El peregrinaje de Andrés

Todo héroe e incluso buena parte de los antihéroes, estoy pensando en todos los héroes de Chester Himes arriba y abajo de Harlem, tienen su propio peregrinaje, su propio ciclo de viajes, vueltas, periplos más o menos largos en distancia y tiempo. El peregrinaje es esencial para el héroe o para el antihéroe.
El héroe tiene en ese periplo azaroso que será su peregrinaje un momento de crecimiento interior o en otros casos es el momento en que toma consciencia de la posición que ocupa, del deber que honra. El destino es la parte conclusiva, el epígono, del viaje: el peregrinaje sirva para activar el destino y para que el héroe lo acepte como parte de si mismo, como cumplimiento personal de su propia existencia y razón de ser y actuar.

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sandalías de esparto (fuente Wikipedia)

Para el antihéroe el peregrinaje es todo lo contrario. todo viaje sirve únicamente para subrayar las posiciones iniciales de escepticismo y crítica que sostenía el antihéroe al inicio de su periplo; nótese que esto, por lo general, no le hace más feliz ni mejor. No se trata pues de que el destino se cumpla sino de que todo dé fe que el destino se ha cumplido ya, que ya se ha dicho la última palabra, bien clara desde el inicio.Queda claro sin embargo que ni unos ni otros pueden evitar moverse para cumplir el relato que les ve protagonistas.
¿Y Andrés?
Para mi es indudable que Muerde ese fruto tiene su propio peregrinaje urbano y que su protagonista es Andrés. Como todo peregrinaje urbano este no es lineal. al contrario, tiene la forma de una espiral. Se desarrolla desde el centro hacia la periferia, en el sentido físico, geográfico, planimétrico de Ciudad (por inventada e inexistente que sea tien su propia configuración): de Otero al Hospital de Mar. Este periplo lleva a Andrés hacia el exterior, a la salida del relato. O sea a su final. En efecto Andrés crece durante el relato, pero no se convierte en héroe por ello porque a pesar de ser quien nos ha llevado y guiado durante la novela, a pesar de ser el protagonista de sus propias acciones, el perno auténtico de Muerde ese fruto está anclado en Virginia y su vida. Al llegar a la resolución de la novela Andrés no ha definido su destino ni ha confirmado la línea de partida, está todavía en medio del guado. Nuestro héroe sufre de peregrinaje interruptus, si algo así pudiera decirse, porque nada en esta novela está concluido, en ningún caso y para nadie; Muerde ese fruto no aspira a dar la conclusión sino a mostrar el viaje, su sentido y sus razones.

¿Cual es tu opinión?

Nueva reseña de Muerde ese fruto en Letras de Contestania

Carmen Juan desde las páginas de Letras de Contestania, que como ya he dicho en otras ocasiones más que una revista es el fulcro de comunidad literaria y territorial, ha tenido a bien escribir una reseña de Muerde ese fruto en términos positivos y certeros y así escribe:

“Puede hablarse, pues, de un estilo equilibrado y de un argumento que, cuando llega de verdad a la carne, se desvanece como el humo de los coches en cualquier urbe.

Este sorprendente debut de Quincoces es, por muchos motivos, un atrevimiento por parte de autor y editor.”

Opino que lo mejor es que la leáis vosotros y os hagáis directamente una idea pinchando aquí.

Yo solo puedo agradecer a Carmen Juan su labor y los lectores que lean Muerde ese fruto.

#muerdeesefruto

El uso de un texto como cita: Mi casa tiene cinco pisos.

Si en una de las entradas anteriores hablé de las citas y de las menciones dentro de Muerde ese fruto, hoy dejo un texto que estoy seguro que los lectores reconocerán sin problemas y ubicarán sin problemas en la novela.
Lo dejo aquí entero, por supuesto mencionando el autor y con una imagen del texto original.
Espero que sea del agrado de todos los lectores este pequeño descubrimiento; si Schlonsky era un desconocido, ahora queda más claro el sentido de su uso en la novela.

Mi casa tiene cinco pisos   (Abraham Schlonsky, 1960)

Mi casa tiene cinco pisos
y todas las ventanas bostezan hacía las que están enfrente
como las casas de los que están parados enfrente de un espejo
70 líneas de autobuses hay en mi ciudad
y todas hasta el ahogo y el excedente de los cuerpos.
Viajan.
Viajan.
Viajan hacia el corazón de la ciudad,
como si no fuera posible morir de aburrimiento también aquí en mi barrio.
Mi barrio es muy pequeño,
pero hay en él todos los nacimientos y todas las muertes,
y todo lo que hay entre el nacimiento y la muerte
que hay en las ciudades del mundo
incluso niños pequeños que hacen girar maravillosamente un plato volador
y tres cines.
Si no me hubiera bastado con el aburrimiento que tengo en mi casa
habría ido a uno de ellos.
Mi casa tiene cinco pisos
aquella que saltó de la ventana de enfrente
tuvo bastante con tres solamente.5pisos

Ciencia en Ciudad: Heisenberg y otras cuestiones

Cuando (a)cometí la escritura de Muerde ese fruto hubo una cosa que quise tener presente: el impacto de la ciencia en la vida cotidiana. Por lo general el impacto de la ciencia suele verse a través de la tecnología, que es como ver el impacto de la lengua solo en los carteles publicitarios o dicho de otro modo, de considerarla mediante una, solo una, forma mediada de la ciencia. A mi lo que me apremiaba era transmitir el impacto de la ciencia, de la física en modo inminente per no solo, en el último siglo. Hubiera podido escoger las muchas implicaciones filosóficas de la física, especialmente de la física cuantística, pero mi intención era revelar la parte visible de la ciencia, ponerla la centro de la descripción del mundo en su belleza y en sus procesos, con frecuencia invisibles. Así, como irónica citación, podríamos leer las discusiones en el bar Córcholis sobre los estados de la materia o la destrucción del mundo. Pero también las descripción de la luz, de los ciclos y aún otras.

Teniendo presente esta consideración, y sin querer decir con ello que haya alcanzado el objetivo o no en modo pleno, he usado al ciencia para describir la realidad más evidente, en la forma aséptica y precisa, pero también para crear imágenes que, está claro, pervertían estas características. Como dice mi editor he intentado que se den al mano el castellano antiguo y posmoderno con la física. He usado el léxico de la ciencia en las formas en que el léxico se usa vulgarmente, poniendo así de relieve la constante presencia, la posibilidad real de ver el mundo con una perspectiva científica, aunque no exclusiva. A la vez he querido mostrar formas no tecnológicas, o usos no tecnologizantes de la ciencia. En ese contexto puede leerse el uso de isótopos como atracción en el Maire Curie, que acaban por ser el objeto de perdición del pobre Hyacinthe Gloss; ignoro si Marie Curie ha dado nombre a un local nocturno, pero me parecía un homenaje singular aunar algunos de los aspectos salientes de la novela en un solo lugar y con un solo nombre, en ese caso ninguno mejor que el de la química y física polaca de nacimiento y francesa de adopción.

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Werner Heisenberg en 1926

Si bien he declarado que he evitado introducir las discusiones filosóficas, al menos las formas más explícitas, que la ciencia ha generado, no me he sustraido a usarla para trazar analogías. El caso más claro, y parecer ser el más oscuro para los lectores, está en las páginas 89 a 92. Cuando Andrés se encuentra en una situación en que no consigue determinar su posición, el cambio que está viviendo aparece en la narración un imaginado triunfo, la concesión del Nobel, de Werner Heisenberg, padre del principio de indeterminación.

No deseo pasar por alto que las relaciones entre los individuos tal y como las describo en la novela pueden leerse también como una analogía con la química: enlaces débiles, enlaces, fuertes, enlaces múltiples y la cantidad de energía que precisa para que se produzcan y mantengan. La mente tributa un viaje hasta otro punto de la literatura alemana, aunque no es el único csao, testimoniando así un matrimonio posible entre literatura y ciencia, realidad y analogía. Desde luego no es necesario recurrir a la química para ello, o no solo puede recurrirse a la química como clave de lectura, pero pone de relieve la posible interconexión al posibilidad e leer todo, no solo Muerde ese fruto, de otras formas, desde otras perspectivas.

Se comprueba pues que no soy el primero ni el único en intentar esta vía y que si algún mérito debe adscribirseme será en función de la originalidad del modo, en la aplicación de un método, si es que alguna de estas dos cosas existen en mi libro.

Se dirá, y quizá con razón, que este uso, este léxico, no hacen de Muerde ese fruto una lectura fácil, que supone al menos un reboce en la ciencia. Puede ser. Creo sin embargo que no hacen de mi novela algo más difícil de leer, ni impiden darse una imagen de la acción, ni estorban a la comprensión de la novela. Por otro lado nunca dije que fuese una novela fácil, lo que si digo es que, a mi parcial juicio, es una novela que admite por la presencia de estas características más lecturas, más posibilidades. Si no he sabido hacerlo mejor me propongo mejorar en el futuro.

Sin tiempo: Ciudad, en un limbo temporal

Si la falta de una referencia geográfica clara es muy evidente en Muerde ese fruto, creo la falta de una referencia temporal tiene el efecto de dar una imprevista libertad situacional e interpretativa al lector.
Me explico.

132h

imagen gratisography.com

Muerde ese fruto se desarrolla en el arco de una semana y esta es la única referencia temporal, más allá de los ciclos de sol y luna, que puede encontrarse en el libro. Mi intención era que igual que no hay un marco geográfico preciso en el que colocar Ciudad, con la consiguiente libertad de crearla al propio gusto y en las latitudes preferidas o imaginadas, la falta de un tiempo, una época precisa dejase libertad para colocar la historia donde quisiese el lector o lectora. Habría que colocar un inciso: la ausencia de modernas tecnologías de telecomunicación, traza, eso sí, un límite pero un límite de máxima que luego queda algo en entredicho con la presencia de otros fenómenos más o menos tecnológicos o científicos. En otras palabras el tiempo anda algo dislocado. Y es que en definitiva lo que no deseaba en absoluto era dar una referencia de ningún tipo que fuese fácilmente identificable, dejando en un limbo de un tiempo posible pero indeterminable toda la acción. El porqué lo dejo en palabras de los lectores: si para Andrés Barroso todo tiene un aire ochentero, para otra lectora que bien conozco ese aire es anterior en una década (entre lo comentarios de mi página Facebook encontrareis su opinión completa). La estrategia ha dado resultado. Cada lector sitúa la acción en un marco temporal plausible para si mismo, funcional a sus vivencias, correcto en la narración de la obra más allá de los detalles; lo importante es la historia en si, los elementos que fundamentan su desarrollo y quiebran líneas o las hacen surgir. Es quizá esto último que me anima a considerar que Muerde ese fruto no es en modo alguno un libro banal, pero a todos los padres les gustan los propios hijos.
En cualquier caso me convenzo, con estos ejemplos y otros que he ido dejando a lo largo de las entradas precedentes, que la elección de aislar Ciudad es precisamente lo que da realismo y peso a la narración y su contenido y no puedo que inmodestamente felicitarme por ello.

Los secretos de Ciudad

Si hay algo que al parecer intriga a los lectores de Muerde ese fruto es el lugar en que se desarrolla la acción: Ciudad.

Ya se ha dicho que Ciudad no existe: por ejemplo aquí. Y es verdad. Ciudad se sitúa en esa tradición de territorios imaginarios o imaginados que inició la historiografía griega, que continuó en los libros de caballerías (¿repasamos los lugares del Amadís de Gaula, por ejemplo?) y que siguió coleando en el Macondo de García Márquez. No es que yo quiera ponerme a la altura de los citados, es que me pongo en cola.

edificioTodo esto pone sobre la mesa al menos 2 preguntas. A saber. ¿Por qué elegir una ciudad inexistente como marco de la acción? ¿Por qué elegir el espacio urbano como escenario?

¿Por qué elegir el espacio urbano como escenario?

Empecemos por la última. Es ya tradición literaria que la ciudad sea el marco de referencia de la acción, porque ya no somos un civilización agraria, sino urbana: más de la mitad de los habitantes del planeta vive en ciudades. Es en la ciudad donde reconocemos las relaciones humanas, de poder, con el poder, con lo mejor y con lo peros de nosotros mismos y de nuestra sociedad. La ciudad es el espacio de la modernidad e incluso de la posmodernidad.

Otro factor esencial es el de la fragmentación de la experiencia humana, del conocimiento, de las relaciones. Si, como dije en otra entrada, Andrés se enfrenta a pedazos de vida, fragmentos de realidad que son diferentes según el narrador, es porque Ciudad es el espacio urbano real: un espacio roto, fragmentado, donde es imposible saber todo lo que ocurre, ver todo lo que pasa, estar al tanto de cada cosa; todo es tanto en una ciudad que lo que está al alcance es solo un fragmento, con frecuencia desligado de otros, al menos en apariencia, o cuyos vínculos se rompen y reconstruyen quien sabe en que modo. Un lugar imprevisible bajo cierto punto de vista y a la vez un espacio donde cuesta que lo imprevisto sorprenda.

Por otro lado, ninguna ciudad es solo una. Cualquier ciudad tiene varios centros, según sean sus habitantes, su forma, su historia: el centro de los turistas, el centro de los barrios populares, el centro de las zonas bienestantes, el centro económico, el centro comercial. Ninguno coincide totalmente con los otros, acaso se solapan, todos coexisten a la vez. ¿Es necesario insistir más en que vivimos en un espacio complejo, multiforme, de múltiples niveles?

No es menos determinante que muchos lectores sean urbanitas y que quien escriba haya, al final, vivido en ciudades. Si la experiencia de Andrés solo podía vivirse en una ciudad, la experiencia del autor es urbana: marco ficcional y marco real coinciden por partida doble.

En conclusión, Muerde ese fruto solo es posible hoy y mañana (no un mañana muy lejano, porque quien sabe qué pasará), en una vida urbana, cuanto más urbana mejor, lo cual no quiere decir que Ciudad sea necesariamente grande.

¿Por qué elegir una ciudad inexistente como marco de la acción?

Sencillo. Si era necesario que la ciudad fuese el espacio de la acción de la novela, no era imprescindible que todo ocurriese en una ciudad existente. La posibilidad de crear una espacio creíble y real, pero inexistente, me dejaba las manos libres para modelar este espacio no solo según mi propio gusto, sino también según las necesidades de la novela. Recrear en un espacio inventado las dinámicas de una ciudad me permitía colocar en ella todas las experiencias urbanas, propias y ajenas, capaces de dibujar un entorno único, creíble, con características fuertes y autónomas. En efecto, Ciudad es todas las ciudades en una sola.

Una ventaja accesoria de haber inventado Ciudad es que me permite una constante exploración, una acumulación de nuevos escenarios según sea el nivel en que se mueve el personaje. Ciudad nunca está del todo definida porque no lo necesita. Debe crecer. Debe cambiar, debe poder ofrecer un espacio nuevo a cada necesidad de la narración presente o futura y al tiempo debe ofrece niveles y espacios suficientes para que cada estrato conviva con los demás y sea autónomo. Debe poder darme libertad de cambiarla, añadirle detalles, de cambiarle enfoque. En definitiva, Ciudad debe crecer y adquirir sus características distintivas y siempre universales. Ciudad no necesita un mapa. Ciudad es un desafío narrativo.

Una ciudad existente limitaría todo esto con la confrontación de la realidad. Ciudad es inexistente, pero es un espacio real y auténtico. Si Ciudad fuese una ciudad existente, por otro lado, debería no solo echar cuentas con el espacio físico real en que se mueve el personaje, sino también con la concreta realidad y con sus habitantes. Yo no quiero que nadie pueda identificar este espacio, quiero que todos se identifiquen es este espacio. Limitar o eliminar la localización es necesario entonces. Necesario además para que nadie se sienta herido: “mi ciudad no es así”, “esto no pasa en mi ciudad”, “se está exagerando con lo malo de esta ciudad pero no se dice nada de lo bueno”, “es que los de ahí son así, como dice la novela”. Nada de eso está entre mis objetivos. Mi objetivo es que todos los que viven en una ciudad acepten la neutral e inexistente Ciudad como una imagen posible de su ciudad, de todas las ciudades. Ciudad no existe, pero es real. Sólo así, creo, puede entenderse del todo la novela, dejando a parte todo chovinismo.

A quien haya visto una ciudad concreta en Ciudad he de decirle “lo siento, no”. Pero también “Sí, algo hay”. La invención de una urbe sobre las cenizas de todas las urbes no solo hace posible una identificación con lo que ocurre o ha ocurrido en ellas, también hace posible que la misma parte narrativa evoque ciudades diferentes, ninguna acertada, todas correctas. Es la magia de Ciudad.