Literatura nacional: los confines de la literatura

De entre los muchos debates que suscita la literatura, el que se centra en los confines, es decir, el que tiene como eje la literatura nacional, dentro de unos confines, es uno de los más estimulantes. Lo es por la complejidad de la cuestión, por las varias disciplinas implicadas y de por último de método.
Pongamos la cuestión en su modo más radical, ¿existe la literatura nacional?
Empezando por lo evidente podemos afirmar que el concepto literatura nacional se liga al concepto, reciente, de nación. Si define pues por la realización dela literatura en unos confines, lo que necesariamente implica un dentro y un fuera, una relación con lo otro que está fuera de los confines. Y si hay algo cierto es que el juego del intercambio no se reduce al campo económico sino que implica la mezcolanza, se quiera o no, de lo que Fernand Braudel definía como la gramática de la civilización. Ligar entonces nación y lengua resulta un paso lógico, definitorio; poco importa cuanto real, en el sentido de descriptivo de la realidad.
Tenemos pues una tensión en la literatura entre dentro y fuera, en una relación de alteridad que es a la vez un relación fecunda; no por casualidad la literatura se revela cuando da cuenta de su capacidad de recepción del conflicto en el mundo.
En esa relación la literatura nacional, para afirmar su existencia, debe reivindicar el carácter nacional de sus temas; en la etapa de fundación del estado, que se presenta como consecuencia de la nación preexistente aun cuando este extremo es solo una articulación del mitema nación. El intercambio con lo exterior fecundará a través los innumerables -ismos.
En otras palabras, la literatura nacional es una forma de autodefinición excluyente, una reducción as un unicum, porque reconoce, para ser tal, solo ciertos temas, ciertas lenguas que articulan en cierto modo las aportaciones de su relación con el otro.
Este punto de vista pone sobre la mesa al menos 4 problemas. A saber: la existencia de una literatura precedente a las naciones modernas que recogía e integraba las aportaciones de las corrientes internacionales adaptándolas a públicos diversos aunque mantuviesen la misma caracterización de fondo: ¿Weltliteratur o literatura mundial como realidad, como superestructura y literatura nacional como expresión concreta, como estructura?; la existencia de naciones plurilingües; la estratificación de las literaturas (oral vs escrita, por ejemplo); la exclusión de los temas y las voces que no adhieren al “espíritu nacional”, es decir a la visión d el élite constructora del estado mediante el mitema de nación. Podríamos decir que la literatura, no pudiendo evitar el intercambio con el exterior, del cual depende su misma definición como opuesto al otro, limita o elimina el intercambio interno, olvidando o eliminando todas sus periferias internas (lenguas, niveles, desarrollos, temas), que son en vez parte constitutiva de su articulación; una memoria damnata; ¿el concepto de literatura nacional está en crisis por inexistente o como resultado de la crisis del concepto de nación? En ese caso respiremos tranquilos, la literatura sobrevivirá a cualquier nación y cualquier lengua porque es hija del constante mutar de los eventos y de los instrumentos en que se reproduce y transmite.
Se evidencia que la tensión externa o interna se resuelve siempre en un esquema binario que fuerza la exclusión de varios elementos. Dicho de otro modo, se reduce la complejidad, la multidimensionalidad, la integración, el dinamismo, se ignora la posibilidad de un horizonte de pertenencias y no de diferencias. Weltliteratur o literatura nacional terminan por crear espacios más o menos reductivos, especialmente si la literatura mundial es hija de una superioridad cultural; Said o Spivak negarían incluso que, en ese caso, tal literatura exista realmente.
Todo lo dicho describe macrosistemas, pero ignora las excepciones, cada vez más numerosas, que la realidad de los escritores, y lectores, manifiestan en sus elecciones. Si la posibilidad que un tema esté recogido en las diferentes lenguas de una nación, su cristalización de un Estado es una posibilidad, queda con frecuencia al margen o incluso que diferentes temas se realicen en distintas lenguas no sea una posibilidad contemplada en el marco de la definición de literatura nacional, podemos imaginar cuanto queda fuera de cualquier esquema que un autor escriba en una lengua diversa de la propia o incluso en varias, cambiando sus propios ejes en virtud de la expresión que escoja. Los confines de la literatura se pulverizan ante estos casos. ¿A qué literatura van adscritos estos hombres y mujeres?
Si se colocan dentro de la literatura nacional corren el riesgo de quedar relegados a puntos excéntricos, fuera de la literatura nacional misma. Si se colocan en la Weltliteratur corremos el riesgo de perder una cosmovisión más compleja que la simple realización concreta de lo universal, citando a Michael LeBris en una suerte de versión de la máxima susloviana: acaso no podemos tratar “lo local” en un lengua distinta, acaso se trata de una situación sin vuelta atrás, por ejemplo. Colocar la literatura en los confines de la geografía no da resultados, recolocar el confín en la lengua da frutos igualmente poco aptos a describir la realidad.
La complejidad de la literatura como creación humana, compleja por natura, nos desorienta al querer situarla en horizontes artificiales, confinantes y confinados. Mientras nos movamos en categorías binarias, creo, no podremos dar con una satisfactoria colocación a cuestiones complejas como la literatura, porque esta manifiesta cortes temporales, temáticos, verticales y horizontales, multipertenencias, experiencias diacrónicas, evoluciones, relecturas. En definitiva describe una realidad múltiple en múltiples niveles. Estoy convencido de que necesitamos una nueva visión compleja, multipolar, capaz de describir y comprender la complejidad que generamos porque lo cierto es que el circulo hermenéutico según el cual todo se entiende si se entienden las partes y se entienden las partes si se entiende el todo, no puede ser resuelto hoy.

Ficción vs realidad y viceversa

“life is always going to be stranger than fiction, because fiction has to be convincing, and life doesn’t” (Neil Gaiman, en 2010)

Un afirmación que va más allá de lo plausible en una narración, tiene que ver con la estructura de la verdad narrativa. Tiene que ver con la distancia que media entre la vida y su imitación narrativa.

uncial-calligraphy-alphabet-lY es que, opino, no hay ni ha habido nunca ningún intento de imitar a la vida. Cualquiera de nosotros sabe que cada episodio vital no está concluido sino conectado, en modo a veces imperscrutable, al resto de nuestra biografía. No es difícil ver que, si acaso cada episodio tiene un significado, este se revelará solo al final de la historia, o sea de la vida. Por lo general la conclusión no estará jamás a disposición del interesado, que para contentarse deberá dar por definitiva una conclusión parcial; en otras palabras, buscamos sentido y significado en lo parcial.

Este es el punto de partida de la literatura. También la literatura debe dar sentido y significado a lo parcial: de ahí la épica, el drama y la comedia. La literatura por tanto ha dado vida a la totalidad de lo parcial, a la explicación metonímica de la existencia dándole el significado total a un evento parcial: la moraleja, la enseñanza, el contexto edificante. Es ahí donde nace el clímax, la resolución total, el final catártico. Pienso siempre que cuando el veneto no concluye la vida del personaje lo dejamos vacío por el resto de sus días, un personaje muerto en vida.

Y es llegados a este punto donde la cuestión ve una interesante inversión. Mientras la literatura advierte que no puede aspirar de forma legitima a ser solo un instrumento total de significación y por ello acepta dar vida a “momentos” sin la pretensión de explicar nada, la realidad, a través de los lectores, va en dirección opuesta: el lector exige a la literatura que explique del mismo modo que él explica asimismo la propia vida y cada momento de su existencia. Es así que se literaturizado la vida (para otros se ha cinematografiado), buscando formas resolutivas a lo que es una proceso: la vida. En cierto modo el lector se ha apropiado de la invención de la narrativa para completar un cuadro vital y ahora pretende que ese cuadro sea respetado por la literatura, cuando esta, por contra, está intentando orientarse hacia una auténtica imitación de la vida. Ritmos asíncronos.

No es por tanto extraño que el lector recrimine a una novela, y por tanto a su autor, que no haya un momento culminante, que no se resuelva un misterio, que no haya una catarsis colectiva o personal. Me ha pasado con algún lector de Muerde ese fruto. Pero yo no creo que la literatura deba falsearse falseando la vida, dándole un significado y un sentido que no se alcanza a ver sino como, acaso, ética en un proceso, ese que es vivir. Todo lo demás no puedo verlo y no puedo escribirlo o puedo fantasearlo pero no puedo convalidarlo. Es ahí, en el desajuste entre vivencia y ética, entre presupuesto y realidad que la literatura ha colocado un nuevo clímax de la narración, si es que alcanza el clímax, porque no hay ya obligación alguna de hacerlo. Y es por eso que me parece muy bien que Andrés no alcance ninguna trascendencia. Por decirlo con las palabras de Neil Gaiman, no veo porque hacerle hacer a la literatura lo que la vida no hace.

George Takei

Shakespeare a los mandos de una nave espacial. Shakespeare en persona no, pero sí uno de sus interpretes: George Takei. El sonriente Sr. Sulu era un actor shakespereano prestado a la exploración de las galaxias junto a un heterodoxo y multirracial, incluso multiplanetario, equipaje. Detengámonos por un momento aquí.

George Takei con cinco años no vagaba por las galaxias, ni interpretaba papel alguno junto a Cary Grant (Walk, Don’t Run, 1966, una rareza por entonces un actor asiático en Hollywood). En realidad estaba muy quieto en un campo de concentración en Rohwer, Arkansas. Y después y hasta la edad de diez años en “Tule Lake War Relocation Center” en California. Ser de descendencia japonesa en los EE.UU en aquel entonces era sinónimo de peligrosidad, fuere cual fuere la realidad de los hechos.

Con treinta años en vez y junto a Nichelle Nichols (la teniente Nyota Uhura, la primera mujer de color con rango de oficial: incluso Martin Luther King intervino para que no abandonase el papel por la importancia simbólica que tenía para la población afroamericana aún en lucha por sus derechos civiles), a Walter Koenig (el timonel Pavel Andreivich Chekov, un ruso) y a Leonard Nimoy (el oficial ciéntifico medio extrarterreste, algo si cabe aún más turbador que si fuese extraterreste por completo), dieron vida a una utopía futurista de convivencia interracial e intergaláctica pacífica y no capitalista. Un equipaje heterodoxo y varipinto, no exento de dificultades de las relaciones, pero siempre a la escucha, siempre resolviéndolas en modo constructivo, atento, abierto.
El sueño de conocer a quien diferente, escucharle, estrechar lazos de convivencia cuando no de amistad, saber que hay más allá del mpróximo punto lejano, todo esto describía la época y los personajes y las personas que los interpretaban, empezando por George Takei eran ya entonces iconos.
George Takei con el tiempo ha encarnado aún más este aspecto de extrema apertura y no solo por haber superado la discriminación racial, sino por haber declarado su homosexualidad (imagino que fuese un secreto a voces en los ambientes cinematográficos) sin perder por ello su status de icono intergaláctico, quizá aumentándolo.

La realidad de hoy es muy distinta.

George Takei superó el campo de concentración y devino un icono pop de alto valor civil.
Hoy crecen muros aquí y allá. La islamofobia y la discriminación más radical está presente aquí y allá. La esperanza de Takei “me gusta pensar que la orientación sexual no será una hecho digno de nota en s. XXIII” parece algo más lejana. Hemos dejado de pensar en lo que está más allá para cambiar lo que está más aquí. Nos hemos concentrado tanto en el aquí y ahora que nuestra mirada se ha vuelto atrás. Cualquier utopía está prohibida y en este modo nada sutil nos hemos cerrado todas las perspectivas de futuro, hemos bloqueado todas las puertas que llevan a soluciones distintas, hemos atrancado nuestros oídos al diálogo y generamos violencia.

George Takei volvería hoy a un campo de concentración en Arkansas.

Hoy Trump, como no, paladín de una mirada que no solo es suya y no solo es estadounidense, prefiere las distopias, el choque cultural, el choque violento, el capitalismo exasperado, la sordera y el pasado como futuro.

Con este panorama yo me agarro a George Takei, al Sr. Sulu y todos sus compañeros de la Enterprise para seguir imaginando utopías de futuro para todos, extraterrestes incluidos.

Ps: sobre los campos de concentración para ciudadanos nipoamericanos hay abundante bibliografía, pero quizá baste leer una novela Perfidia (James Elroy, 2014) para recabar un cuadro general. Yo la leería.

El uso de un texto como cita: Mi casa tiene cinco pisos.

Si en una de las entradas anteriores hablé de las citas y de las menciones dentro de Muerde ese fruto, hoy dejo un texto que estoy seguro que los lectores reconocerán sin problemas y ubicarán sin problemas en la novela.
Lo dejo aquí entero, por supuesto mencionando el autor y con una imagen del texto original.
Espero que sea del agrado de todos los lectores este pequeño descubrimiento; si Schlonsky era un desconocido, ahora queda más claro el sentido de su uso en la novela.

Mi casa tiene cinco pisos   (Abraham Schlonsky, 1960)

Mi casa tiene cinco pisos
y todas las ventanas bostezan hacía las que están enfrente
como las casas de los que están parados enfrente de un espejo
70 líneas de autobuses hay en mi ciudad
y todas hasta el ahogo y el excedente de los cuerpos.
Viajan.
Viajan.
Viajan hacia el corazón de la ciudad,
como si no fuera posible morir de aburrimiento también aquí en mi barrio.
Mi barrio es muy pequeño,
pero hay en él todos los nacimientos y todas las muertes,
y todo lo que hay entre el nacimiento y la muerte
que hay en las ciudades del mundo
incluso niños pequeños que hacen girar maravillosamente un plato volador
y tres cines.
Si no me hubiera bastado con el aburrimiento que tengo en mi casa
habría ido a uno de ellos.
Mi casa tiene cinco pisos
aquella que saltó de la ventana de enfrente
tuvo bastante con tres solamente.5pisos

Manifiesto personal en favor de las bibliotecas

Debo mucho a las bibliotecas de todo tipo, soy un defensor a ultranza de las bibliotecas, de su importancia e impacto en la vida de una comunidad (la que sea). Jamás he oído ni visto que una biblioteca fuese un agente desvertebrador de una comunidad y si, y en muchas ocasiones, al contrario.

CREO

  • Que existe un derecho universal de acceso al conocimiento y que las bibliotecas juegan en ello un papel.

  • Que la biblioteca es un centro de activación cultural, un lugar en que puede desarrollarse una parte conspicua de la actividad de (re)creación cultural y su relativo disfrute.

  • Que las bibliotecas generan lectores y con frecuencia grandes lectores.

  • Que las bibliotecas son lugares óptimos para la creación de comunidades activas de lectores y usuarios de los servicios ofrecidos dentro de las bibliotecas, que cogestionan parte del conocimiento que la biblioteca posee y genera.

  • Que en la concepción de la biblioteca pública como un Agora o un espacio social de desarrollo del conocimiento y de la participación ciudadana.

  • En la conceptualización de la biblioteca como un espacio híbrido, flexible y acogedor al servicio de la sociedad, adaptado a los nuevos servicios comunitarios que oferte herramientas y recursos para su empoderamiento y capacitación.

  • En la posibilidad de creación de bibliotecas ambulantes desmaterializadas.

MANIFIESTO BREVE

Las bibliotecas generan lectores y es interés y necesidad de todo autor hacer cuanto esté en sus manos para que el número de lectores crezca siempre. Como autor mi total disposición a estar presente, participar, colaborar con cualquier biblioteca que me lo solicite siempre y cuando me sea posible, porque son la bibliotecas espacios de interacción cultural y de creación de lectores: donde hay un lector la presencia de una autor es un acto de inteligencia y reciprocidad.

La bibliotecas son un espacio donde se descubren nuevas ideas, nuevas perspectivas y nuevos autores. La ambición de todo autor debe ser que sus obras se encuentren en la biblioteca de su barrio, de su ciudad, de su provincia, de su región, del mundo entero. Como autor es mi ambición no ponerle barreras a la lectura.

Las bibliotecas generan lectores y los lectores lectura. La lectura es insaciable. Cualquier inversión de una autor en una biblioteca antes o después será pagada con creces. Como autor mi absoluta repulsa a cualquier acción encaminada a obtener compensaciones accesorias por el préstamo de obras de mi autoría: todos los beneficios obtenidos por mi, como lector, durante años, debo compensarlos ahora los lectores presentes y futuros. Que ninguna organización ni ente puede reclamar cantidad alguna en concepto de derechos de autor por préstamo ninguna biblioteca por las obras de mi autoría.

Yo autor, estoy a favor de las bibliotecas.

A propósito de la filología

En las últimas semanas las lecturas y las conversaciones ha convergido con cierta frecuencia sobre la ciencia, lo científico, las cualidades de las disciplinas de estudio, su maravilla (entiéndase la maravilla de cada una de las disciplinas, esa que radica por lo general en la capacidad de descifrar el mundo). Ha sido un debate con cultivadores y defensores de ciencias naturales, físicos, matemáticos y químicos, sobre todo químicos. Apasionante. Todo a raíz de un libro que en Italia está haciendo furor La lingua geniale. 9 motivi per amare il greco, de la filóloga Andrea Marcolongo. Para muchos, declaran, si les hubiesen enseñado el griego como expone el libro hubiese sido más fácil amarlo y comprenderlo. Supongo que es algo parecido a lo que cualquier filólogo experimenta sobre la física. Y eso porque se partía desde este punto: siendo una disciplina de estudio abstrusa, terminológicamente confusa porque necesitada de explicaciones con un léxico común y por tanto poco clara (serían, en esta visión las ciencias naturales las que habrían introducido la claridad conceptual y terminológica), sin impacto sobre lo real y no descifrando el mundo cojeaba ante otros estudios que terminan por comprender y describir la belleza de la materia y finalmente dominarla como consecuencia del trabajo desarrollado sobre el método científico para conocer el mundo.

Han sido estas consideraciones las que me han hecho preguntarme cual es la naturaleza de la filología y cómo podría describirla a un no filólogo.

Pero antes, un paso atrás.

imagesLa discusión sobre la claridad conceptual sin embargo me parecía y me parece también ahora, una cuestión de sesgo.

La principal preocupación de la filosofía, a la que algunos identifican con un incesante enredo, desde sus inicios en Grecia era la de hallar una expresión léxica lo menos ambigua posible. Es justamente esa necesidad de expresión precisa lo que desorienta a los estudiantes que se acercan a la filosofía, la imposibilidad de usar sinónimos con ligereza, la obligación de adherir al concepto. La falta de una visión transversal, interdisciplinaria e histórica, y la superficialidad que en ciertos casos se ve en la enseñanza de las ciencias naturales, que se enseñan antes que la filosofía, son concausa de analogías fallidas entre las disciplinas y la necesidad e ambas de claridad. Esa misma falta de claridad que los científicos ven en las lenguas vulgares, real o prejudicial, es lo que impulsa al latín como lengua de ciencia hasta la Ilustración. Y esto tiene mucho que ver con la filología. La explosión de las ciencias naturales en Europa tiene mucho que ver con la filología. La Tékhne Grammatiké de Dionisio de Tracia, a pesar de ser un guía temprana, quedó sepultada por la incoherencia y no fue hasta la cristalización del estudio gramatical de las lenguas clásicas a lo largo del Renacimiento, que dejó listo el terreno para la extensión a las “lenguas vulgares” de los estudios gramaticales. Sin un adecuado desarrollo de la gramática y la lexicografía, sin su fijación, las ciencias no se habrían liberado del peso de una lengua, el latín, que estaba estrecha para la descripción de nuevas disciplinas y nuevas visiones del mundo. Dicho de otro modo la gramática procura al ciencia moderna un instrumento apropiado para su desarrollo conceptual. Esta no es una línea de superioridad, sino una línea de convergencia. Desde el tardomedioevo Europa afronta la necesidad de describir, vivir, modificar, codificar un mundo que ha ido ensanchándose progresivamente desde todo punto de vista. El desarrollo de toda forma de conocimiento y de las relativas disciplinas es una manifestación, que dejando a parte la consideración social de cada una de ellas, convergen en mayor medida que divergen; el método científico y su aplicación universal, a despecho de los errores que cada época ha propuesto, ponen de relieve ese intento.

Y llegamos al punto de divergencia.

A día de hoy ciertamente la filología no goza de gran fama. La filología parece no transformar el mundo. Digo parece porque a la hora de la verdad su impacto no es indoloro; hay poca gloria en el modo en que la filología participó a agrandar las diferencias en la última guerra balcánica buscando, trazando e incluso inventando diferencia en el serbocroata según la comunidad de hablantes. Temo que la filología tiene un impacto subestimado. Es una estima hija del momento, cada época tiene sus predilectos y las justificaciones no siempre son objetivas. Tampoco hay hacer un drama de ello.

La diferencia pues entre las ciencias naturales y su impacto en el mundo y la filología es más aparente que real, desde mi punto de vista, seguramente menos evidente para la segunda. La diferencia real entre las ciencias naturales y la filología es justamente la materia de estudio. No es una perogrullada. Las ciencias naturales razonan sobre un mundo externo con un método. Una empresa difícil porque no todo el objeto del razonamiento es observable y requiere por tanto de hipótesis, acercamientos, ideas e intuiciones, formas nuevas de mirar el mundo que ayuden a descifrarlo, dominarlo, plasmarlo.

La filología por contra tiene como materia de estudio un terreno artificial. Por natural que podamos considerar el lenguaje esta es una de las formas de comunicación posible y su articulación es distinta si no en cada caso si en múltiples casos. La lengua es una creación humana. Cada lengua con su estructura y sus peculiaridades es única. Cada sistema verbal, cada imagen. Más allá de los rudimentos sobre los que dada lengua se desarrolla, es su desarrollo lo que la hace diferente. Cada hablante acumula inconscientemente una enorme cantidad de estructuras y formas y aprende a usarlas aunque no sea capaz de describirlas. Como dice el chiste, los niños ingleses son muy inteligentes porque desde pequeños saben el inglés. La filología estudia cada forma particular, artificial, de una capacidad natural, cada forma en que cada grupo humano formaliza esa capacidad. Lo que en general se considera banal porque todo el mundo sabe la lengua que usa es el núcleo mismo de la enorme tarea de la filología. Frente al tiempo en eones de la historia natural de la materia, la historia de cada lengua es la historia del hombre, muy corta, rápida, de metabolismo acelerado.

La dificultad de la filología estriba en ese andar hacia atrás vendados (casi) en un laberinto que la mente humana ha creado sin necesidad de mapas. La filología se mide con la construcción más eficaz y monumental del hombre y que el hombre mismo no consigue explicarse, no del todo. Todos los retorcimientos, los desvíos, las arbitrariedades, los cambios, son la filología: es difícil medirse con las intenciones, con los pensamientos, con los humores. Es una gran belleza. Es una tarea casi inabarcable, siempre insatisfactoria, inconclusa de forma perenne. Moverse en ese laberinto, identificar las intenciones, verificar los objetivos, no resulta fácil.

La lengua nos da a todos la posibilidad de hacer lo que ahora mismo estoy haciendo: comunicar. Nada perfecto. Todo perfectible. Cuanto más es complejo el mensaje, por más que afinemos la lengua, el léxico, las construcciones, tanto más una lengua nos muestra como un espejo. Un espejo profundo que no renuncia a mostrar también las zonas de sombra, las posibilidades escondidas, que no renuncia a mostrar la imagen con las adiciones del espectador. Ah si, la tarea de la filología es ardua, porque arduo es medirse con uno mismo, hombre contra hombre (o mujer contra mujer o cualquier otra combinación que nos venga en mente), salvando las distancias, el tiempo, las clases.

La filología tiene mucho que decir y que hacer. No renuncia a la belleza de saber. No pretende salvar el mundo, ni dominarlo, ni cambiarlo, ni codificarlo (admitiendo que en el fondo éste sea el objetivo de las ciencias naturales, quizá no lo sea y todo lo escrito antes sea solo una interpretación posible de la sed de saber). Todo el esfuerzo se va en comprender, en enlazar, en recuperar, en recomponer, en establecer relaciones, en desenredar, en descodificar (vislumbrando a veces, solo vislumbrando), eternamente, lo que sin esfuerzo aparente hacen incluso los niños.

La filología se mide con el hombre mismo, eso es todo. Toda su belleza y su dificultad, su inmediatez y su historia, su gloria y su pena están cifradas en palabras que permanecen.

Anne Frank en la literatura americana

Si en la literatura estadounidense Anne Frank es la imagen de la alteridad, en España ¿quien es la figura que se cela y planea sobre nuestras cabezas?

Es una de esas ocasiones en que un personaje del pasado genera una polémica agria. Esto ha ocurrido en Holanda a raíz de una iniciativa comercial. Tal iniciativa consiste en una compañía de entretenimiento cuya actividad se centra en colocar un sujeto en un espacio cerrado del cual debe salir usando las claves ocultas en el mismo ambiente. Divertido e inocuo, a mitad entre Sherlock Holmes y adivina adivinanza. Divertido e inocuo hasta que el espacio propuesto no es la buhardilla de Anne Frank. La contestación, la repulsa y la protesta no se han hecho esperar.

Es un incidente que me ha hecho pensar en varias cosas que han llevado a escribir estas pocas líneas. Una como la comercialización de la experiencia humana desdibuja su trascendencia y como nos hemos acostumbrado a ello. Cualquier mercificación la vemos hoy no ya como posible, sino como natural, una vertiente más de la experiencia, por indeseable que en si sea esta. Otra es cómo Anne Frank se ha convertido en un icono del Holocausto. Es cierto que esto ha ocurrido en la comunidad judía americana donde escritores judíos, practicantes en algún grado o en ninguno, han retomado su figura para expresar preguntas latentes en la comunidad. La tercera cosa que me ha llevado a pensar es cómo Anne Frank, sin embargo, está ausente de la narrativa Europea; que yo recuerde la presencia de ella, de su figura en la literatura en España, es 0 patatero. Los motivos para son muchos y variados: por ejemplo que la comunidad judía española no ha reaccionado en modo diferente a las restantes comunidades europeas a la epopeya y la mistificación de Anne Frank; que la alteridad representada por Anne Frank se ha polarizado sobre cuestiones ideológicas a lo largo de cuarenta años, con la necesidad consiguiente de una historización de la memoria que funda la alteridad; por último que Anne Frank es, a pesar de todo, una gran desconocida en esta piel de toro.

Cierto pues, no para todos Anne Frank ha desaparecido. La literatura estadounidense si ha tratado Anne Frank como personaje que encierra la cuestión principal para la literatura judía, no yiddish, estadounidense, y que me parece es muy actual hoy: la relación de alteridad de la comunidad judía americana con la sociedad circunstante; basta pensar en la trama de la última novela de Safran Foer, Aquí estoy. La diferencia, en algún modo explicada más arriba, con las comunidades europeas es que Anne Frank es en esa comunidad un interrogante resuelto en Europa de forma directa por parte de los supervivientes. A saber: ¿por qué nos hemos salvado? ¿lo hemos merecido? ¿qué podíamos hacer y no hicimos? Son preguntas recurrentes en, al menos, tres obras distintas con casi 40 años de distancia: The Ghost Writer, Ph. Roth (1979), What We Talk About When We Talk About Anne Frank, N. Englander (2012) y Hope: A Tragedy, Sh. Auslander (2012); no es una casualidad que el New York Times también las reuna en el momento de reseñar la última citada. La novedad en estas tres obras, muy distantes entre si, es que se plantean una pregunta. ¿y si Anne Frank estuviese viva? La cuestión de fondo entonces sería ¿cual es nuestra identidad si una parte fundamental no fuese cierta?, ¿seríamos diferentes a como somos?, ¿tendría derecho un muerto del Holocausto a seguir viviendo a costa de nuestra identidad?, ¿podemos definirnos sin necesidad de Anne Frank?, ¿qué esperanza podemos abrazar?

Me parece que para la comunidad americana la distancia del evento trágico, distancia geográfica y emocional, es el motor de la identificación que se además de lo mencionado se incrementa por factores como la juventud de la protagonista, la inmediatez a la conclusión de los eventos y el impacto mediático que tuvo. Para quienes en la comunidad no tenían un lazo familiar con los desaparecidos en los campos de concentración, Anne Frank representaba el vínculo emocional.

Otros aspectos, no indiferentes en estas tres obras, son las dicotomías esperanza/realidad, vida pública/reclusión y la oscilación entre lo admisible para el individuo y lo admisible para una sociedad distinta. Puede alegarse que son cuestiones universales, lo son. La diferencia acaso es la percepción de la propia diferencia, pásenme la reiteración, por la sociedad en base a una oscilación casi periódica entre rechazo y persecución y aceptación y admiración. Cómo regularse ante esta incertidumbre es la pregunta a la que Anne Frank, reclusa visible (pues en Roth vive en medio a la gente ocultado su identidad) o invisible (en Auslander permanece autoreclusa presa de una inmane obra literaria, e) o, quizá peor, ausente pero fluctuante sobre nuestras cabezas, pues jamás podremos estar a la altura de las circunstancias como estuvo Anne Frank (en Englander) debería ayudar a responder. En otras palabras Anne Frank es la medida de la alteridad con la que se confronta la comunidad judía americana. Y no hay respuestas fáciles, pero en las preguntas está el mérito.

Cierro esta breve reflexión, (ahorro al lector inútiles y vastísimas referencias bibliográficas que no tendrían ni cabida ni sentido en estas líneas, añadiendo sólo unas breves referencias finales), inquiriéndome sobre quien es nuestra particular Anne Frank, porque nosotros tenemos nuestras propias alteridades no resueltas y quizá vaya siendo hora de ponerlas en perspectiva, de darles otro aire y preguntarnos finalmente, ¿quien es la figura que se cela y planea sobre nuestras cabezas?

Para satisfacer insoportables curiosidades (y Englander me perdonará la alusión):

The Guardian – review of books: Hope: a tragedy

The Guardian – review of books: What We Talk About When We Talk About Anne Frank, N. Englander

Jewish Journal: What We Talk About When We Talk About Anne Frank, N. Englander

The New York Times: The Ghost Writer, Ph. Roth