El uso de un texto como cita: Mi casa tiene cinco pisos.

Si en una de las entradas anteriores hablé de las citas y de las menciones dentro de Muerde ese fruto, hoy dejo un texto que estoy seguro que los lectores reconocerán sin problemas y ubicarán sin problemas en la novela.
Lo dejo aquí entero, por supuesto mencionando el autor y con una imagen del texto original.
Espero que sea del agrado de todos los lectores este pequeño descubrimiento; si Schlonsky era un desconocido, ahora queda más claro el sentido de su uso en la novela.

Mi casa tiene cinco pisos   (Abraham Schlonsky, 1960)

Mi casa tiene cinco pisos
y todas las ventanas bostezan hacía las que están enfrente
como las casas de los que están parados enfrente de un espejo
70 líneas de autobuses hay en mi ciudad
y todas hasta el ahogo y el excedente de los cuerpos.
Viajan.
Viajan.
Viajan hacia el corazón de la ciudad,
como si no fuera posible morir de aburrimiento también aquí en mi barrio.
Mi barrio es muy pequeño,
pero hay en él todos los nacimientos y todas las muertes,
y todo lo que hay entre el nacimiento y la muerte
que hay en las ciudades del mundo
incluso niños pequeños que hacen girar maravillosamente un plato volador
y tres cines.
Si no me hubiera bastado con el aburrimiento que tengo en mi casa
habría ido a uno de ellos.
Mi casa tiene cinco pisos
aquella que saltó de la ventana de enfrente
tuvo bastante con tres solamente.5pisos

Contra lectura o por qué tenemos pocos lectores

Antes de empezar. Todo los que se lea a continuación es exclusivamente mi opinión personal, mejor o peor fundamentada.

En España se lee menos de lo que se desearía. Quizá sería bueno, y mejor, decir que la cuestión se enfoca por lo general en que se compra para leer menos de lo que se desearía. ¿En realidad se lee poco? ¿Se lee mal? Existen factores para creer que sí, como existen factores que dan una visión más positiva. Leer ya no es lo que era. Mejor dicho, leer ya no tiene el valor que tenía.

Entre los factores que señalan la caída de la lectura se señalan los propios de un sector económico que hiperproduce: a comparación entre volumen de lectura disponible y tiempo disponible para la lectura. Desde los años ’50 nuestro tiempo a disposición para la lectura ha quedado substancialmente invariado. Un efecto de esta sobreabundancia es que se prefieren los las formas más rápidas, que no siempre las más breves que nos dé la información principal y relevante del contenido: tenderemos a elegir las formas más visuales y menos costosas desde el punto de vista utilitarista. Es decir, es tal el alud de lecturas propuestas en proporción al tiempo disponible que la lectura pasa al último lugar de las preferencias pues no somos capaces de determinar cuales serán las que no satisfagan a la vez que se constata que es imposible consumirlas (terminarlas) todas o la lectura es acrítica.

Sobre este particular y sobre la tendencia a competir con los videojuegos me he expresado ya en mi otro blog (mientras esté abierto), así no tedio más.

La sostenibilidad de una iniciativa editorial (o también en este marco de reflexión, de una iniciativa cultural basada en la lectura) en un mundo saturado de contenidos no puede pasar por competir con otros contenidos de más rápida adquisición; quizá habría que considerar si esa competición que el sector parece empeñado en suscribir no ha conllevado la suscripción de una rotación de títulos imposible de sostener y si no es una de las razones de abandono de lectura de esos mismos títulos de rotación vertiginosa.

La fragmentación de la atención

Otro de los responsables señalados de la caída de la lectura es la inmediatez del medio, porque se infiere que el medio de lectura hoy ya no es la página de papel sino la pantalla y tiene por consecuencia la fragmentación de la lectura, aunque luego se diga que la pantalla no vence al papel en términos comerciales y de lectura real (benditas sean las contradicciones que se presentan bajo la forma de afirmaciones tautológicas). Una lectura interconectada equivale a una lectura fragmentada. Se asume así la equivalencia entre actividad y medio. En otras palabras la imposibilidad de realizar una lectura interconectada sin ceder al impulso de respuesta inmediata que sugiere el medio: la lectura electrónica deviene así una nueva prueba del perro de Pavlov. La lectura impresa sufre del mismo mal, sin embargo, o quizá, en esta óptica algo torticera, un poco menos. La cuestión no es si la lectura se desarrolla mediante una forma y un medio interconectado sino si el lector es capaz de discriminar y decidir la forma de interacción que se le ofrece en la forma, la intensidad y momento. En esta visión el lector es escasamente capaz de mantener su concentración en virtud del medio. Un medio que en realidad puede requerir gran concentración y suponer una lectura difícil según sea la estructuración y el nivel de interconexión. Algunas líneas más arriba ya he dejado una traza de este tema: formas rápidas de leer, es decir con consumo veloz del tiempo. Es consecuente la afirmación que estas formas van en detrimento de la lectura; podemos oponer la explosión de una forma literaria difícil de dominar: el microrrelato. En realidad las formas narrativas de los nuevos formatos están presentes en otros formatos anteriores y desasocio los binomios dificultad/longitud y profundidad/formato. Hasta donde yo conozco los estudios que poseemos se basan en transposiciones de formas literarias anteriores a los nuevos formatos. No se ha desarrollado aún, sino en forma incipiente y no ciertamente masiva, una narrativa acorde a los nuevos formatos; no excluyo formas audiovisuales, pero tampoco pongo en el centro si estamos hablando de leer, que no es lo mismo que la literatura ni del acceso a la misma. Es decir, lo que por ahora examinamos no es ni la lectura ni los nuevos formatos, sino al interacción del lector con los dispositivos en red y su capacidad de gestión de estos en relación a la lectura (como podría ser en relación al telediario, al estudio o al sexo). Conviene señalar que la dinámica, como ha notado Maria Popova, de lectura e interacción con el texto no es divergente entre formatos electrónicos o impresos. La solicitación constante de interacción (comentarios, preguntas, respuestas, etc)por parte de medios paraliterarios o paralecturales en las redes es el factor más frecuente de interrupción; se tiende a reforzar el binomio estímulo reacción y si el medio es instantáneo la interacción no puede serlo menos o en otras palabras, el adiós a las prioridades y a la lectura profunda no viene por el medio sino por el uso de lo paracontextual.

No se puede ignorar que es posible que una nueva narrativa quede fuera del horizonte de expectativa actual de los lectores, lo cual no es óbice para ignorar la experimentación e ir abriendo caminos. Es preciso, sin embargo, que los editores y los autores arriesguen no menos de los lectores. Hoy en día el riesgo está muy mal visto.

¿Y la lectura?

En realidad sea la superproducción (y las cuestiones ligadas a esta) sea la fragmentación de la atención (y las cuestiones ligadas a esta otra) no son más que síntomas y no la enfermedad. No se trata de sociedad líquida o de digitalización, no se trata de hiperabundancia o escasez. Cuando hablamos de superproducción, estamos hablando de cantidad. Cuando hablamos de fragmentación de nuevo hablamos de cantidad (de tiempo, mucho más difícil medir el esfuerzo de lectura o la intensidad de lectura en ese tiempo).

Discrepo abiertamente del plan de fomento de la lectura que defiende la FGEE. Vender libros no es fomentar la lectura. Ni tan siquiera en los años más boyantes del sector editorial los índices de lectura fueron significativamente mejores que los actuales, prueba probada de la distancia entre vender y leer.

Hay a disposición, como ya he dicho, un alud de lecturas. Un mundo potencial de lecturas con el cual es posible afirmar que se lee más que nunca, pero quizá estamos confundiendo otra vez cantidad y calidad, posibilidad con realidad. Resulta, creo con fundamento, establecer más allá de toda duda la dimensión real de la lectura, pero si las declaraciones de nuestros ciudadanos son ciertas la lectura no goza de buena salud.

Y todo ello sin movernos del ámbito de lo medible. Nuestra lectura tiene también un problema de calidad. No solo de calidad de creación (debate sin fin) sino de calidad de lectura; que entienden nuestros lectores, cuales con sus niveles de comprensión lectora (los indicadores, discutibles, no son buenos), cuales son sus expectativas. Con frecuencia las expectativas de los lectores/no lectores se afirman sobre las consideraciones de los profesionales del sector editorial (deformación profesional, necesidad empírica de datos no disponibles, ceguera, el motivo preciso no lo sé), lo cual es fuente de error. La distancia entre ambos grupos deforma el dato, la perspectiva misma, y confirma la necesidad de reflexionar sobre ello.

Hablamos de cantidades. No hablamos de calidad: calidad de lectura, calidad de literatura, calidad de edición, calidad de juicio crítico.

A mi me parece que la lectura es sobre todo calidad.

Se trata, en el fondo, de algo sustancial. La lectura no es hoy una actividad deseable. No lo es a nivel personal para una gran parte de ciudadanos y no lo es a nivel colectivo: al 42% de ese 39% de conciudadanos alérgicos a la lectura ni tan siquiera le interesa. La lectura, como la cultura más en general ni interesa ni tiene valor.

Leer es un acto reflexivo, un ejercicio mental que induce al pensamiento y a la crítica por liviana que sea, un desafío. Leer es una actividad intelectual y desde el ’68 lo intelectual está mal visto, ya sea en Europa que fuera. No hay incentivo a la lectura. No hay cuidado del lector. He dicho y vuelvo a sostener que la actividad del sector editorial debe decaer si no se activa por acrecentar el número de lectores, pero más allá de eso si no hacemos crecer el número de lectores toda nuestra sociedad se irá abajo, no porque no haya lectores  (aunque no estaría de más pensar en la demografía de los lectores fuertes, en su edad), sino porque no habremos hecho nada para mantener el pensamiento crítico del cual la lectura, la escritura, el debate público son piezas relevantes. La lectura tiene en contra un sistema, el actual, que detesta el pensamiento. Escribir, editar, leer, pensar y criticar son acciones tan radicales que no pueden ser toleradas. El sector editorial puede no suscribir esta visión del mundo y activarse para ser más sector cultural y menos sector económico, o bien puede por contra suscribir el sistema, pero en ese caso y en mi opinión está escribiendo sus últimas líneas.

El sistema empuja a la simplificación, al alejamiento de la crítica, a la dispersión, a la asimilación de clichés, a la escasa indagación, a la escasa empatía, a la escisión progresiva entre quienes leen y comprenden (con todas las consecuencias que ello acarrea en términos socioeconómicos y de bienestar general de la sociedad) y quienes no. Leer y comprender son ejercicios nivelatorios.

Así pues creo que en vez de plantearnos cómo vender más libros, que se lean o no, debemos plantearnos cómo incrementar la lectura. Debemos preocuparnos más de cómo leer y por qué leer y menos por qué leer, es decir un poco menos por la indicación de la lectura y más por la lectura en si. Hagamos crecer lectores y ellos crecerán exigentes (no es una frase hueca, reflexionen sobre todos los casos personales de grandes lectores que conocen, cuales fueron sus primera lecturas y sus lecturas hoy). Demos menos consignas y más ideas, mayor libertad y mayor responsabilidad al lector en primer lugar y después a todos.

Creo que en este sentido hay que plantear una gran alianza (tácita o implícita, da igual a condición de que sea real) entre editores, bibliotecarios, autores, librerías, escuelas para desarrollar acciones concretas (con frecuencia locales) de contraste a este sistema actual que no solo nos separa de la lectura sino que nos separa de los demás, de la vida y de nuestra capacidad colectiva para decidir nuestro futuro. el objetivo es simple cuanto arduo: recuperar el valor colectivo, social, de la lectura. Yo pondré como pueda mi contribución a ello.

Contra la lectura está el caos de este sistema.

¿De qué hablamos cuando hablamos de literatura?

Es una cuestión que últimamente está de moda sobre todo para denostar o loar a los best-seller. Es la pregunta más difícil que se me ocurre ahora mismo. Y la verdad es que no es fácil responder, cuando se supone que debería tenerlo claro.

Me parece sin embargo que la pregunta está mal puesta, porque vender mucho o poco no está en relación con la literaturidad de la obra. Si está en relación con un momento histórico y social, con una promoción, con la calidad de la escritura, con la novedad del enfoque, con… con un porrón de cosas. No todas buenas no forzosamente claras. Vender o no vender poco tiene que ver con la literatura: decía Pío Baroja que Valle-Inclán hubiese escrito incluso solo para diez lectores, lo cual me parece ya que desarma toda unión entre ventas y literatura (e implícitamente entre escribir y vivir de escribir).

literatura-espanolaAsí pues. ¿de qué hablamos? ¿Cómo se diferencia la literatura del resto? ¿qué definición damos de literatura?

Hay algo en el tono, en el léxico y en la estructura, pero sobre todo, yo creo, la respuesta hay que buscarla en la profundidad. La capacidad de una texto para ahondar en cuestiones siempre abiertas en ontología humana, la capacidad de sugerir respuestas o de buscar direcciones nuevas para resolverlas es uno de sus atributos, la capacidad de expresarse en varios niveles de lectura. La literatura se crea en ese espacio perpetuo y cuanto más se extrañe de las circunstancias (el momento, las modas,) más se acercará a lo que llamamos literatura. Digo esto porque algunos textos sufren más que otros el paso del tiempo y sobre todo porque toda la literatura sufre de la evolución del lenguaje. Concluyo que la literatura va por delante del lenguaje del momento, está en el mensaje, en el tema, subsidiariamente en las formas.

“Soy autodidacta, mi cultura es autoinflngida” decía Groucho Marx. Una paradoja que me sirve para afrontar la otra parte de los que es la literatura. El lector. Que se quiera o menos una vez el escritor ha lanzado su obra, depende del lector, solo del lector. Y la capacidad que el lector tenga para hallar todas las claves que el autor ha puesto en su obra, consciente e incluso inconscientemente, serán determinantes. La capacidad del lector de navegar por entre los niveles que la obra pueda o sepa sugerirle, por obra o menos del lector, es fundamental. Cuanto más haya leído más se acercará la obra(o alejará, que también pasa) a la literatura; en otras palabras la literatura depende del lector crítico y es por eso que la literatura puede ser un ejercicio elitista. Es por eso también que es importante aprender a desarrollar en otros el interés por la lectura, fomentando la lectura crítica: si luego tendremos o no lectores fuertes y críticos y en que medida no lo sé, per sin dudad será mejor que poco o nada. Y será mejor para todos. Cierro la digresión y vuelvo al tema.

El autor deja en su obra, demás de un tema, una estructura, una estilo y una visión (y todo ello no es poco) una serie de pistas, citas, indicios que conducen más allá de la obra, fuera de ella pero contenidos en su interior. Que quiera o no son parte de la literatura y de la altura de las pistas citas e indicios, podremos ver también si literaturidad. Saber verlas, intuir otras, es tarea del lector. No basta pues querer escribir literatura. El lector tiene también su parte. Quizá es por ello que hay literatura de minorías, de especialistas, de masa. Quizá el autor solo quería escribir y se le escapado una pieza de literatura. Es posible.

Es inevitable que como autor me interroge en propósito. Y no sé si he escrito solo una historia o si he escrito literatura (al parecer, cuanto menos, me he acercado a ella, un poco queriendo un poco sin saberlo). Quien puede al finar decirlo son los lectores, así que no queda más que esperar el juicio del lector: querido lector, ¿he escrito literatura?

Biografía y escritura, o que hay de la vida del autor en la novela

La epidemia del yo.

Se está muy acostumbrado a relacionar obra y autor y no digo que eso esté mal. Es desastrosa sin embargo la identificación posterior de lo escrito con el autor, como si por fuerza hubiese de haber un vínculo (auto)biográfico. Mejor dicho, como si por fuerza cuanto escrito debiese referirse en un grado u otro a la (auto)biografía del autor. Es algo que siempre he notado en la interacción con mis lectores, pocos o muchos, la pregunta morbosa ¿pero tú has hecho, has visto, has vivido esto, aunque sea algo un poco distinto, aunque lo hayas disfrazado?

La verdad es que sí, la verdad es que no.

La verdad es que cualquier experiencia que un escritor haya vivido reaparece bajo aspectos diferentes en su obra.

La verdad es que el escritor introduce fragmentos de su propia vida, es decir, se acuerda de cosas que ha hecho, visto, sabido o vivido, para dejarlas diseminadas a lo largo de la obra.

La verdad es que no hay nada exclusivamente suyo en lo que escribe.

38-n-601La cuestión es pues el uso de la vida del autor en la novela y no el aspecto (auto)biográfico de la novela respecto del autor; seamos francos, las biografías, especialmente las autobiografías, son cúmulos de sutiles interpretaciones que por lo general poco tienen que ver con la verdad o con el recuerdo, ambos conceptos frágiles, especialmente el último (acordaos solo de como nadie en la mesa por Navidad recuerda lo mismo del mismo modo o de como vuestros recuerdos, cómo y qué interpretáis, han ido cambiando con vuestros años). A tal punto es así que no está de más llamarlas (auto)ficciones.

Qué uso hago pues de mi vida cuando escribo está ya dicho: reinvento.

Sin límites.

Mejor dicho, el límite es la trama de la obra. Todo lo que admita la trama de la obra puede ser incluido.

Pero no solo de su vida hace uso el autor. Cualquier escritor, sin duda, usa la propia experiencia camuflada, que resulta al final fácil pues queda oculta en detalles. Y a la par es mucho más delicado el uso de las experiencias ajenas. Es cierto que el procedimiento es el mismo, decontextualización y reuso. Se acomunan ambas en la posibilidad de suscitar suspicacias ajenas, en herir los sentimientos de otros que ven contadas cosas que creían íntimas; que en puridad ni fueron solo suyas al compartirlas con el escritor, ni fueron íntimas ya una vez contadas al escritor. Hay que usar tacto e inteligencia, porque si bien para la mayoría no serán más que páginas en un texto, y quizá alguna duda, para sus protagonistas serán siempre fragmentos personales, si es que pueden reconocerlos.

El uso de la (auto)biografía es en todo semejante al uso de la citas o referencias bibliográficas, con la única diferencia que las segundas es posible que sean a su vez (auto)biografías ya mediadas por otro autor. Al final todo lo escrito es ficción, aunque haya un reflejo de algo ocurrido. No hay entonces nada que quede fuera de la escritura, ni nada que sea diferente a la escritura. No hay nada de veras vivido en la ficción, ni nada es invención en la ficción. Y por supuesto algo hay de mi en Muerde es fruto, algo irrelevante fuera de la trama.

Los secretos de Ciudad

Si hay algo que al parecer intriga a los lectores de Muerde ese fruto es el lugar en que se desarrolla la acción: Ciudad.

Ya se ha dicho que Ciudad no existe: por ejemplo aquí. Y es verdad. Ciudad se sitúa en esa tradición de territorios imaginarios o imaginados que inició la historiografía griega, que continuó en los libros de caballerías (¿repasamos los lugares del Amadís de Gaula, por ejemplo?) y que siguió coleando en el Macondo de García Márquez. No es que yo quiera ponerme a la altura de los citados, es que me pongo en cola.

edificioTodo esto pone sobre la mesa al menos 2 preguntas. A saber. ¿Por qué elegir una ciudad inexistente como marco de la acción? ¿Por qué elegir el espacio urbano como escenario?

¿Por qué elegir el espacio urbano como escenario?

Empecemos por la última. Es ya tradición literaria que la ciudad sea el marco de referencia de la acción, porque ya no somos un civilización agraria, sino urbana: más de la mitad de los habitantes del planeta vive en ciudades. Es en la ciudad donde reconocemos las relaciones humanas, de poder, con el poder, con lo mejor y con lo peros de nosotros mismos y de nuestra sociedad. La ciudad es el espacio de la modernidad e incluso de la posmodernidad.

Otro factor esencial es el de la fragmentación de la experiencia humana, del conocimiento, de las relaciones. Si, como dije en otra entrada, Andrés se enfrenta a pedazos de vida, fragmentos de realidad que son diferentes según el narrador, es porque Ciudad es el espacio urbano real: un espacio roto, fragmentado, donde es imposible saber todo lo que ocurre, ver todo lo que pasa, estar al tanto de cada cosa; todo es tanto en una ciudad que lo que está al alcance es solo un fragmento, con frecuencia desligado de otros, al menos en apariencia, o cuyos vínculos se rompen y reconstruyen quien sabe en que modo. Un lugar imprevisible bajo cierto punto de vista y a la vez un espacio donde cuesta que lo imprevisto sorprenda.

Por otro lado, ninguna ciudad es solo una. Cualquier ciudad tiene varios centros, según sean sus habitantes, su forma, su historia: el centro de los turistas, el centro de los barrios populares, el centro de las zonas bienestantes, el centro económico, el centro comercial. Ninguno coincide totalmente con los otros, acaso se solapan, todos coexisten a la vez. ¿Es necesario insistir más en que vivimos en un espacio complejo, multiforme, de múltiples niveles?

No es menos determinante que muchos lectores sean urbanitas y que quien escriba haya, al final, vivido en ciudades. Si la experiencia de Andrés solo podía vivirse en una ciudad, la experiencia del autor es urbana: marco ficcional y marco real coinciden por partida doble.

En conclusión, Muerde ese fruto solo es posible hoy y mañana (no un mañana muy lejano, porque quien sabe qué pasará), en una vida urbana, cuanto más urbana mejor, lo cual no quiere decir que Ciudad sea necesariamente grande.

¿Por qué elegir una ciudad inexistente como marco de la acción?

Sencillo. Si era necesario que la ciudad fuese el espacio de la acción de la novela, no era imprescindible que todo ocurriese en una ciudad existente. La posibilidad de crear una espacio creíble y real, pero inexistente, me dejaba las manos libres para modelar este espacio no solo según mi propio gusto, sino también según las necesidades de la novela. Recrear en un espacio inventado las dinámicas de una ciudad me permitía colocar en ella todas las experiencias urbanas, propias y ajenas, capaces de dibujar un entorno único, creíble, con características fuertes y autónomas. En efecto, Ciudad es todas las ciudades en una sola.

Una ventaja accesoria de haber inventado Ciudad es que me permite una constante exploración, una acumulación de nuevos escenarios según sea el nivel en que se mueve el personaje. Ciudad nunca está del todo definida porque no lo necesita. Debe crecer. Debe cambiar, debe poder ofrecer un espacio nuevo a cada necesidad de la narración presente o futura y al tiempo debe ofrece niveles y espacios suficientes para que cada estrato conviva con los demás y sea autónomo. Debe poder darme libertad de cambiarla, añadirle detalles, de cambiarle enfoque. En definitiva, Ciudad debe crecer y adquirir sus características distintivas y siempre universales. Ciudad no necesita un mapa. Ciudad es un desafío narrativo.

Una ciudad existente limitaría todo esto con la confrontación de la realidad. Ciudad es inexistente, pero es un espacio real y auténtico. Si Ciudad fuese una ciudad existente, por otro lado, debería no solo echar cuentas con el espacio físico real en que se mueve el personaje, sino también con la concreta realidad y con sus habitantes. Yo no quiero que nadie pueda identificar este espacio, quiero que todos se identifiquen es este espacio. Limitar o eliminar la localización es necesario entonces. Necesario además para que nadie se sienta herido: “mi ciudad no es así”, “esto no pasa en mi ciudad”, “se está exagerando con lo malo de esta ciudad pero no se dice nada de lo bueno”, “es que los de ahí son así, como dice la novela”. Nada de eso está entre mis objetivos. Mi objetivo es que todos los que viven en una ciudad acepten la neutral e inexistente Ciudad como una imagen posible de su ciudad, de todas las ciudades. Ciudad no existe, pero es real. Sólo así, creo, puede entenderse del todo la novela, dejando a parte todo chovinismo.

A quien haya visto una ciudad concreta en Ciudad he de decirle “lo siento, no”. Pero también “Sí, algo hay”. La invención de una urbe sobre las cenizas de todas las urbes no solo hace posible una identificación con lo que ocurre o ha ocurrido en ellas, también hace posible que la misma parte narrativa evoque ciudades diferentes, ninguna acertada, todas correctas. Es la magia de Ciudad.

Si los libros contasen la verdad no se venderían

En algún sitio leí, no recuerdo donde, esta frase: si los libros contasen la verdad no se venderían.

Naturalmente el acento hay que ponerlo sobre la “falsedad” de la historia y no sobre el libro en si. Al menos yo leo esta frase en este modo: la parte de una historia que puede hacerte decidir por comprar un libro, es la parte de la historia que no es verdad pero tampoco es mentira.

No va la cosa de verosimilitud o de horizontes de expectativa, o no del todo al menos. Lo que más me interesa es la afirmación, rotunda, de que el interés de la historia radica en la ficción entendida como separación de la verdad. Es interesante porque supone: uno, que existe una verdad objetiva, dos, que la verdad es una y tres, que el éxito de una historia reside en rechazar la realidad, o siendo magnánimos, en la curiosidad por lo falso, como distinto de lo verdadero y común, que nos anima a todos.

Esta claro que todo el realismo y el naturalismo quedan fuera. La cita, por fuerza de cosas, es moderna. No es posmoderna. Toda verdad subjetiva, toda superposición de verdades parciales, toda descomposición de la realidad en fragmentos (y por tanto el redimensionamiento de la verdad) no se contemplan en esta frase. Es algo de lo que ya hablé en mi entrada anterior (y me queda por abordar la forma del relato) a cerca de Muerde ese fruto.

A mi no me interesa tanto la verdad cuanto el peso el de las verdades. Ya que al parecer no podemos salir del cuadro de las opiniones, con relativo cercenamiento de la dimensión del concepto de verdad, el peso de cada verdad es lo más interesante. Podemos dar el peso según sea su sanción social: cuánto más extendida y reconocida la verdad tanto mayor su peso, o buen podemos acordar un peso según esas verdad pueda describir con mayor precisión la realidad a la que se refiere. No quiere decirse que ambas medidas se excluyan, tampoco han de ser coincidentes. también cabe la posibilidad que la verdad no tenga peso alguno, viviendo como vivimos en la esfera de las opiniones, de lo subjetivo y de lo parcial. Este juego de pesos es parte de lo que describo en Muerde ese fruto. Un juego que tiene sus consecuencias, no obstante su intangibilidad, en la vida de los personajes de la novela que, al fin y al cabo, habla a su modo de la verdad, aunque esta no tenga nada de común o sea de lo cotidianamente verdadero (o como mucho no sea otra cosa que una versión posible).

Con o sin verdad en esta historia, espero que en el fondo la frase no sea cierta y el libro se venda lo mismo.