George Takei

Shakespeare a los mandos de una nave espacial. Shakespeare en persona no, pero sí uno de sus interpretes: George Takei. El sonriente Sr. Sulu era un actor shakespereano prestado a la exploración de las galaxias junto a un heterodoxo y multirracial, incluso multiplanetario, equipaje. Detengámonos por un momento aquí.

George Takei con cinco años no vagaba por las galaxias, ni interpretaba papel alguno junto a Cary Grant (Walk, Don’t Run, 1966, una rareza por entonces un actor asiático en Hollywood). En realidad estaba muy quieto en un campo de concentración en Rohwer, Arkansas. Y después y hasta la edad de diez años en “Tule Lake War Relocation Center” en California. Ser de descendencia japonesa en los EE.UU en aquel entonces era sinónimo de peligrosidad, fuere cual fuere la realidad de los hechos.

Con treinta años en vez y junto a Nichelle Nichols (la teniente Nyota Uhura, la primera mujer de color con rango de oficial: incluso Martin Luther King intervino para que no abandonase el papel por la importancia simbólica que tenía para la población afroamericana aún en lucha por sus derechos civiles), a Walter Koenig (el timonel Pavel Andreivich Chekov, un ruso) y a Leonard Nimoy (el oficial ciéntifico medio extrarterreste, algo si cabe aún más turbador que si fuese extraterreste por completo), dieron vida a una utopía futurista de convivencia interracial e intergaláctica pacífica y no capitalista. Un equipaje heterodoxo y varipinto, no exento de dificultades de las relaciones, pero siempre a la escucha, siempre resolviéndolas en modo constructivo, atento, abierto.
El sueño de conocer a quien diferente, escucharle, estrechar lazos de convivencia cuando no de amistad, saber que hay más allá del mpróximo punto lejano, todo esto describía la época y los personajes y las personas que los interpretaban, empezando por George Takei eran ya entonces iconos.
George Takei con el tiempo ha encarnado aún más este aspecto de extrema apertura y no solo por haber superado la discriminación racial, sino por haber declarado su homosexualidad (imagino que fuese un secreto a voces en los ambientes cinematográficos) sin perder por ello su status de icono intergaláctico, quizá aumentándolo.

La realidad de hoy es muy distinta.

George Takei superó el campo de concentración y devino un icono pop de alto valor civil.
Hoy crecen muros aquí y allá. La islamofobia y la discriminación más radical está presente aquí y allá. La esperanza de Takei “me gusta pensar que la orientación sexual no será una hecho digno de nota en s. XXIII” parece algo más lejana. Hemos dejado de pensar en lo que está más allá para cambiar lo que está más aquí. Nos hemos concentrado tanto en el aquí y ahora que nuestra mirada se ha vuelto atrás. Cualquier utopía está prohibida y en este modo nada sutil nos hemos cerrado todas las perspectivas de futuro, hemos bloqueado todas las puertas que llevan a soluciones distintas, hemos atrancado nuestros oídos al diálogo y generamos violencia.

George Takei volvería hoy a un campo de concentración en Arkansas.

Hoy Trump, como no, paladín de una mirada que no solo es suya y no solo es estadounidense, prefiere las distopias, el choque cultural, el choque violento, el capitalismo exasperado, la sordera y el pasado como futuro.

Con este panorama yo me agarro a George Takei, al Sr. Sulu y todos sus compañeros de la Enterprise para seguir imaginando utopías de futuro para todos, extraterrestes incluidos.

Ps: sobre los campos de concentración para ciudadanos nipoamericanos hay abundante bibliografía, pero quizá baste leer una novela Perfidia (James Elroy, 2014) para recabar un cuadro general. Yo la leería.

El uso de un texto como cita: Mi casa tiene cinco pisos.

Si en una de las entradas anteriores hablé de las citas y de las menciones dentro de Muerde ese fruto, hoy dejo un texto que estoy seguro que los lectores reconocerán sin problemas y ubicarán sin problemas en la novela.
Lo dejo aquí entero, por supuesto mencionando el autor y con una imagen del texto original.
Espero que sea del agrado de todos los lectores este pequeño descubrimiento; si Schlonsky era un desconocido, ahora queda más claro el sentido de su uso en la novela.

Mi casa tiene cinco pisos   (Abraham Schlonsky, 1960)

Mi casa tiene cinco pisos
y todas las ventanas bostezan hacía las que están enfrente
como las casas de los que están parados enfrente de un espejo
70 líneas de autobuses hay en mi ciudad
y todas hasta el ahogo y el excedente de los cuerpos.
Viajan.
Viajan.
Viajan hacia el corazón de la ciudad,
como si no fuera posible morir de aburrimiento también aquí en mi barrio.
Mi barrio es muy pequeño,
pero hay en él todos los nacimientos y todas las muertes,
y todo lo que hay entre el nacimiento y la muerte
que hay en las ciudades del mundo
incluso niños pequeños que hacen girar maravillosamente un plato volador
y tres cines.
Si no me hubiera bastado con el aburrimiento que tengo en mi casa
habría ido a uno de ellos.
Mi casa tiene cinco pisos
aquella que saltó de la ventana de enfrente
tuvo bastante con tres solamente.5pisos

Contra lectura o por qué tenemos pocos lectores

Antes de empezar. Todo los que se lea a continuación es exclusivamente mi opinión personal, mejor o peor fundamentada.

En España se lee menos de lo que se desearía. Quizá sería bueno, y mejor, decir que la cuestión se enfoca por lo general en que se compra para leer menos de lo que se desearía. ¿En realidad se lee poco? ¿Se lee mal? Existen factores para creer que sí, como existen factores que dan una visión más positiva. Leer ya no es lo que era. Mejor dicho, leer ya no tiene el valor que tenía.

Entre los factores que señalan la caída de la lectura se señalan los propios de un sector económico que hiperproduce: a comparación entre volumen de lectura disponible y tiempo disponible para la lectura. Desde los años ’50 nuestro tiempo a disposición para la lectura ha quedado substancialmente invariado. Un efecto de esta sobreabundancia es que se prefieren los las formas más rápidas, que no siempre las más breves que nos dé la información principal y relevante del contenido: tenderemos a elegir las formas más visuales y menos costosas desde el punto de vista utilitarista. Es decir, es tal el alud de lecturas propuestas en proporción al tiempo disponible que la lectura pasa al último lugar de las preferencias pues no somos capaces de determinar cuales serán las que no satisfagan a la vez que se constata que es imposible consumirlas (terminarlas) todas o la lectura es acrítica.

Sobre este particular y sobre la tendencia a competir con los videojuegos me he expresado ya en mi otro blog (mientras esté abierto), así no tedio más.

La sostenibilidad de una iniciativa editorial (o también en este marco de reflexión, de una iniciativa cultural basada en la lectura) en un mundo saturado de contenidos no puede pasar por competir con otros contenidos de más rápida adquisición; quizá habría que considerar si esa competición que el sector parece empeñado en suscribir no ha conllevado la suscripción de una rotación de títulos imposible de sostener y si no es una de las razones de abandono de lectura de esos mismos títulos de rotación vertiginosa.

La fragmentación de la atención

Otro de los responsables señalados de la caída de la lectura es la inmediatez del medio, porque se infiere que el medio de lectura hoy ya no es la página de papel sino la pantalla y tiene por consecuencia la fragmentación de la lectura, aunque luego se diga que la pantalla no vence al papel en términos comerciales y de lectura real (benditas sean las contradicciones que se presentan bajo la forma de afirmaciones tautológicas). Una lectura interconectada equivale a una lectura fragmentada. Se asume así la equivalencia entre actividad y medio. En otras palabras la imposibilidad de realizar una lectura interconectada sin ceder al impulso de respuesta inmediata que sugiere el medio: la lectura electrónica deviene así una nueva prueba del perro de Pavlov. La lectura impresa sufre del mismo mal, sin embargo, o quizá, en esta óptica algo torticera, un poco menos. La cuestión no es si la lectura se desarrolla mediante una forma y un medio interconectado sino si el lector es capaz de discriminar y decidir la forma de interacción que se le ofrece en la forma, la intensidad y momento. En esta visión el lector es escasamente capaz de mantener su concentración en virtud del medio. Un medio que en realidad puede requerir gran concentración y suponer una lectura difícil según sea la estructuración y el nivel de interconexión. Algunas líneas más arriba ya he dejado una traza de este tema: formas rápidas de leer, es decir con consumo veloz del tiempo. Es consecuente la afirmación que estas formas van en detrimento de la lectura; podemos oponer la explosión de una forma literaria difícil de dominar: el microrrelato. En realidad las formas narrativas de los nuevos formatos están presentes en otros formatos anteriores y desasocio los binomios dificultad/longitud y profundidad/formato. Hasta donde yo conozco los estudios que poseemos se basan en transposiciones de formas literarias anteriores a los nuevos formatos. No se ha desarrollado aún, sino en forma incipiente y no ciertamente masiva, una narrativa acorde a los nuevos formatos; no excluyo formas audiovisuales, pero tampoco pongo en el centro si estamos hablando de leer, que no es lo mismo que la literatura ni del acceso a la misma. Es decir, lo que por ahora examinamos no es ni la lectura ni los nuevos formatos, sino al interacción del lector con los dispositivos en red y su capacidad de gestión de estos en relación a la lectura (como podría ser en relación al telediario, al estudio o al sexo). Conviene señalar que la dinámica, como ha notado Maria Popova, de lectura e interacción con el texto no es divergente entre formatos electrónicos o impresos. La solicitación constante de interacción (comentarios, preguntas, respuestas, etc)por parte de medios paraliterarios o paralecturales en las redes es el factor más frecuente de interrupción; se tiende a reforzar el binomio estímulo reacción y si el medio es instantáneo la interacción no puede serlo menos o en otras palabras, el adiós a las prioridades y a la lectura profunda no viene por el medio sino por el uso de lo paracontextual.

No se puede ignorar que es posible que una nueva narrativa quede fuera del horizonte de expectativa actual de los lectores, lo cual no es óbice para ignorar la experimentación e ir abriendo caminos. Es preciso, sin embargo, que los editores y los autores arriesguen no menos de los lectores. Hoy en día el riesgo está muy mal visto.

¿Y la lectura?

En realidad sea la superproducción (y las cuestiones ligadas a esta) sea la fragmentación de la atención (y las cuestiones ligadas a esta otra) no son más que síntomas y no la enfermedad. No se trata de sociedad líquida o de digitalización, no se trata de hiperabundancia o escasez. Cuando hablamos de superproducción, estamos hablando de cantidad. Cuando hablamos de fragmentación de nuevo hablamos de cantidad (de tiempo, mucho más difícil medir el esfuerzo de lectura o la intensidad de lectura en ese tiempo).

Discrepo abiertamente del plan de fomento de la lectura que defiende la FGEE. Vender libros no es fomentar la lectura. Ni tan siquiera en los años más boyantes del sector editorial los índices de lectura fueron significativamente mejores que los actuales, prueba probada de la distancia entre vender y leer.

Hay a disposición, como ya he dicho, un alud de lecturas. Un mundo potencial de lecturas con el cual es posible afirmar que se lee más que nunca, pero quizá estamos confundiendo otra vez cantidad y calidad, posibilidad con realidad. Resulta, creo con fundamento, establecer más allá de toda duda la dimensión real de la lectura, pero si las declaraciones de nuestros ciudadanos son ciertas la lectura no goza de buena salud.

Y todo ello sin movernos del ámbito de lo medible. Nuestra lectura tiene también un problema de calidad. No solo de calidad de creación (debate sin fin) sino de calidad de lectura; que entienden nuestros lectores, cuales con sus niveles de comprensión lectora (los indicadores, discutibles, no son buenos), cuales son sus expectativas. Con frecuencia las expectativas de los lectores/no lectores se afirman sobre las consideraciones de los profesionales del sector editorial (deformación profesional, necesidad empírica de datos no disponibles, ceguera, el motivo preciso no lo sé), lo cual es fuente de error. La distancia entre ambos grupos deforma el dato, la perspectiva misma, y confirma la necesidad de reflexionar sobre ello.

Hablamos de cantidades. No hablamos de calidad: calidad de lectura, calidad de literatura, calidad de edición, calidad de juicio crítico.

A mi me parece que la lectura es sobre todo calidad.

Se trata, en el fondo, de algo sustancial. La lectura no es hoy una actividad deseable. No lo es a nivel personal para una gran parte de ciudadanos y no lo es a nivel colectivo: al 42% de ese 39% de conciudadanos alérgicos a la lectura ni tan siquiera le interesa. La lectura, como la cultura más en general ni interesa ni tiene valor.

Leer es un acto reflexivo, un ejercicio mental que induce al pensamiento y a la crítica por liviana que sea, un desafío. Leer es una actividad intelectual y desde el ’68 lo intelectual está mal visto, ya sea en Europa que fuera. No hay incentivo a la lectura. No hay cuidado del lector. He dicho y vuelvo a sostener que la actividad del sector editorial debe decaer si no se activa por acrecentar el número de lectores, pero más allá de eso si no hacemos crecer el número de lectores toda nuestra sociedad se irá abajo, no porque no haya lectores  (aunque no estaría de más pensar en la demografía de los lectores fuertes, en su edad), sino porque no habremos hecho nada para mantener el pensamiento crítico del cual la lectura, la escritura, el debate público son piezas relevantes. La lectura tiene en contra un sistema, el actual, que detesta el pensamiento. Escribir, editar, leer, pensar y criticar son acciones tan radicales que no pueden ser toleradas. El sector editorial puede no suscribir esta visión del mundo y activarse para ser más sector cultural y menos sector económico, o bien puede por contra suscribir el sistema, pero en ese caso y en mi opinión está escribiendo sus últimas líneas.

El sistema empuja a la simplificación, al alejamiento de la crítica, a la dispersión, a la asimilación de clichés, a la escasa indagación, a la escasa empatía, a la escisión progresiva entre quienes leen y comprenden (con todas las consecuencias que ello acarrea en términos socioeconómicos y de bienestar general de la sociedad) y quienes no. Leer y comprender son ejercicios nivelatorios.

Así pues creo que en vez de plantearnos cómo vender más libros, que se lean o no, debemos plantearnos cómo incrementar la lectura. Debemos preocuparnos más de cómo leer y por qué leer y menos por qué leer, es decir un poco menos por la indicación de la lectura y más por la lectura en si. Hagamos crecer lectores y ellos crecerán exigentes (no es una frase hueca, reflexionen sobre todos los casos personales de grandes lectores que conocen, cuales fueron sus primera lecturas y sus lecturas hoy). Demos menos consignas y más ideas, mayor libertad y mayor responsabilidad al lector en primer lugar y después a todos.

Creo que en este sentido hay que plantear una gran alianza (tácita o implícita, da igual a condición de que sea real) entre editores, bibliotecarios, autores, librerías, escuelas para desarrollar acciones concretas (con frecuencia locales) de contraste a este sistema actual que no solo nos separa de la lectura sino que nos separa de los demás, de la vida y de nuestra capacidad colectiva para decidir nuestro futuro. el objetivo es simple cuanto arduo: recuperar el valor colectivo, social, de la lectura. Yo pondré como pueda mi contribución a ello.

Contra la lectura está el caos de este sistema.

Manifiesto personal en favor de las bibliotecas

Debo mucho a las bibliotecas de todo tipo, soy un defensor a ultranza de las bibliotecas, de su importancia e impacto en la vida de una comunidad (la que sea). Jamás he oído ni visto que una biblioteca fuese un agente desvertebrador de una comunidad y si, y en muchas ocasiones, al contrario.

CREO

  • Que existe un derecho universal de acceso al conocimiento y que las bibliotecas juegan en ello un papel.

  • Que la biblioteca es un centro de activación cultural, un lugar en que puede desarrollarse una parte conspicua de la actividad de (re)creación cultural y su relativo disfrute.

  • Que las bibliotecas generan lectores y con frecuencia grandes lectores.

  • Que las bibliotecas son lugares óptimos para la creación de comunidades activas de lectores y usuarios de los servicios ofrecidos dentro de las bibliotecas, que cogestionan parte del conocimiento que la biblioteca posee y genera.

  • Que en la concepción de la biblioteca pública como un Agora o un espacio social de desarrollo del conocimiento y de la participación ciudadana.

  • En la conceptualización de la biblioteca como un espacio híbrido, flexible y acogedor al servicio de la sociedad, adaptado a los nuevos servicios comunitarios que oferte herramientas y recursos para su empoderamiento y capacitación.

  • En la posibilidad de creación de bibliotecas ambulantes desmaterializadas.

MANIFIESTO BREVE

Las bibliotecas generan lectores y es interés y necesidad de todo autor hacer cuanto esté en sus manos para que el número de lectores crezca siempre. Como autor mi total disposición a estar presente, participar, colaborar con cualquier biblioteca que me lo solicite siempre y cuando me sea posible, porque son la bibliotecas espacios de interacción cultural y de creación de lectores: donde hay un lector la presencia de una autor es un acto de inteligencia y reciprocidad.

La bibliotecas son un espacio donde se descubren nuevas ideas, nuevas perspectivas y nuevos autores. La ambición de todo autor debe ser que sus obras se encuentren en la biblioteca de su barrio, de su ciudad, de su provincia, de su región, del mundo entero. Como autor es mi ambición no ponerle barreras a la lectura.

Las bibliotecas generan lectores y los lectores lectura. La lectura es insaciable. Cualquier inversión de una autor en una biblioteca antes o después será pagada con creces. Como autor mi absoluta repulsa a cualquier acción encaminada a obtener compensaciones accesorias por el préstamo de obras de mi autoría: todos los beneficios obtenidos por mi, como lector, durante años, debo compensarlos ahora los lectores presentes y futuros. Que ninguna organización ni ente puede reclamar cantidad alguna en concepto de derechos de autor por préstamo ninguna biblioteca por las obras de mi autoría.

Yo autor, estoy a favor de las bibliotecas.

Ciencia en Ciudad: Heisenberg y otras cuestiones

Cuando (a)cometí la escritura de Muerde ese fruto hubo una cosa que quise tener presente: el impacto de la ciencia en la vida cotidiana. Por lo general el impacto de la ciencia suele verse a través de la tecnología, que es como ver el impacto de la lengua solo en los carteles publicitarios o dicho de otro modo, de considerarla mediante una, solo una, forma mediada de la ciencia. A mi lo que me apremiaba era transmitir el impacto de la ciencia, de la física en modo inminente per no solo, en el último siglo. Hubiera podido escoger las muchas implicaciones filosóficas de la física, especialmente de la física cuantística, pero mi intención era revelar la parte visible de la ciencia, ponerla la centro de la descripción del mundo en su belleza y en sus procesos, con frecuencia invisibles. Así, como irónica citación, podríamos leer las discusiones en el bar Córcholis sobre los estados de la materia o la destrucción del mundo. Pero también las descripción de la luz, de los ciclos y aún otras.

Teniendo presente esta consideración, y sin querer decir con ello que haya alcanzado el objetivo o no en modo pleno, he usado al ciencia para describir la realidad más evidente, en la forma aséptica y precisa, pero también para crear imágenes que, está claro, pervertían estas características. Como dice mi editor he intentado que se den al mano el castellano antiguo y posmoderno con la física. He usado el léxico de la ciencia en las formas en que el léxico se usa vulgarmente, poniendo así de relieve la constante presencia, la posibilidad real de ver el mundo con una perspectiva científica, aunque no exclusiva. A la vez he querido mostrar formas no tecnológicas, o usos no tecnologizantes de la ciencia. En ese contexto puede leerse el uso de isótopos como atracción en el Maire Curie, que acaban por ser el objeto de perdición del pobre Hyacinthe Gloss; ignoro si Marie Curie ha dado nombre a un local nocturno, pero me parecía un homenaje singular aunar algunos de los aspectos salientes de la novela en un solo lugar y con un solo nombre, en ese caso ninguno mejor que el de la química y física polaca de nacimiento y francesa de adopción.

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Werner Heisenberg en 1926

Si bien he declarado que he evitado introducir las discusiones filosóficas, al menos las formas más explícitas, que la ciencia ha generado, no me he sustraido a usarla para trazar analogías. El caso más claro, y parecer ser el más oscuro para los lectores, está en las páginas 89 a 92. Cuando Andrés se encuentra en una situación en que no consigue determinar su posición, el cambio que está viviendo aparece en la narración un imaginado triunfo, la concesión del Nobel, de Werner Heisenberg, padre del principio de indeterminación.

No deseo pasar por alto que las relaciones entre los individuos tal y como las describo en la novela pueden leerse también como una analogía con la química: enlaces débiles, enlaces, fuertes, enlaces múltiples y la cantidad de energía que precisa para que se produzcan y mantengan. La mente tributa un viaje hasta otro punto de la literatura alemana, aunque no es el único csao, testimoniando así un matrimonio posible entre literatura y ciencia, realidad y analogía. Desde luego no es necesario recurrir a la química para ello, o no solo puede recurrirse a la química como clave de lectura, pero pone de relieve la posible interconexión al posibilidad e leer todo, no solo Muerde ese fruto, de otras formas, desde otras perspectivas.

Se comprueba pues que no soy el primero ni el único en intentar esta vía y que si algún mérito debe adscribirseme será en función de la originalidad del modo, en la aplicación de un método, si es que alguna de estas dos cosas existen en mi libro.

Se dirá, y quizá con razón, que este uso, este léxico, no hacen de Muerde ese fruto una lectura fácil, que supone al menos un reboce en la ciencia. Puede ser. Creo sin embargo que no hacen de mi novela algo más difícil de leer, ni impiden darse una imagen de la acción, ni estorban a la comprensión de la novela. Por otro lado nunca dije que fuese una novela fácil, lo que si digo es que, a mi parcial juicio, es una novela que admite por la presencia de estas características más lecturas, más posibilidades. Si no he sabido hacerlo mejor me propongo mejorar en el futuro.

A propósito de la filología

En las últimas semanas las lecturas y las conversaciones ha convergido con cierta frecuencia sobre la ciencia, lo científico, las cualidades de las disciplinas de estudio, su maravilla (entiéndase la maravilla de cada una de las disciplinas, esa que radica por lo general en la capacidad de descifrar el mundo). Ha sido un debate con cultivadores y defensores de ciencias naturales, físicos, matemáticos y químicos, sobre todo químicos. Apasionante. Todo a raíz de un libro que en Italia está haciendo furor La lingua geniale. 9 motivi per amare il greco, de la filóloga Andrea Marcolongo. Para muchos, declaran, si les hubiesen enseñado el griego como expone el libro hubiese sido más fácil amarlo y comprenderlo. Supongo que es algo parecido a lo que cualquier filólogo experimenta sobre la física. Y eso porque se partía desde este punto: siendo una disciplina de estudio abstrusa, terminológicamente confusa porque necesitada de explicaciones con un léxico común y por tanto poco clara (serían, en esta visión las ciencias naturales las que habrían introducido la claridad conceptual y terminológica), sin impacto sobre lo real y no descifrando el mundo cojeaba ante otros estudios que terminan por comprender y describir la belleza de la materia y finalmente dominarla como consecuencia del trabajo desarrollado sobre el método científico para conocer el mundo.

Han sido estas consideraciones las que me han hecho preguntarme cual es la naturaleza de la filología y cómo podría describirla a un no filólogo.

Pero antes, un paso atrás.

imagesLa discusión sobre la claridad conceptual sin embargo me parecía y me parece también ahora, una cuestión de sesgo.

La principal preocupación de la filosofía, a la que algunos identifican con un incesante enredo, desde sus inicios en Grecia era la de hallar una expresión léxica lo menos ambigua posible. Es justamente esa necesidad de expresión precisa lo que desorienta a los estudiantes que se acercan a la filosofía, la imposibilidad de usar sinónimos con ligereza, la obligación de adherir al concepto. La falta de una visión transversal, interdisciplinaria e histórica, y la superficialidad que en ciertos casos se ve en la enseñanza de las ciencias naturales, que se enseñan antes que la filosofía, son concausa de analogías fallidas entre las disciplinas y la necesidad e ambas de claridad. Esa misma falta de claridad que los científicos ven en las lenguas vulgares, real o prejudicial, es lo que impulsa al latín como lengua de ciencia hasta la Ilustración. Y esto tiene mucho que ver con la filología. La explosión de las ciencias naturales en Europa tiene mucho que ver con la filología. La Tékhne Grammatiké de Dionisio de Tracia, a pesar de ser un guía temprana, quedó sepultada por la incoherencia y no fue hasta la cristalización del estudio gramatical de las lenguas clásicas a lo largo del Renacimiento, que dejó listo el terreno para la extensión a las “lenguas vulgares” de los estudios gramaticales. Sin un adecuado desarrollo de la gramática y la lexicografía, sin su fijación, las ciencias no se habrían liberado del peso de una lengua, el latín, que estaba estrecha para la descripción de nuevas disciplinas y nuevas visiones del mundo. Dicho de otro modo la gramática procura al ciencia moderna un instrumento apropiado para su desarrollo conceptual. Esta no es una línea de superioridad, sino una línea de convergencia. Desde el tardomedioevo Europa afronta la necesidad de describir, vivir, modificar, codificar un mundo que ha ido ensanchándose progresivamente desde todo punto de vista. El desarrollo de toda forma de conocimiento y de las relativas disciplinas es una manifestación, que dejando a parte la consideración social de cada una de ellas, convergen en mayor medida que divergen; el método científico y su aplicación universal, a despecho de los errores que cada época ha propuesto, ponen de relieve ese intento.

Y llegamos al punto de divergencia.

A día de hoy ciertamente la filología no goza de gran fama. La filología parece no transformar el mundo. Digo parece porque a la hora de la verdad su impacto no es indoloro; hay poca gloria en el modo en que la filología participó a agrandar las diferencias en la última guerra balcánica buscando, trazando e incluso inventando diferencia en el serbocroata según la comunidad de hablantes. Temo que la filología tiene un impacto subestimado. Es una estima hija del momento, cada época tiene sus predilectos y las justificaciones no siempre son objetivas. Tampoco hay hacer un drama de ello.

La diferencia pues entre las ciencias naturales y su impacto en el mundo y la filología es más aparente que real, desde mi punto de vista, seguramente menos evidente para la segunda. La diferencia real entre las ciencias naturales y la filología es justamente la materia de estudio. No es una perogrullada. Las ciencias naturales razonan sobre un mundo externo con un método. Una empresa difícil porque no todo el objeto del razonamiento es observable y requiere por tanto de hipótesis, acercamientos, ideas e intuiciones, formas nuevas de mirar el mundo que ayuden a descifrarlo, dominarlo, plasmarlo.

La filología por contra tiene como materia de estudio un terreno artificial. Por natural que podamos considerar el lenguaje esta es una de las formas de comunicación posible y su articulación es distinta si no en cada caso si en múltiples casos. La lengua es una creación humana. Cada lengua con su estructura y sus peculiaridades es única. Cada sistema verbal, cada imagen. Más allá de los rudimentos sobre los que dada lengua se desarrolla, es su desarrollo lo que la hace diferente. Cada hablante acumula inconscientemente una enorme cantidad de estructuras y formas y aprende a usarlas aunque no sea capaz de describirlas. Como dice el chiste, los niños ingleses son muy inteligentes porque desde pequeños saben el inglés. La filología estudia cada forma particular, artificial, de una capacidad natural, cada forma en que cada grupo humano formaliza esa capacidad. Lo que en general se considera banal porque todo el mundo sabe la lengua que usa es el núcleo mismo de la enorme tarea de la filología. Frente al tiempo en eones de la historia natural de la materia, la historia de cada lengua es la historia del hombre, muy corta, rápida, de metabolismo acelerado.

La dificultad de la filología estriba en ese andar hacia atrás vendados (casi) en un laberinto que la mente humana ha creado sin necesidad de mapas. La filología se mide con la construcción más eficaz y monumental del hombre y que el hombre mismo no consigue explicarse, no del todo. Todos los retorcimientos, los desvíos, las arbitrariedades, los cambios, son la filología: es difícil medirse con las intenciones, con los pensamientos, con los humores. Es una gran belleza. Es una tarea casi inabarcable, siempre insatisfactoria, inconclusa de forma perenne. Moverse en ese laberinto, identificar las intenciones, verificar los objetivos, no resulta fácil.

La lengua nos da a todos la posibilidad de hacer lo que ahora mismo estoy haciendo: comunicar. Nada perfecto. Todo perfectible. Cuanto más es complejo el mensaje, por más que afinemos la lengua, el léxico, las construcciones, tanto más una lengua nos muestra como un espejo. Un espejo profundo que no renuncia a mostrar también las zonas de sombra, las posibilidades escondidas, que no renuncia a mostrar la imagen con las adiciones del espectador. Ah si, la tarea de la filología es ardua, porque arduo es medirse con uno mismo, hombre contra hombre (o mujer contra mujer o cualquier otra combinación que nos venga en mente), salvando las distancias, el tiempo, las clases.

La filología tiene mucho que decir y que hacer. No renuncia a la belleza de saber. No pretende salvar el mundo, ni dominarlo, ni cambiarlo, ni codificarlo (admitiendo que en el fondo éste sea el objetivo de las ciencias naturales, quizá no lo sea y todo lo escrito antes sea solo una interpretación posible de la sed de saber). Todo el esfuerzo se va en comprender, en enlazar, en recuperar, en recomponer, en establecer relaciones, en desenredar, en descodificar (vislumbrando a veces, solo vislumbrando), eternamente, lo que sin esfuerzo aparente hacen incluso los niños.

La filología se mide con el hombre mismo, eso es todo. Toda su belleza y su dificultad, su inmediatez y su historia, su gloria y su pena están cifradas en palabras que permanecen.

Sin tiempo: Ciudad, en un limbo temporal

Si la falta de una referencia geográfica clara es muy evidente en Muerde ese fruto, creo la falta de una referencia temporal tiene el efecto de dar una imprevista libertad situacional e interpretativa al lector.
Me explico.

132h

imagen gratisography.com

Muerde ese fruto se desarrolla en el arco de una semana y esta es la única referencia temporal, más allá de los ciclos de sol y luna, que puede encontrarse en el libro. Mi intención era que igual que no hay un marco geográfico preciso en el que colocar Ciudad, con la consiguiente libertad de crearla al propio gusto y en las latitudes preferidas o imaginadas, la falta de un tiempo, una época precisa dejase libertad para colocar la historia donde quisiese el lector o lectora. Habría que colocar un inciso: la ausencia de modernas tecnologías de telecomunicación, traza, eso sí, un límite pero un límite de máxima que luego queda algo en entredicho con la presencia de otros fenómenos más o menos tecnológicos o científicos. En otras palabras el tiempo anda algo dislocado. Y es que en definitiva lo que no deseaba en absoluto era dar una referencia de ningún tipo que fuese fácilmente identificable, dejando en un limbo de un tiempo posible pero indeterminable toda la acción. El porqué lo dejo en palabras de los lectores: si para Andrés Barroso todo tiene un aire ochentero, para otra lectora que bien conozco ese aire es anterior en una década (entre lo comentarios de mi página Facebook encontrareis su opinión completa). La estrategia ha dado resultado. Cada lector sitúa la acción en un marco temporal plausible para si mismo, funcional a sus vivencias, correcto en la narración de la obra más allá de los detalles; lo importante es la historia en si, los elementos que fundamentan su desarrollo y quiebran líneas o las hacen surgir. Es quizá esto último que me anima a considerar que Muerde ese fruto no es en modo alguno un libro banal, pero a todos los padres les gustan los propios hijos.
En cualquier caso me convenzo, con estos ejemplos y otros que he ido dejando a lo largo de las entradas precedentes, que la elección de aislar Ciudad es precisamente lo que da realismo y peso a la narración y su contenido y no puedo que inmodestamente felicitarme por ello.