Entrevista a Maurizio Campisi: exilio, lengua y escritura

Maurizio Campisi es piemontés de la inmediaciones de Turín, emigró a Costa Rica en 1993. Ha escrito reportajes sobre América Latina para revistas y periódicos italianos y extranjeros: correspondiente para Diario y para la Juventud de Montevideo, la agencia de noticias Ansa latina, Narcomafie y Peacereporter. Suyo es el blog El Dorado. Es autor de varios ensayos y novelas.

 

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foto Centro Studi Silvio Pellico

Comparto con Maurizio Campisi diversas amistades y el vivir en una real o aparente escisión lingüística permanente. Es esta última condición, la de emigrado y la de autor en lenguas diversas o en la propia en un contexto lingüístico diverso, en cierto aislamiento formal. Las reflexiones del último periodo en este blog tienen por tanto un alter ego viviente en Maurizio, otra forma de afrontar, ver, vivir, escribir y actuar ante las cuestiones que he ido plantando más que resolviendo. La entrevista, pues, hay que leerla al socaire de las entradas precedentes, recolocando y releyéndola en esa perspectiva. Sin duda cualquier lector podrá darle nuevas orientaciones.
¿Por qué escribes en italiano?
El italiano es la lengua en la que se forman mis pensamientos. El imaginario toma forma en esta lengua y pasa directamente al folio.
¿Cual es el obstáculo para escribir en español?
El español es mi lengua familiar, el idioma de todos los días. Tiene una función práctica: sirve para resolver los problemas de la cotidianidad. Me es difícil, por tanto, transportarlo al plano del imaginario. Además, existe una cuestión de fondo: ¿qué español usar? Hablo un par de variantes y conozco al menos otras cinco que podría aplicarse a un texto. Y más, no creo en la existencia, en literatura, de un español estándar. Es una lengua riquísima, pero justo en su heterogeneidad, en mi caso, está su límite.
¿Qué relación existe entre tu obra y la literatura italiana o costarricense?
No me siento parte de nada. Cuento historias, en italiano, de países geográficamente y culturalmente lejanos de Italia. Mis escenarios recorren no solo Costa Rica, sino diferentes países latinoamericanos y se convierte en algo difícil de encerrar en una literatura específica. Sin embargo, si consideramos que la lengua es también un territorio, entonces siento más apropiado colocarme en el entorno cultural italiano.
¿Sientes ser uno escritor en exilio, piensas en el italiano como lengua de exilio?
No, absolutamente. El italiano es solo un medio.

¿Lengua como territorio y/o lengua como medio?

La lengua es un territorio amplio que va desde las reglas de la morfología y de la sintaxis hasta lo que el escritor se propone describir a través de estas reglas. Lengua entonces como medio, pero también como territorio que  permite aprender, explorar, almacenar y expresar. Es el territorio individual del escritor, su patrimonio que está a disposición de los lectores. Se aplica por supuesto también más allá del ámbito personal, pensemos por ejemplo a las lenguas indígenas que sufren de la falta de un reconocimiento oficial. La lengua se convierte en el espacio vital de estas poblaciones, en un territorio que no se puede definir con confines tangibles y que, sin embargo, las re- presenta y las empodera.

¿Como escritor en otra lengua como ves o vives la literatura?
Como una fiesta. A mí me gusta identificarme antes de nada como lector y solo sucesivamente como escritor. El resultado de cuanto escribo es consecuencia de la experiencia directa y de las lecturas absorbidas, con fortuna para mí en al menos tres lenguas originales: italiano, español e inglés. La literatura por tanto es antes de nada fruición y después deviene creación.
¿Existe una literatura mundial?
Hay temas recurrentes en todas la literaturas. Aplicando este concepto en un sentido amplio, creo poder afirmar que existe una literatura mundial que está viva y en plena expansión. Esto es así porque las problemáticas o los temas tratados en las diferentes literaturas, añadamos la globalización o la estandardización de las sociedades, están siendo comunes. Creo que se puede decir que, a veces, la única diferencia tangible entre las varias literaturas es la lengua precisamente.
¿En qué literatura, como género sitúas tu literatura?
He escrito ensayo y novela. Además, la serie del intendente Navarra, lejos de agotarse, se mueve entre lo policiaco y lo social. Me resulta difícil una clasificación.

Canon y lenguas sin territorio

Si en una ocasión precedente he tratado el tema de los confines de la literatura nacional y de la falsa identificación entre lengua y nación, una reducción interesada y poco real, un punto que dejé fuera de la discusión fue el relativo al canon literario de la lenguas sin territorio. Este caso, antipodal, se presenta como otro elemento de crisis en la definición de una literatura nacional en favor de un fenómeno transnacional.
Dos son los casos que se me ocurren para tratar este particular tema: el yiddish y el esperanto. Renuevo aquí lo expuesto precedentemente: la literatura sobrevivirá a cualquier nación y cualquier lengua porque es hija del constante mutar de los eventos y de los instrumentos en que se reproduce y transmite. Añado con los casos de hoy que la literatura no parece pues ligarse a un territorio en modo necesario mientras no puede renunciar a ser expresión de una cultura, que como tal puede articularse en mil territorios distintos pero debe nutrirse de un acerbo común, si bien recolocar el confín de la literatura en la lengua da frutos igualmente poco aptos a describir la realidad. Maquina-de-escribir-con-teclado-yiddish
La literatura en yiddish o en esperanto minan a la base la idea que pueda reducirse la multidimensionalidad y el horizonte de pertenencias.
Sea el yiddish sea el esperanto son lenguas transcontinentales. En el primer caso la extensión desde Europa a otros continentes debido a la emigración supuso también un cambio en los horizontes temáticos, en las expectativas puestas en la creación literaria o, lo que es lo mismo, en la visión del mundo cambiante. De una lengua que se ligaba a un mundo semicultual, el yiddish evolucionó, a causa del propio Zeitgeist y de la evolución interna de las comunidades de lengua yiddish, a un literatura urbana de aspiraciones universales que reivindicaba su posición en una Weltliteratur de inicios del s.XX a la vez que reivindicaba su intraducibilidad, su aportación al canon mundial per se siendo una lengua para siempre; una consideración tan ficticia como la de lengua como nación. En realidad el yiddish sufre la evolución de toda lengua y toda cultura en Europa, redefiniéndose, o mejor no redefiniéndose, en la posmodernidad avanzante cargada de su crisi categorial.
El ejemplo de Jacob Glatstein es clarificador. Glatstein quería formar parte del canon universal, a sus condiciones y literalmente en su lengua poética originaria, el yiddish. Sostenía Glatstein que todo escritor yiddish era ya automáticamente un escritor del mundo (ממילא אֵ וועלט שרייַבער), incluso si uno no tenía un público en absoluto.
Como no podía ser de otra forma dentro de la literatura en yiddish las posiciones distaban de ser homogéneas. Isaac Bashevis Singer propuso una universalización de la cultura inherente en el yiddish desplazando la lengua del yiddish al inglés. O lo que es lo mismo Bashevis Singer proponía la superación de la lengua para introducirse en el canon mundial por otras vías; noi deja de ser paradójica su posición sobre el yiddish y su pervivencia cuando al ser preguntado sobre al muerte de esta lengua respondió diciendo que no había nada de qué preocuparse, ya que las futuras generaciones iban a necesitar un tema para escribir sus doctorados.
Dos figuras que representar en modo emblemático la posición de una lengua en la crisis del Estado-nación, en la crisis de la idea lenguanaciónestado y por consiguiente del canon literario nacional. Es la reivindicación de la inserción en un canon mundial partiendo de la idea de una lenguanaciónestado expresión de una cultural de tendencias universalistas comprime todo el debate sobre la Weltliteratur.

El caso del esperanto pone sobre la mesa una visión diversa del problema. Nacido de concepciones universalistas, el esperanto es una lengua artificial aspirante a recubrir el papel del lengua universal. La naturaleza de su objetivo pues la empuja a desarrollar una literatura ya dentro de la Weltliteratur. El camino de su desarrollo esta marcado por dos aspectos divergentes: la concepción universalistas que marca su origen; la conjugación del universalismo injertado en cultural seculares crecidas en otras lenguas, fenómeno que precisa de una introtraducción que es a la vez selección y reinterpretación de temas contemporáneamente propios y ajenos. A diferencia del yiddish el esperanto no puede ser traducido son perder su sentido de ser y con una giuro paradójico su misión universal se ve limitada por el escaso suceso de la iniciativa misma. Con altibajos notables y fuertemente localizados el esperanto sigue vivo, pero lejos del canon mundial, sobre todo apartado por su restringido círculo no obstante los esfuerzos de asegurar la continuidad e su corpus a través de la digitalización. La cuestión que pone el esperanto es el fracaso de reconstituir los fundamentos de la Weltliteratur superando las lenguas nacionales. En este aspecto representa el límite último. Las razones del fracaso exceden el propósito de estas líneas y mis propias capacidades por complejidad, extensión y vis polémica. Sin embargo es inevitable, creo, concluir que el experimento de establecer un nuevo canon mundial partiendo de la nada fracasa en modo distinto, pero fracasa, respecto a la constitución de una Weltliteratur partiendo de la universalización de las lenguas nacionales o de la superación de sus confines geográficos e ideológicos.

En esta geste definitoria encuentro siempre nuevos escollos y nuevos caminos alambicados, pero sigo sosteniendo cuento concluí en la ocasión anterior, es decir que estoy convencido de que necesitamos una nueva visión compleja, multipolar, capaz de describir y comprender la complejidad que generamos porque lo cierto es que el circulo hermenéutico según el cual todo se entiende si se entienden las partes y se entienden las partes si se entiende el todo no puede ser resuelto hoy.

 

Sobre el esperanto

http://www.akademio-literatura.org
http://www.esperantic.org/eo/

Por si alguien quiere aprender yiddish

Ferrer, Joan. El Yídish. Historia y gramática de una lengua judía. Gerona: Universitat de Girona Servei de Publicacions, 2008. ISBN 978-84-8458-263-2

Opinar, (no) hay que opinar sobre todo

Al escritor en cuanto se persona (o personaje) que vive escribiendo, en cuanto (más o menos) intelectual, se le llama a opinar. Es una mala costumbre que nació allá por el s.XIX y que sigue de moda. Es este un proceso en tres partes:

  1. Un intelectual, un escritor, piensa y reflexiona sobre el mundo.
  2. La opinión de un intelectual tiene un precio y un valor.
  3. Todo el mundo opina sobre la opinión del intelectual (empezando por otros intelectuales).

Cuando los periódicos eran la base de la información y las opiniones que se vertían en ellas eran seleccionadas, era una forma de hacer pública una discusión elitaria, que estaba circunscrita a pocos aspectos de la d colectiva, nacional y con tiempos dilatados. Ahora la cuestión está en otros términos. El panorama se ha ensanchado, sea temporalmente que en el espectro de temas opinables y, cómo no, en la platea de los opinadores que alcanzan la dimensión pública.

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No me queda clara la capacidad de opinar con una buena documentación de base, con una reflexión cuidada de los aspectos que toca, Sin cosechar sospechas sobre el interés que la opinión dada refleja (el que paga manda y pretende), me parece que el contagio del opinionista es exponencial, quizá sin vacuna posible. La dimensión pública de buena parte de estas opiniones no puede, sin embargo, ocultar que tiene y no superan el mismo nivel de cuando se daban en los corrillos de los bares; lo curioso es que el grueso de la opiniones sobre la pisic de opinador audaz, tiene la misma base y fundamento que la del intelectual. Las redes sociales, la dimensión de la compartición aumenta en modo exponencial esta forma de participación casi democrática en la discusión de los problemas. Naturalmente no es algo que nadie tenga en cuenta sino como dato agregado, que señala una dirección, que con frecuencia es la misma que apuntaba la opinión primera.

En verdad digo que si te pagan por opinar, opinas: cada cual que afrontye particualrtmente su debate moral. Poco importa si las líneas que se entregas son más o menos meditadas o documentadas, originales o reiterativas. Y aquí tenemos una escisión, por fuerza, entre el precio de la opinión y su valor. Da igual, te pagan y escribes. Y sin embargo, disiento de esta fiebre del opinador, del todólogo. resulta imposible tener una opinión formada de todo. A mi me resulta imposible. En más de una ocasión estoy tentado de intervenir en los apasionados debates reticulares, solicitando un paso atrás para establecer un método. Pero me doy cuenta que no es posible. Las redes sociales, la fiebre todológica está ahí con la función de estimular nuestro ego, como válvula, como ficción participativa de los común. Sería oportuno, creo, no opinar siempre de todo, admitir nuestras propias lagunas, escuchar, preguntar y luego debatir, sin prisas porque está llegando el “próximo gran tema”.

Nos gusta más exhibirnos que pensar.

Definiendo Ciudad: (auto-)geocrítica

Vuelvo a escribir sobre Ciudad cuando ya he terminado una segunda novela (no desvelo más) cuyo marco de relaciones es justamente Ciudad; mientras espero que se publique, en el sentido de esperanza y no de espera, tengo para mi el título. Retomo la cuestión Ciudad porque a medida que crece su presencia y se desarrolla como espacio, siento que es necesario definir mejor que es Ciudad (abundando y perfeccionando lo dicho en una entrada anterior, esta).

Ciudad es el espacio urbano real”

Será mejor decir que es una duplicación del mundo, una representación de lo real y por tanto una imagen de lo real: una ficción. Como el cuadro René Magritte, ficcionaliza el espacio urbano y así haciendo modifica el espacio mismo y la temporalidad; esto último será especialmente evidente en la segunda novela.

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Modificar el espacio y el tiempo permite que Ciudad sea escenario de encuentro en tiempos diferentes entre sus personajes habitantes. Así como el espacio será redefinido, así la relación con el tiempo tendrá que cambiar. No es posible esperar un tiempo lineal, una sucesión casual de una solo tiempo, porque es irreal, porque concentrar todo la atención en una línea, al del protagonista por ejemplo, no puede hacernos olvidar que cada personaje tendrá la suya propia; la historia, la narración, el tiempo de la narración dentro del espacio Ciudad será también una representación del tiempo suma de tiempos relativos, tempúsculos de cada personaje, moléculas de tiempo en choque con otras moléculas de tiempo que son personajes.

La duplicación del mundo: es importante tener presente que esta duplicación, esta ficcionalización de lo real, es posible solo a través de las palabras. Con las palabras construyo Ciudad. Con las palabras despego Ciudad de lo real: Ciudad crece sin referente (“Ciudad como una imagen posible de su ciudad, de todas las ciudades”, decía en otra entrada), es la narración la que crea el espacio y ese espacio es un lugar de exploración, una apertura a lo diverso que inicia en espacios fabulosos. Se libera la trama como fundamento de la obra y Ciudad es una creación literaria, poética, una creación de espacio. Esta creación acerca la posmodernidad a la antigüedad, el héroe, ora el protagonista ora el lector, navega en territorio ignoto: “…haber inventado Ciudad es que me permite una constante exploración, una acumulación de nuevos escenarios según sea el nivel en que se mueve el personaje”.

Ciudad es real, a pesar de ser un producto de ficción, es el reconocimiento del hecho que no se ha liberado del todo de lo real, del referente, sino que lo agudiza lo re-territorializa en el espacio que son las palabras y la literatura. El resultado es un nuevo cosmos (llamémosle por convención, un heterocosmos), un espacio híbrido en el cual real y ficción se interpenetran y el cual lo real copia a la ficción. Un efecto paradójico es que la identificación de real y ficción se vuelve problemática, aunque conviene recordar lo real absorbe siempre la ficción; así lo real incorpora un espacio fabuloso como California, que se vuelve real: el mundo ficcional es un satélite de la realidad. Ciudad es real siendo ficción, construida con palabras es real porque se establece en el umbral entre real y ficción, un umbral traspasable y bidireccional. Esto hace de Ciudad una espacio creíble, real y a la ves imposible y fabuloso o como ya decía “Ciudad es inexistente, pero es un espacio real y auténtico.”

Esta naturaleza de Ciudad como espacio liminal, posible a través de la literatura, auténtico interfaz de conexión entre lo real y la ficción, es un proceso interactivo. Un heterocosmos incorpora conceptos y personajes de lo real en la ficción no como reflejo. Se trata de incorporaciones ontológicamente diversas gracias a la homogeneidad de la ficción: un hetercosmos como Ciudad es un lugar literario, virtual, que establece una relación modulable con lo real: la narración es la que da la carta de naturaleza, su coherencia, su diversidad.

¿Distopía?

Ya he declarado que para mi Ciudad (y entonces también Muerde ese fruto) no es un distopía. Ciudad es una utopía, un no-lugar, sin referente real, que deja en manos del lector la tarea de conectar la representación utópica (imaginaria, el espacio que es Ciudad), con la representación homotópica/heterópica (lo real, en la triple definición de Westphal), todo en un cuadro que para él tenga sentido. Y es aquí donde la estratificación de Ciudad se verifica, en la lectura, en la composición que el autor (o sea, yo) ha pretendido darle. En ese sentido Ciudad no es un espacio único sino muchos espacios utópicos, un heterocosmos siempre en composición y recomponible en tiempos diferentes; muy importante, creo, este aspecto en la segunda novela, pero también en una comprensión de Ciudad que no la reduzca simplemente a fantasía, que la dote de sentido.

Ciudad no es finita, ni puedo terminarla.

¿Cuánto vale el trabajo de un escritor? 0,5€ cada 100 palabras

uncial-calligraphy-alphabet-lCuando cultura está en la boca de todos y muchos aspiran a vivir de escribir, a ser autores y escritores, ¿cuánto se valora esa capacidad, cuánto vale saber escribir, ser escritor? Pareciera que el valor es inestimable.

Esa es una pregunta que cualquiera que pretenda en serio vivir de escribir sabrá responder directamente. Poco.

¿Cuánto poco?

Aquí van dos muestras, dos ofertas de trabajo para escritores cualificados:

primera

Se requiere de escritor/ sobre el temas que mas especializad@ este aportando dedicacion, trabajos anteriores, años, libros, estudios.. sobre un tema. Que sea capaz de enganchar al lector a seguir leyendo con una forma de expresarse de enseñar que enganche que atraiga a seguir leyendo sin relleno y original se usaran varios programas para comprobarlo

El formato debe ser word, la tipografia times new roman, en tamaño 12 y espaciado simple. De 100 (minimo) a 150 paginas

segunda

Busco redactor para un sitio web. Me interesa especialmente formar una relación laboral de disponibilidad.

Los textos tendrán una cantidad de palabras variable; algunos de 400, otros de 800, etc. No es necesario incluir imágenes. La entrega puede ser en formato MS Word o Notepad.

Progongo 0.50 USD por cada 100 palabras. Necesitaría 52 artículos en total.

Ser escritor profesional, ganarse la vida escribiendo, parece ser más una imagen, un constructo ideal, que una realidad. La valoración efectiva de una capacidad que se considera alta tiene un contravalor económico cercano al 0. Y es que todo el mundo sabe escribir, entendiendo con escribir la transposición mecánica de signos sobre una superficie. El valor de un bien tan distribuido no debe de ser alto, se piensa. La distancia entre lo real, el valor, y la imagen, el valor simbólico, es enorme. Los aspirantes a escritores deben recordar esto. El escritor es un bootstraper permanente. Escribir, especialmente escribir con ánimo de hacer literatura, es un compromiso serio y con frecuencia no rentable. No hay que engañarse, hoy por hoy los escritores valen 0,5 € cada 100 palabras.

Literatura nacional: los confines de la literatura

De entre los muchos debates que suscita la literatura, el que se centra en los confines, es decir, el que tiene como eje la literatura nacional, dentro de unos confines, es uno de los más estimulantes. Lo es por la complejidad de la cuestión, por las varias disciplinas implicadas y de por último de método.
Pongamos la cuestión en su modo más radical, ¿existe la literatura nacional?
Empezando por lo evidente podemos afirmar que el concepto literatura nacional se liga al concepto, reciente, de nación. Si define pues por la realización dela literatura en unos confines, lo que necesariamente implica un dentro y un fuera, una relación con lo otro que está fuera de los confines. Y si hay algo cierto es que el juego del intercambio no se reduce al campo económico sino que implica la mezcolanza, se quiera o no, de lo que Fernand Braudel definía como la gramática de la civilización. Ligar entonces nación y lengua resulta un paso lógico, definitorio; poco importa cuanto real, en el sentido de descriptivo de la realidad.
Tenemos pues una tensión en la literatura entre dentro y fuera, en una relación de alteridad que es a la vez un relación fecunda; no por casualidad la literatura se revela cuando da cuenta de su capacidad de recepción del conflicto en el mundo.
En esa relación la literatura nacional, para afirmar su existencia, debe reivindicar el carácter nacional de sus temas; en la etapa de fundación del estado, que se presenta como consecuencia de la nación preexistente aun cuando este extremo es solo una articulación del mitema nación. El intercambio con lo exterior fecundará a través los innumerables -ismos.
En otras palabras, la literatura nacional es una forma de autodefinición excluyente, una reducción as un unicum, porque reconoce, para ser tal, solo ciertos temas, ciertas lenguas que articulan en cierto modo las aportaciones de su relación con el otro.
Este punto de vista pone sobre la mesa al menos 4 problemas. A saber: la existencia de una literatura precedente a las naciones modernas que recogía e integraba las aportaciones de las corrientes internacionales adaptándolas a públicos diversos aunque mantuviesen la misma caracterización de fondo: ¿Weltliteratur o literatura mundial como realidad, como superestructura y literatura nacional como expresión concreta, como estructura?; la existencia de naciones plurilingües; la estratificación de las literaturas (oral vs escrita, por ejemplo); la exclusión de los temas y las voces que no adhieren al “espíritu nacional”, es decir a la visión d el élite constructora del estado mediante el mitema de nación. Podríamos decir que la literatura, no pudiendo evitar el intercambio con el exterior, del cual depende su misma definición como opuesto al otro, limita o elimina el intercambio interno, olvidando o eliminando todas sus periferias internas (lenguas, niveles, desarrollos, temas), que son en vez parte constitutiva de su articulación; una memoria damnata; ¿el concepto de literatura nacional está en crisis por inexistente o como resultado de la crisis del concepto de nación? En ese caso respiremos tranquilos, la literatura sobrevivirá a cualquier nación y cualquier lengua porque es hija del constante mutar de los eventos y de los instrumentos en que se reproduce y transmite.
Se evidencia que la tensión externa o interna se resuelve siempre en un esquema binario que fuerza la exclusión de varios elementos. Dicho de otro modo, se reduce la complejidad, la multidimensionalidad, la integración, el dinamismo, se ignora la posibilidad de un horizonte de pertenencias y no de diferencias. Weltliteratur o literatura nacional terminan por crear espacios más o menos reductivos, especialmente si la literatura mundial es hija de una superioridad cultural; Said o Spivak negarían incluso que, en ese caso, tal literatura exista realmente.
Todo lo dicho describe macrosistemas, pero ignora las excepciones, cada vez más numerosas, que la realidad de los escritores, y lectores, manifiestan en sus elecciones. Si la posibilidad que un tema esté recogido en las diferentes lenguas de una nación, su cristalización de un Estado es una posibilidad, queda con frecuencia al margen o incluso que diferentes temas se realicen en distintas lenguas no sea una posibilidad contemplada en el marco de la definición de literatura nacional, podemos imaginar cuanto queda fuera de cualquier esquema que un autor escriba en una lengua diversa de la propia o incluso en varias, cambiando sus propios ejes en virtud de la expresión que escoja. Los confines de la literatura se pulverizan ante estos casos. ¿A qué literatura van adscritos estos hombres y mujeres?
Si se colocan dentro de la literatura nacional corren el riesgo de quedar relegados a puntos excéntricos, fuera de la literatura nacional misma. Si se colocan en la Weltliteratur corremos el riesgo de perder una cosmovisión más compleja que la simple realización concreta de lo universal, citando a Michael LeBris en una suerte de versión de la máxima susloviana: acaso no podemos tratar “lo local” en un lengua distinta, acaso se trata de una situación sin vuelta atrás, por ejemplo. Colocar la literatura en los confines de la geografía no da resultados, recolocar el confín en la lengua da frutos igualmente poco aptos a describir la realidad.
La complejidad de la literatura como creación humana, compleja por natura, nos desorienta al querer situarla en horizontes artificiales, confinantes y confinados. Mientras nos movamos en categorías binarias, creo, no podremos dar con una satisfactoria colocación a cuestiones complejas como la literatura, porque esta manifiesta cortes temporales, temáticos, verticales y horizontales, multipertenencias, experiencias diacrónicas, evoluciones, relecturas. En definitiva describe una realidad múltiple en múltiples niveles. Estoy convencido de que necesitamos una nueva visión compleja, multipolar, capaz de describir y comprender la complejidad que generamos porque lo cierto es que el circulo hermenéutico según el cual todo se entiende si se entienden las partes y se entienden las partes si se entiende el todo, no puede ser resuelto hoy.

Lenguas e identidades

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Una patria, un dios un rey. O una nación, una constitución y una lengua. En todos casos una forma modernizada de trinidad.

Desde las revoluciones liberales de los siglos XVIII y XIX, bien alimentadas por ideales románticos el papel de la lengua en la definición de la “identidad nacional” no ha cesado de ejercer su influencia. La unión entre identidad cultural y lengua ya quedó forjada en la visión de Fichte en sus “Discursos a la nación alemana”. El hecho que la “identidad nacional” quede supeditada a las estructuras que la política sea capaz de generar, no ha impedido que la idea de cultura nacional vehiculada por una lengua siga su rumbo ni que la lengua haya jugado un papel a veces sucio en la generación de estas identidades construidas socialmente o quizá podríamos decir simplemente identidades ficticias.

A través de la lengua se unen idealmente el carácter nacional y el espiritual de una nación. Este este factor el que otorga a la lengua un papel de relieve en las experiencias de realización nacional, o dicho de otro modo en la creación de una identidad nacional dentro de unas fronteras definidas (que no quiere decir consensuadas): son el agente del renacimiento de los valores nacionales, los que sean, de la reunificación, de la reconciliación con antiguas tradiciones, del mito de unificación del pueblo: de Eric Hobsbawm a Edward Said pasando por Benedict Anderson el mito de la (re)construcción nacional se apela a símbolos cuanto a la lengua como elemento distintivo y/o exclusivo. Los mecanismos por los cuales de impone una lengua sobre otras o en cambio de otras son parecidos en muchos casos. Escojamos el punto de vista que escojamos sobre cómo el lenguaje codifica y modifica la realidad, lo cierto es que el resultado del proceso de unificación entorno a una única lengua tiene sus aspectos perversos en ocasiones,, simplemente negativos en otros, para aquellas comunidades en las que el proceso está en acto.

Tres casos dispares.

Las unificación italiana, un fenómeno tardío, tuvo como consecuencia la necesidad de inventar una nación: como dijo Massimo d’Azeglio, ahora que hemos hecho Italia, tenemos que hacer a los italianos. El uso de una lengua sola, el italiano, destinada a suplantar a la miríada de lenguas locales o regionales, los dialetti, para todo el nuevo territorio nacional fue el instrumento de una recomposición ideal. Desde luego, la fragmentación y la debilidad estructural del Estado hicieron de esta tarea un propósito titánico. Solo la radio y la televisión han podido de hecho unificar con un solo lengua una realidad múltiple: según el lingüista Tullio De Mauro en 1861 solo el 2,5%de la población italiana sabía hablarlo, mientras para su colega Arrigo Castellani el porcentaje era el 10%. La supervivencia de los dialetti no ha sido la misma en todos sitios. Aquí cedió antes bajo formas de industrialización y aburguesamiento: sobre todo en el norte pero también en los núcleos urbanos sicilianos fue fácil advertir una división entre campo y ciudad en el uso de la lengua y entre clases sociales de consecuencia. Allá fue más despacio. En cualquier caso han sobrevivido estratificándose, al menos hasta la llegada de globalización. Tímidos intentos institucionales para apoyar algunos de ellos, como el piemontés, no impiden que el curso normal de los acontecimientos, aunque estén por venir, dé pocas esperanzas de sobrevivir al nuevo siglo. El italiano, una lengua en buena medida reciente refleja, como otros casos, el carácter político de la lengua en los procesos de creación de una identidad.

Para nada ajena a esta realidad es el caso de Israel. La lengua y su renacimiento han sido a la vez símbolo e instrumento de la construcción de una identidad nacional que siguiendo el filón romántico de alemán se afirmaba en las páginas de Herzl. La disputa sobre el carácter del hebreo, lengua sagrado o vulgar, dejó en suspenso la evolución de la lengua más allá de los cenáculos más convencidos de la necesidad de reacuñar el hebreo en los tiempo modernos. El resultado final está a la vista de todos. Los importantes esfuerzos de realefatización de la sociedad israelí han dado vida a los ulpan, a las escuelas nocturnas, a una constante campaña que reafirmaba el renacer de la lengua con el renacer de una nación; dejemos aquí a parte la controversia sobre la licitud del actual Israel o sobre, el debate aquí se centra en el proceso que hace de una lengua un perno de la identidad nacional y sus consecuencia, es decir un debate interno, no externo. La realifatización, el haber hecho del hebreo de nuevo una lengua plena, moderna, viva se reivindica como orgullo, pero tiene también una faceta oscura. O dos. La primera tiene un cariz interno. El hebreo reacuñado, redivivo, tenía una fuerte influencia europea gracias a la procedencia askenazita de buena parte de la clase dirigente. Las formas más genuinamente semíticas de la sintaxis, por ejemplo, de los judíos sefarditas con frecuencia no se recogían o la fonología sea desplazaba hacia sonidos propios de la galaxia judía centroeuropea (con consiguiente asimilación por parte de los no aun hebreoparlantes y de parte de los sefarditas ansiosos de subir en la escala social del nuevo Estado), o las elecciones lexicales recaían en las formas más próximas al judaísmo europeo. En otras palabras, el hebreo con sus influencias europeas imponía a una parte de sus hablantes aceptar la realefatización para integrarse. A otros tantos se le pedía simplemente que aprendiesen una lengua que ignoraban. Esta polémica interna reflejaba una rotura dentro de la nueva nación en la que la lengua pertenecía sí a todos, pero sobre todo al grupo dirigente, mientras otro grupo quedaba postergado, no sin cierta fricción étnica, a otras funciones. Una sola lengua, dos grupos distintos que aún no han firmado un armisticio y cuyo desarrollo ha determinado una fractura también política: los partidos religiosos muy populares entre los sefarditas son asimismo un instrumento de revancha ante una clase dirigente que durante décadas ha sido reflejo de un solo grupo, el askenazita.

El costo de esta intensa campaña de normalización lingüística tiene también otra víctima.

Antes de la normalización del hebreo como lengua nacional, las familias, enteros núcleos familiares, y varias comunidades eran poliglotas. La presión normativa ejercitada desde la escuela, la dificultad de intercambios internacionales regulares después de la constitución del Estado, la universalidad del hebreo como lengua capaz de desarrollarse en cada aspecto de la vida cotidiana, determinó una progresiva desaparición de este fenómeno en favor del monolingüismo. Solo las olas migratorias han detenido momentáneamente esta situación que volverá a presentarse en breve no obstante la enseñanza del árabe en las escuelas o la obligatoriedad del conocimiento del inglés para la obtención de la licenciatura: son medidas paliativas y limitadas.

De cariz trágico es el caso del serbocroata. Una lengua para dos comunidades diferentes bajo muchos otros puntos de vista. La separación violenta de ambas comunidades, reivindicadores de sus propios símbolos identitarios, hizo de la lengua otro campo de batalla. En el esquema romántico aún en uso para la conformación de nuevas identidades nacionales, resultaba imposible prescindir de una elemento aglutinante como la lengua. La alteridad violenta, opositiva, entre serbios y croatas no podía quedar truncada por un aspecto común fuertemente connotativo en otras experiencias de afirmación nacional. La intelectualidad ligada al espectro nacionalista de serbios y croatas tendía subrayar, ya desde mediados de los ’60, las diferencias elevándolas a rango de lenguas diversas: la disputa lingüística era la tapadera de una disputa política y la lengua un símbolo más. Así una lengua común fracasó como instrumento de comunicación y prevención de la guerra o siquiera como herramienta mediación. Un lenguaje, ahora ya tres serbio, croata y bosnio como señala Bugarsky, escindido y preñado de nuevos valores simbólicos divergentes relativos a las nuevas realidades sociales. En la actual República de Croacia, aparte de los correspondientes actos simbólicos, se ha lanzado una campaña para hacer la lengua tan diferente del serbio (o serbocroata), y tan rápidamente como sea posible. Se promueve un lenguaje administrativo nuevo y artificial, con fuertes ecos en el uso público de la lengua en general, la cual se encuentra saturada de arcaísmos croatas, regionalismos y neologismos. En Serbia o Montenegro son ciertas las intervenciones externas y simbólicas que afectan al nombre oficial de la lengua y al estatus de sus pronunciaciones y alfabetos. En Bosnia, dado que el nacionalismo bosniaco está en parte influido por un fundamentalismo religioso panislámico, tal patrimonio se expresa mediante el énfasis en los rasgos arábigo-turcos en la pronunciación, ortografía y especialmente vocabulario y fraseología. La estructura gramatical y léxica básica de la lengua ha sido escasamente afectada.

En conclusión, una lengua trucada, tergiversada semánticamente, mediante estrategias pragmáticas y artificios retóricos por la cual se ha muerto y matado; cualquiera que fuese su capacidad cohesiva no fue suficiente. En palabras de Bugarsky: el ejemplo de Yugoslavia pone firmemente de relieve el potencial destructivo del nacionalismo étnico y lingüístico en formaciones estatales multiétnicas y políglotas bajo presión a causa de un conjunto de circunstancias desfavorables.

Tres casos diferentes y distintos en los cuales la lengua ha jugado un papel dentro de la evolución de diversos grupos humanos definiendo o redefiniendo sus identidades. En cualquier caso el diseño final ha tenido sus méritos y éxitos y sus indudables víctimas. Ha tenido también sus instrumentos, los medios de comunicación de masa, las instituciones de enseñanza, las instituciones políticas y también la literatura. Y en la literatura, en la enseñanza, han debido implicarse, por fuerza, filólogos y lingüistas. Sin duda este es el lado sombrío de la filología y de la lingüística. Resulta imposible declarar inocente y virginal la disciplina. Ya sea que apliquemos una visión whorfista de la lengua, sea que apliquemos una chomskyana, es fácil descubrir el enorme peso de las palabras para construir la destrucción. Cualquier filólogo o lingüista debería saberlo. Es fondo es una cuestión de elección. Sería hipócrita aislar al estudioso de su contexto social e histórico, tanto como lo sería ignorar la responsabilidad personal en la construcción de lo social a través de la lengua; la filología se mide con los textos y las lengua no menos con el hombre mismo. Toda su belleza y su dificultad, su inmediatez y su historia, su gloria y su pena están cifradas en palabras que permanecen y que son frutos del hombre, inescindibles del propósito de les da vida.

Queda por resolver, si es posible, lo que parece un límite del pensamiento y que, naturalmente se traduce en palabras y lenguas: la posibilidad de superar el pensamiento binario. Los ejemplo que he mencionado se basan en una construcción binaria: nosotros, el resto; una lengua nuestra, otras lenguas ajenas. La construcción de una realidad que no deja alternativas aunque después enarbole la bandera del respeto o la empatía. Paliativos. La incapacidad de generar identidades no excluyentes, con su reflejo en las lenguas y en los lenguajes, la incapacidad de escapar de una pensamiento binario produce las víctimas que hemos visto: comunidades políglotas, lenguas transversales e internacionales, arrinconamiento de variedades. Con toda probabilidad de ello deriva un empobrecimiento general. Queda en el aire la contribución que la filología y la lingüística pueden dar a la superación esta forma pensamiento binario para construir un pensamiento policéntrico, poliglota. Queda por determinar que contribución pueden dar la filología y la lingüística a la construcción de un pensamiento no binario a la construcción social, política, de nuestra identidad. El riesgo es encontrarnos con un lenguaje incapaz de contener el mundo.

La lectura del lector, la lectura del autor

A raíz de la última reseña a Muerde ese fruto recibida esta semana (aquí), he tenido ocasión de volver sobre un tema (dos entradas pueden ser la guía esta y esta) que considero fundamental en la dinámica de la autor/lector y no menos fundamental en la consideración del autor hacia si mismo en la escritura de su obra.

En primer lugar hay que desterrar la idea de que el autor en un ente monolítico y que por tanto su obra lo será de igual modo. Parte esencial de una obra son la contradicción, la diversidad de niveles de la escritura, la capacidad de dejarse leer a diferentes niveles por diferentes lectores o de ofrecer diferentes niveles de lectura a un solo lector. De igual modo es imposible considerar que el autor domina y conoce todos estos potenciales. Me refería a la última reseña de Muerde ese fruto, que me ha ofrecido a mi, que soy el autor, una mirada diversa sobre la obra, una perspectiva que no había considerado. La relación entre autor y lector es directa en la lectura, indirecta en su desarrollo, asincrónica, asimétrica y no necesariamente cordial (aunque no tengo motivos de animadversión con nadie por ninguna crítica). Y no obstante no es posible decir que existe un constante diálogo entre yo autor y la pluralidad de los lectores, porque no existe la obligación de ello, porque es una relación que con frecuencia se extingue en el acto mismo de lectura (crítica) y solo de tanto en tanto precisa, por los motivos que sean, de una confrontación vis a vis; no se niega la posibilidad, se relativiza, se contextualiza, se deja al albedrío del lector y a la disponibilidad del autor.

¿Por qué un autor debería rehuir este encuentro?

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Quizá una foto de Thomas Pynchon, el autor ausente

Pongo la cuestión al contrario. No veo porque obligatoriamente debería imponérsele. Es más la ausencia del autor de la vista, del conocimiento del lector le libera del peso de su autoridad, de la visión del libro, por completa que sea, de la que el autor es posesor, dando al lector la posibilidad de efectuar una lectura tan libro y crítica como quiera y/o pueda. Lo creo firmemente y estoy combatido cuando escribo y doy algunas claves de lectura de Muerde ese fruto porque me parece tanto que estoy favoreciendo la lectura cuanto que estoy favoreciendo “una” lectura. Y sin embargo creo también que es necesario en cierto modo, pues el texto nunca es por completo autoexplicativo, ofrecer posibles, probables, claves de lectura, que el lector puede seguir, en su mayor parte no lo harán por desconocimiento, por desinterés, por libertad de lectura. Lo inmutable debe ser la libertad del lector de criticar, leer e interpelar al autor, comprendiendo que este tiene idénticas libertades respecto al lector, que la desaparición del autor no es una afrenta sino una opción que aumenta el margen de interpretación del lector, que el diálogo peude ser presencia o por ausencia, que su relación, aun con la mejor voluntad, será distante, asimétrica, asíncrona, amable o menos, que se basa en el respeto y en la capacidad de interrogarse, interrogar el texto, responder y crear las razones del sí, del no, de la autoridad de la inteligencia lectora.

Reseña de Muerde ese fruto en Culturamás

Una semana esta rica de satisfacciones. Muerde ese fruto se cuela esta vez en Culturamás y de la pluma de Ricardo Martínez Llorca llega una visión personal y diversa, que arroja otra luz sobre el texto.

“Aquí es donde Muerde ese fruto, novela urbana, se desliga de las demás, pues el cadáver aparece hacia el final del relato, y no es lo que más peso tenga en la trama o, para ser más precisos, en el desarrollo de la novela. Porque Muerde ese fruto es una novela con más desarrollo que intriga.”

Claro que eso no es todo y mejor, mucho mejor, leerlo en la fuente original. http://www.culturamas.es/blog/2017/03/15/muerde-ese-fruto-de-aharon-quinconces/

 

Ficción vs realidad y viceversa

“life is always going to be stranger than fiction, because fiction has to be convincing, and life doesn’t” (Neil Gaiman, en 2010)

Un afirmación que va más allá de lo plausible en una narración, tiene que ver con la estructura de la verdad narrativa. Tiene que ver con la distancia que media entre la vida y su imitación narrativa.

uncial-calligraphy-alphabet-lY es que, opino, no hay ni ha habido nunca ningún intento de imitar a la vida. Cualquiera de nosotros sabe que cada episodio vital no está concluido sino conectado, en modo a veces imperscrutable, al resto de nuestra biografía. No es difícil ver que, si acaso cada episodio tiene un significado, este se revelará solo al final de la historia, o sea de la vida. Por lo general la conclusión no estará jamás a disposición del interesado, que para contentarse deberá dar por definitiva una conclusión parcial; en otras palabras, buscamos sentido y significado en lo parcial.

Este es el punto de partida de la literatura. También la literatura debe dar sentido y significado a lo parcial: de ahí la épica, el drama y la comedia. La literatura por tanto ha dado vida a la totalidad de lo parcial, a la explicación metonímica de la existencia dándole el significado total a un evento parcial: la moraleja, la enseñanza, el contexto edificante. Es ahí donde nace el clímax, la resolución total, el final catártico. Pienso siempre que cuando el veneto no concluye la vida del personaje lo dejamos vacío por el resto de sus días, un personaje muerto en vida.

Y es llegados a este punto donde la cuestión ve una interesante inversión. Mientras la literatura advierte que no puede aspirar de forma legitima a ser solo un instrumento total de significación y por ello acepta dar vida a “momentos” sin la pretensión de explicar nada, la realidad, a través de los lectores, va en dirección opuesta: el lector exige a la literatura que explique del mismo modo que él explica asimismo la propia vida y cada momento de su existencia. Es así que se literaturizado la vida (para otros se ha cinematografiado), buscando formas resolutivas a lo que es una proceso: la vida. En cierto modo el lector se ha apropiado de la invención de la narrativa para completar un cuadro vital y ahora pretende que ese cuadro sea respetado por la literatura, cuando esta, por contra, está intentando orientarse hacia una auténtica imitación de la vida. Ritmos asíncronos.

No es por tanto extraño que el lector recrimine a una novela, y por tanto a su autor, que no haya un momento culminante, que no se resuelva un misterio, que no haya una catarsis colectiva o personal. Me ha pasado con algún lector de Muerde ese fruto. Pero yo no creo que la literatura deba falsearse falseando la vida, dándole un significado y un sentido que no se alcanza a ver sino como, acaso, ética en un proceso, ese que es vivir. Todo lo demás no puedo verlo y no puedo escribirlo o puedo fantasearlo pero no puedo convalidarlo. Es ahí, en el desajuste entre vivencia y ética, entre presupuesto y realidad que la literatura ha colocado un nuevo clímax de la narración, si es que alcanza el clímax, porque no hay ya obligación alguna de hacerlo. Y es por eso que me parece muy bien que Andrés no alcance ninguna trascendencia. Por decirlo con las palabras de Neil Gaiman, no veo porque hacerle hacer a la literatura lo que la vida no hace.