual (aunque solo, parece, mientras no se incluye esa parte venal). La idea de perder, por una decisión individual, una parte constitutiva de lo colectivo no es aceptable o no lo parece. No deseamos privarnos y no toleramos privarnos de lo que hemos incluido en nuestro patrimonio. Ya. ¿Por cuánto tiempo? Quiero decir, ¿por cuánto tiempo lo incluimos o incluiremos en ese patrimonio? Imaginemos el caso del pobre Echegaray. No parece que hoy su obra goce de gran salud, no que se litigue por su prestigio, pero su día hubiese dicho “¡quemadlas todas!”, ¿qué habríamos dicho o hecho? ¿Nos habríamos opuesto? ¿Cómo? La pervivencia de una obra dentro del canon no es algo seguro por la eternidad, si la eternidad existe, es más está ligada a criterios variables, al flujo de los tiempos. Cosa que, por el contrario no ocurre con las decisiones personales, inefablemente unidas a nuestro tiempo. De haber desoído la hipotética petición de Echegaray hoy quizá pesaría la elección ante la memoria de un individuo, un autor, al que se negó el control de la propia obra. Al contrario. Imaginemos ahora que el pobre Alejandro Sawa hubiese entrado en el canon de inicio del s. XX mientras hoy, revisado lo revisable, volvería a la penumbra del olvido. Lo colectivo no tiende a disculparse por sus errores, admitiendo que lo sean y que no se trate en vez de un proceso social indomeñable, perpetuo y necesario. Ah sí, el riesgo de tomar decisiones comporta el error. ¿Quiere decir todo esto que debe evitarse tomar decisiones, qué la dialéctica debe desaparecer del horizonte de la literatura, qué debemos renunciar al canon o que el canon debe ser acumulativo e irrevisable? Me parece impensable. Entonces, ¿cómo integrar el valor de lo colectivo en el respeto de lo individual? Sinceramente no lo sé. Creo que por otro lado pone sobre la mesa el debate sobre la constitución de la propia cultura y de la propia visión del mundo. Un concepto que hasta aquí no ha aparecido es de unanimidad. No podemos hablar de universalidad del canon, jamás esto será posible, ni tan siquiera en las obras que más se alejen de nuestro tiempo, susceptibles de ser más polémicas. Podemos hablar de unanimidad, conscientes de que hablamos de una unanimidad construida, que refleja visiones y construcciones que, más que consensuadas, son instrumentales a formas de vida. Hoy la diversidad de perspectivas y de visiones es, quizá no mayor al pasado, grande. Tanto que se refleja en visiones culturales con frecuencia muy estructuradas aunque marginales, o quizá solo marginales desde una perspectiva que auto asegura ser mayoritaria; me pregunto la segmentación de la que tanto habla el marketing, no es escaso otra forma de describir este fenomeno (no siempre ligado a la edad).
Todo esto está muy bien, pero ¿por qué yo (está claro que este yo es retórico y no identificativo) autor aun influyente y determinante de una parte de la consciencia y la cultura colectiva debería privarme de mi derecho a decidir sobre la obra que yo mismo he creado? ¿Qué derecho inextinguible posee la colectividad, que incluso podría haberme hostigado o ignorado durante la creación de lo que ahora reivindica como propio, a privarme de esta posibilidad? Esta posibilidad también existe. ¿Y si el autor considerase que la parte que la colectividad incluye en su seno es perniciosa de hecho para ella misma? ¿No tiene el autor derecho a retractarse de sus escritos destruyéndolos? ¿Por qué no? Bien. La cuestión está puesta desde el principio. La respuesta no puede ser no, no podemos negar ese derecho o posibilidad. ¿Tiene pues derecho a hacerlo, a privar a la colectividad de parte su constitución (aunque no sea universal)? Dando la vuelta a la pregunta inicial la respuesta no parece segura. Debe existir un espacio liminal cuya amplitud no soy capaz de determinar, como no puedo determinar su profundidad.
¿Y si ese derecho se lo abrogasen los herederos del autor o su editor, en cualquiera de los dos sentidos posibles de le decisión? Si la transferibilidad del derecho en su aspecto económico es posible, por qué no el derecho decidir? La cosa se complica.
¿Debería respetarse la última voluntad de un escritor cuando pide que tras su muerte toda o parte de su obra sea destruida?
¿Qué confín queremos construir entre lo individual y lo colectivo, qué espacios de intersección queremos construir ahora y en futuro? Esta pregunta, creo, es la respuesta más sensata a la pregunta de Gamero. La más difícil también.

 

Entrevista a Maurizio Campisi: exilio, lengua y escritura

Maurizio Campisi es piemontés de la inmediaciones de Turín, emigró a Costa Rica en 1993. Ha escrito reportajes sobre América Latina para revistas y periódicos italianos y extranjeros: correspondiente para Diario y para la Juventud de Montevideo, la agencia de noticias Ansa latina, Narcomafie y Peacereporter. Suyo es el blog El Dorado. Es autor de varios ensayos y novelas.

 

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foto Centro Studi Silvio Pellico

Comparto con Maurizio Campisi diversas amistades y el vivir en una real o aparente escisión lingüística permanente. Es esta última condición, la de emigrado y la de autor en lenguas diversas o en la propia en un contexto lingüístico diverso, en cierto aislamiento formal. Las reflexiones del último periodo en este blog tienen por tanto un alter ego viviente en Maurizio, otra forma de afrontar, ver, vivir, escribir y actuar ante las cuestiones que he ido plantando más que resolviendo. La entrevista, pues, hay que leerla al socaire de las entradas precedentes, recolocando y releyéndola en esa perspectiva. Sin duda cualquier lector podrá darle nuevas orientaciones.
¿Por qué escribes en italiano?
El italiano es la lengua en la que se forman mis pensamientos. El imaginario toma forma en esta lengua y pasa directamente al folio.
¿Cual es el obstáculo para escribir en español?
El español es mi lengua familiar, el idioma de todos los días. Tiene una función práctica: sirve para resolver los problemas de la cotidianidad. Me es difícil, por tanto, transportarlo al plano del imaginario. Además, existe una cuestión de fondo: ¿qué español usar? Hablo un par de variantes y conozco al menos otras cinco que podría aplicarse a un texto. Y más, no creo en la existencia, en literatura, de un español estándar. Es una lengua riquísima, pero justo en su heterogeneidad, en mi caso, está su límite.
¿Qué relación existe entre tu obra y la literatura italiana o costarricense?
No me siento parte de nada. Cuento historias, en italiano, de países geográficamente y culturalmente lejanos de Italia. Mis escenarios recorren no solo Costa Rica, sino diferentes países latinoamericanos y se convierte en algo difícil de encerrar en una literatura específica. Sin embargo, si consideramos que la lengua es también un territorio, entonces siento más apropiado colocarme en el entorno cultural italiano.
¿Sientes ser uno escritor en exilio, piensas en el italiano como lengua de exilio?
No, absolutamente. El italiano es solo un medio.

¿Lengua como territorio y/o lengua como medio?

La lengua es un territorio amplio que va desde las reglas de la morfología y de la sintaxis hasta lo que el escritor se propone describir a través de estas reglas. Lengua entonces como medio, pero también como territorio que  permite aprender, explorar, almacenar y expresar. Es el territorio individual del escritor, su patrimonio que está a disposición de los lectores. Se aplica por supuesto también más allá del ámbito personal, pensemos por ejemplo a las lenguas indígenas que sufren de la falta de un reconocimiento oficial. La lengua se convierte en el espacio vital de estas poblaciones, en un territorio que no se puede definir con confines tangibles y que, sin embargo, las re- presenta y las empodera.

¿Como escritor en otra lengua como ves o vives la literatura?
Como una fiesta. A mí me gusta identificarme antes de nada como lector y solo sucesivamente como escritor. El resultado de cuanto escribo es consecuencia de la experiencia directa y de las lecturas absorbidas, con fortuna para mí en al menos tres lenguas originales: italiano, español e inglés. La literatura por tanto es antes de nada fruición y después deviene creación.
¿Existe una literatura mundial?
Hay temas recurrentes en todas la literaturas. Aplicando este concepto en un sentido amplio, creo poder afirmar que existe una literatura mundial que está viva y en plena expansión. Esto es así porque las problemáticas o los temas tratados en las diferentes literaturas, añadamos la globalización o la estandardización de las sociedades, están siendo comunes. Creo que se puede decir que, a veces, la única diferencia tangible entre las varias literaturas es la lengua precisamente.
¿En qué literatura, como género sitúas tu literatura?
He escrito ensayo y novela. Además, la serie del intendente Navarra, lejos de agotarse, se mueve entre lo policiaco y lo social. Me resulta difícil una clasificación.

Canon y lenguas sin territorio

Si en una ocasión precedente he tratado el tema de los confines de la literatura nacional y de la falsa identificación entre lengua y nación, una reducción interesada y poco real, un punto que dejé fuera de la discusión fue el relativo al canon literario de la lenguas sin territorio. Este caso, antipodal, se presenta como otro elemento de crisis en la definición de una literatura nacional en favor de un fenómeno transnacional.
Dos son los casos que se me ocurren para tratar este particular tema: el yiddish y el esperanto. Renuevo aquí lo expuesto precedentemente: la literatura sobrevivirá a cualquier nación y cualquier lengua porque es hija del constante mutar de los eventos y de los instrumentos en que se reproduce y transmite. Añado con los casos de hoy que la literatura no parece pues ligarse a un territorio en modo necesario mientras no puede renunciar a ser expresión de una cultura, que como tal puede articularse en mil territorios distintos pero debe nutrirse de un acerbo común, si bien recolocar el confín de la literatura en la lengua da frutos igualmente poco aptos a describir la realidad. Maquina-de-escribir-con-teclado-yiddish
La literatura en yiddish o en esperanto minan a la base la idea que pueda reducirse la multidimensionalidad y el horizonte de pertenencias.
Sea el yiddish sea el esperanto son lenguas transcontinentales. En el primer caso la extensión desde Europa a otros continentes debido a la emigración supuso también un cambio en los horizontes temáticos, en las expectativas puestas en la creación literaria o, lo que es lo mismo, en la visión del mundo cambiante. De una lengua que se ligaba a un mundo semicultual, el yiddish evolucionó, a causa del propio Zeitgeist y de la evolución interna de las comunidades de lengua yiddish, a un literatura urbana de aspiraciones universales que reivindicaba su posición en una Weltliteratur de inicios del s.XX a la vez que reivindicaba su intraducibilidad, su aportación al canon mundial per se siendo una lengua para siempre; una consideración tan ficticia como la de lengua como nación. En realidad el yiddish sufre la evolución de toda lengua y toda cultura en Europa, redefiniéndose, o mejor no redefiniéndose, en la posmodernidad avanzante cargada de su crisi categorial.
El ejemplo de Jacob Glatstein es clarificador. Glatstein quería formar parte del canon universal, a sus condiciones y literalmente en su lengua poética originaria, el yiddish. Sostenía Glatstein que todo escritor yiddish era ya automáticamente un escritor del mundo (ממילא אֵ וועלט שרייַבער), incluso si uno no tenía un público en absoluto.
Como no podía ser de otra forma dentro de la literatura en yiddish las posiciones distaban de ser homogéneas. Isaac Bashevis Singer propuso una universalización de la cultura inherente en el yiddish desplazando la lengua del yiddish al inglés. O lo que es lo mismo Bashevis Singer proponía la superación de la lengua para introducirse en el canon mundial por otras vías; noi deja de ser paradójica su posición sobre el yiddish y su pervivencia cuando al ser preguntado sobre al muerte de esta lengua respondió diciendo que no había nada de qué preocuparse, ya que las futuras generaciones iban a necesitar un tema para escribir sus doctorados.
Dos figuras que representar en modo emblemático la posición de una lengua en la crisis del Estado-nación, en la crisis de la idea lenguanaciónestado y por consiguiente del canon literario nacional. Es la reivindicación de la inserción en un canon mundial partiendo de la idea de una lenguanaciónestado expresión de una cultural de tendencias universalistas comprime todo el debate sobre la Weltliteratur.

El caso del esperanto pone sobre la mesa una visión diversa del problema. Nacido de concepciones universalistas, el esperanto es una lengua artificial aspirante a recubrir el papel del lengua universal. La naturaleza de su objetivo pues la empuja a desarrollar una literatura ya dentro de la Weltliteratur. El camino de su desarrollo esta marcado por dos aspectos divergentes: la concepción universalistas que marca su origen; la conjugación del universalismo injertado en cultural seculares crecidas en otras lenguas, fenómeno que precisa de una introtraducción que es a la vez selección y reinterpretación de temas contemporáneamente propios y ajenos. A diferencia del yiddish el esperanto no puede ser traducido son perder su sentido de ser y con una giuro paradójico su misión universal se ve limitada por el escaso suceso de la iniciativa misma. Con altibajos notables y fuertemente localizados el esperanto sigue vivo, pero lejos del canon mundial, sobre todo apartado por su restringido círculo no obstante los esfuerzos de asegurar la continuidad e su corpus a través de la digitalización. La cuestión que pone el esperanto es el fracaso de reconstituir los fundamentos de la Weltliteratur superando las lenguas nacionales. En este aspecto representa el límite último. Las razones del fracaso exceden el propósito de estas líneas y mis propias capacidades por complejidad, extensión y vis polémica. Sin embargo es inevitable, creo, concluir que el experimento de establecer un nuevo canon mundial partiendo de la nada fracasa en modo distinto, pero fracasa, respecto a la constitución de una Weltliteratur partiendo de la universalización de las lenguas nacionales o de la superación de sus confines geográficos e ideológicos.

En esta geste definitoria encuentro siempre nuevos escollos y nuevos caminos alambicados, pero sigo sosteniendo cuento concluí en la ocasión anterior, es decir que estoy convencido de que necesitamos una nueva visión compleja, multipolar, capaz de describir y comprender la complejidad que generamos porque lo cierto es que el circulo hermenéutico según el cual todo se entiende si se entienden las partes y se entienden las partes si se entiende el todo no puede ser resuelto hoy.

 

Sobre el esperanto

http://www.akademio-literatura.org
http://www.esperantic.org/eo/

Por si alguien quiere aprender yiddish

Ferrer, Joan. El Yídish. Historia y gramática de una lengua judía. Gerona: Universitat de Girona Servei de Publicacions, 2008. ISBN 978-84-8458-263-2

El lector asocial

Un ser asocial es aquel que tiene una fuerte falta de motivación para participar en la interacción social y/o la preferencia por las actividades solitarias (definición RAE). Y es curioso que en la retórica de la lectura se hable tanto de actividad solitaria, cuanto a diario se esfuerza por convencer al lector de emprender una actividad social, porque la lectura es social. Tenemos como resultado una actividad solitaria social o una actividad social solitaria.

No voy a discutir si es cierto o no.

El autor asocial es conocido y permitido, aunque a algunos editores no les haga mucha gracia.

La literatura está llena de protagonistas asociales a quienes se adora.

El lector asocial, ¿está bien visto?

Mi pregunta es, ¿si no se hizo socialmente obligatoria la socialización de la lecturas en un medio “analógico”, por qué sí en un medio digitalizado?

Desgraciadamente hoy como hoy las opiniones, incluidas las literarias, no se debaten ni se comparten. El diálogo 2.0 no existe, o casi: casi nadie comenta las entradas en los blogs, se evita el debate público, a menos que no se trate de conocidos, para evitar trifulcas virtuales. Se pontifica.

Al lector asocial le repele esta dinámica. Creo que paulatinamente repele a todos los demás. Cuando la red se convierte en un bar virtual, pero agrio, cuando se reduce la amplitud de nuestros contactos para eso que era el intercambio de ideas (que no hay que confundir con la venta de nosotros mismos o la compra de otros yos), creo que entonces el lector asocial ha ganado su partida inteligentemente porque entre todos hemos perdido la batalla en el modo más bobo.

Pongo en duda la obligatoriedad social de realizar de la lectura una actividad social. Me parece que el interés no está puesto en las opiniones vertidas, sino en los datos subyacentes del opinador.

Defiendo al lector asocial, que seguirá hablando de libros. Estoy seguro que otro lector asocial le escuchará.

Opinar, (no) hay que opinar sobre todo

Al escritor en cuanto se persona (o personaje) que vive escribiendo, en cuanto (más o menos) intelectual, se le llama a opinar. Es una mala costumbre que nació allá por el s.XIX y que sigue de moda. Es este un proceso en tres partes:

  1. Un intelectual, un escritor, piensa y reflexiona sobre el mundo.
  2. La opinión de un intelectual tiene un precio y un valor.
  3. Todo el mundo opina sobre la opinión del intelectual (empezando por otros intelectuales).

Cuando los periódicos eran la base de la información y las opiniones que se vertían en ellas eran seleccionadas, era una forma de hacer pública una discusión elitaria, que estaba circunscrita a pocos aspectos de la d colectiva, nacional y con tiempos dilatados. Ahora la cuestión está en otros términos. El panorama se ha ensanchado, sea temporalmente que en el espectro de temas opinables y, cómo no, en la platea de los opinadores que alcanzan la dimensión pública.

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No me queda clara la capacidad de opinar con una buena documentación de base, con una reflexión cuidada de los aspectos que toca, Sin cosechar sospechas sobre el interés que la opinión dada refleja (el que paga manda y pretende), me parece que el contagio del opinionista es exponencial, quizá sin vacuna posible. La dimensión pública de buena parte de estas opiniones no puede, sin embargo, ocultar que tiene y no superan el mismo nivel de cuando se daban en los corrillos de los bares; lo curioso es que el grueso de la opiniones sobre la pisic de opinador audaz, tiene la misma base y fundamento que la del intelectual. Las redes sociales, la dimensión de la compartición aumenta en modo exponencial esta forma de participación casi democrática en la discusión de los problemas. Naturalmente no es algo que nadie tenga en cuenta sino como dato agregado, que señala una dirección, que con frecuencia es la misma que apuntaba la opinión primera.

En verdad digo que si te pagan por opinar, opinas: cada cual que afrontye particualrtmente su debate moral. Poco importa si las líneas que se entregas son más o menos meditadas o documentadas, originales o reiterativas. Y aquí tenemos una escisión, por fuerza, entre el precio de la opinión y su valor. Da igual, te pagan y escribes. Y sin embargo, disiento de esta fiebre del opinador, del todólogo. resulta imposible tener una opinión formada de todo. A mi me resulta imposible. En más de una ocasión estoy tentado de intervenir en los apasionados debates reticulares, solicitando un paso atrás para establecer un método. Pero me doy cuenta que no es posible. Las redes sociales, la fiebre todológica está ahí con la función de estimular nuestro ego, como válvula, como ficción participativa de los común. Sería oportuno, creo, no opinar siempre de todo, admitir nuestras propias lagunas, escuchar, preguntar y luego debatir, sin prisas porque está llegando el “próximo gran tema”.

Nos gusta más exhibirnos que pensar.

Exilio y lengua

Exilio: dícese de la separación de la tierra de la que es una persona: lugar en que vive el exiliado.

Nada de se dice de la lengua del exiliado y sin embargo para un escritor es crucial.

En el marco de la Weltliteratur el escritor puede escoger una lengua diversa a la materna para expresarse, como ya he analizado en otra entrada (esta en concreto). Esta elección tiene un peso en los relativos cánones nacionales según sea el criterio prevalente en la construcción del canon.

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fuente: https://resistenciaemarquivo.wordpress.com/2014/06/06/nomades-sedentarios-e-metamorfoses-trajetorias-de-vidas-no-exilio-texto-de-denise-rollemberg/

La cuestión tiene un reverso.

Dejando a parte la retórica (frases como “la patria de un escritor es la lengua en la que escribe”) se trata de una vínculo estrecho. Cierto, los caminos que llevan a la elección de una lengua son diferentes. La elección de preservar la propia lengua en un país extranjero, el hacer de la lengua escudo y lanza (¡vámonos con la retórica!) a mi entender no refuerza tanto el vínculo con la tierra cuanto con las posibilidades expresivas que el autor mejor maneja. El autor escoge, o al menos en mi caso, la lengua que mejor maneja para comunicar lo que desea comunicar en la forma en que para él es necesario hacerlo. La lengua es el vehículo de una visión, el vehículo en que se ordena o interpreta el mundo en forma de literatura (o cuanto menos se pretende). Es por ello que escribir no es el mero ejercicio de unir palabras en una lengua que se conoce, que se domina (si eso es posible). Por eso mismo no hay que pensar que existe una automatismo entre elección de lengua y estado de exiliado, es decir no hay un vínculo directo y único entyre la lengua de expresión y la lengia quye hemos aprendido y manejado hasta el momento,  ni tmwpoco con la lengua de acogida.

La elección de una lengua de exilio, es decir la elección de una lengua de expresión distinta a la lengua de uso en la tierra que se habita, manifiesta también otras elecciones: es rechazo a expresarse en una lengua que coloniza; rechazo a expresarse en una lengua que no puede hablar a círculos más amplios; necesidad de expresarse en una lengua para cortar los lazos con el pasado; necesidad de expresarse en una lengua para cortar los lazos con una tierra o una cultura (que puede ser la propia o, por paradójico que parezca, la del país de acogida), necesidad de una lengua que genere futuro. Toda elección, todo rechazo o necesidad genera una lengua de exilio.

Una lengua de exilio sin embargo en un escritor, o quien pretenda serlo, no puede ser una lengua de reclusión. O no debería serlo. En cualquier caso la lengua del exilio no es un rechazo de la lengua en que se vive todos los días, ni se trata de una huída de la realidad, del deseo de retorno. Lengua y espacio en el exilio viven separados definitivamente, entidades autónomas.

Una elección que pone al escritor ante una serie de disyuntivas, ¿qué sentido tiene esa elección?, ¿qué dificultad?, ¿qué premio?, ¿qué relación establece o declara en relación a la lengua elegida?

La elección de la lengua tiene también un efecto inmediato en la carrera del escritor (y mientras escribo carrera me asaltan todas la dudas, porque no sé exactamente si un escritor puede o debe hablar de carrera de escritor o si no se trata, mejor, de una actividad desplegada en el tiempo y en el espacio).

Escribir en una lengua propia, es decir en la lengua elegida, que es a la vez extranjera en algún sentido. La lengua de exilio es una jaula querida. Significa declararse extranjero por partida doble; dentro de una lengua, fuera de un país e incluso viceversa. El exilio es una barrera invisible que no siempre la fuerza de las propias palabras consigue atravesar y los pasadores voluntarios, los que llevan el mensaje más allá de la frontera pueden no existir o no hallarse. ¿Quien escuchará el mensaje? El exilio de la lengua es un reto. Para fuertes o débiles, eso no lo sé. ¿Tiene sentido plantear un foro de escritores exiliados, de escritores con lenguas de exilio? ¿Tiene sentido que persiguir al lector desde tan lejos (cuánto)?

El premio no existe. No creo que se escriba para obtener un premio o no creo en quien escribe para ello. No se exilia como premio. No se encierra uno como premio. No se arriesga la mudez que conlleva no hallar lectores. Quien escribe en el exilio de su lengua no espera premio.

Olvidaba que es posible tener muchas lenguas de exilio. Una lengua para cada exilio posible en una vida. En un mundo cosmopolita, en una vida cosmopolita, ¿podemos rechazar de antemano la eventualidad de varios exilios, de varias elecciones posibles? ¿Podemos admitir que diferentes mensajes, diferentes, vivencias, diferentes angulaciones puedan dar como resultado diversos exilios, diversas lenguas electivas? Estoy pensando a Elena Lappin, por ejemplo, o a mis propios hijos o a los hijos de muchos otros. El sentido quizá es solo uno: no había, de hecho, elección posible. El sentido de la elección radica en la posibilidad, ya lo he dicho, de transmitir el mensaje en el código justo, ese que refleja en el modo menos inexacto posible la construcción mental del autor.

La lengua de exilio es la única con sentido cuando se usa para lo que se usa, cualquiera que este sea, que necesite o menos del abandono de un espacio. La lengua de exilio es para el escritor el único medio posible para alcanzar su objetivo, por mucho o poco que diste, por difícil o fácil que sea.

Editores al asalto: crónica pasada y futura del Salone Internazionale del Libro de Turín

El pasado jueves inició la trigésima edición del Salone Internazionale del Libro de Torino, una edición que debía nacer bajo inciertos auspicios tras la decisión de los grandes grupos editoriales italianos de abandonar el Salone para crea su propia feria.

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La génesis de la rotura hay que buscarla en la concentración de la edición italiana en Milán, sede de los grandes grupos editoriales, que prefería realizar una feria del libro en casa, con comodidad. Milán es además la gran capital del norte de Italia, la sede financiera del país, un centro de atracción más que metropolitana, de hecho de una vasta área que comprende al menos 4 regiones: Lombardía, Valle de Aosta, Liguria y Piemonte. La controversia del Salone del Libro pues se inscribe no solo en un acto de potencia sectorial, del libro, sino en una dinámica de centralización de actividades económicas en torno a Milán, que fagocita ciudades carentes de auténticos polos feriales, como Turín. Las actividades y los eventos culturales son hoy una forma económica que moviliza no solo a los profesionales sino también a consistentes cantidades de turistas, el Salone queda inscrito en un área de fuerte interés y el pulso entre realidades metropolitanas como Milán y Turín se acentúa.

Si el Salone como feria del libro es un contencioso regional y también lo es dentro del mundo de la edición.

Como en cualquier sector los grupos dominantes pretenden crearse las condiciones máxima comodidad y mínimo dispendio a costa de quien sea. La servitud de la AIE (Associazione Italiana Editori) a los grandes grupos, cosa que no puede sorprendernos en España. Se manifestó en el apoyo a la idea de la celebración de una feria del libro en Milán que en el la intención original desarticulaba el evento turinés. El hastío de los pequeños editores hacia este tipo de apropiación es comprensible y el resultado fue el de una neta separación: un grupo de pequeños y medianos editores abandonó la AIE, dejando aún más clara la polarización institucional y de orientación. El Salone del Libro se convirtió así en una barricada conceptual. Esta resistencia de una parte del mundo de la edición italiana, que ya se había sacudido con la fundación de la editorial La Nave de Teseo como expresión de resistencia a los grandes grupos editoriales, encontró terreno abonado en parte de las instituciones, alguna un tanto reticente, deseosas de frenar la expansión omnivora lombarda: tibia la posición del actual gobierno local que en más de una ocasión ha parecido ir a remolque, no obstante su papel determinante en la fundación que dirige el Salone, de las acciones y la determinación de editores y gobierno regional.

La iniciativa milanesa naufragó: apenas 46.000 visitantes, Turín ya ha vendido antes de empezar 56.000 ingresos. En la búsqueda de razones a posteriori cabe todo tipo de excusas: se preparó con poco tiempo, no obstante fue el grupo escindido quien puso fechas y plazos y una gestación de la rotura de casi un año y medio; se pagó la proximidad del salón de la moda; era la primera edición, que contaba con todas la mayores editoriales del país que habían anunciado a bombo y platillo el evento y su ausencia de la cita piemontesa, es decir que para encontrarlo habría que ir a Milán. En realidad la realización del evento ha pecado de superficialidad y suponencia. La programación ha sido plana y muchos autores, incluso de renombre, se han encontrado ante auditorios menores a cualquier cita en una librería o biblioteca municipal en un día entre semana, generando no pocas protestas ante los editores y alguna no tan velada amenaza de no volver a participar en el futuro. El mayor error sin embargo, creo, ha sido subestimar la capacidad de dinamización de pequeños y medianos editores, su capacidad de generar citas que de otro modo no encontrarían la ocasión o un publico tan amplio (¿cuántas otras veces tendrá ocasión un lector genovés o piemontés de hallarse ante un autor menos mediático como Carterescu, Amitav Gosh o Pennac por citar algunos?), tiempo y espacio para darle mayor  amplitud a un debate sobre, libros, literatura y sociedad: subrayo como el tema de la presenta edición es más allá del confín.

En esta lectura de los hechos, tras haber noqueado al gigante, no extraña que los editores hayan advertido ya a las instituciones del riesgo de un pacto con el enemigo.

¿Qué perspectivas se abren ahora? Jugar al pitoniso es un riesgo inútil que prefiero evitar siempre, pero los escenarios podrían ser tres:

Los grandes grupos editoriales arrojan la toalla, al menos por ahora, y vuelven al Salone con un nuevo perfil y otra relevancia institucional; más difícil será salvar, en cualquier caso, la AIE.

El Salone acuerda un paz con los grandes grupos editoriales y celebra un evento con dos sedes; simultáneas o por turnos, según el modelo sea el de Mi-To o nuestro viejo sistema. En ese caso preveo un periodo convulso porque serpeará el sentimiento de traición, ya sea en la ciudad, ya sea entre los editores que han sostenido el Salone. El resultado sería incierto pero sin duda deberían reescribirse las cuotas de poder y las formas del evento en modo de dejar a Turín y a sus fieles en un lugar de preeminencia, lo cual provocará a medio plazo una nueva crisis.

El Salone acuerda un paz con los grandes grupos editoriales y se produce una escisión nueva que ve a los nedianos y pequeños editores (pero también, lectores, escritores y librerías) protagonizando un nuevo evento, quien sabe si lejos de Turín.

Creo sinceramente que las hipótesis dos y tres representan un riesgo grande para Turín. Roma, tercera en discordia, solo espera la ocasión de llevarse el gato al agua cuando los contendientes estén exhaustos.

El próximo lunes sabremos como han ido en modo definitivo. Solo más tarde sabremos como acabará de veras.