La lectura del lector, la lectura del autor

A raíz de la última reseña a Muerde ese fruto recibida esta semana (aquí), he tenido ocasión de volver sobre un tema (dos entradas pueden ser la guía esta y esta) que considero fundamental en la dinámica de la autor/lector y no menos fundamental en la consideración del autor hacia si mismo en la escritura de su obra.

En primer lugar hay que desterrar la idea de que el autor en un ente monolítico y que por tanto su obra lo será de igual modo. Parte esencial de una obra son la contradicción, la diversidad de niveles de la escritura, la capacidad de dejarse leer a diferentes niveles por diferentes lectores o de ofrecer diferentes niveles de lectura a un solo lector. De igual modo es imposible considerar que el autor domina y conoce todos estos potenciales. Me refería a la última reseña de Muerde ese fruto, que me ha ofrecido a mi, que soy el autor, una mirada diversa sobre la obra, una perspectiva que no había considerado. La relación entre autor y lector es directa en la lectura, indirecta en su desarrollo, asincrónica, asimétrica y no necesariamente cordial (aunque no tengo motivos de animadversión con nadie por ninguna crítica). Y no obstante no es posible decir que existe un constante diálogo entre yo autor y la pluralidad de los lectores, porque no existe la obligación de ello, porque es una relación que con frecuencia se extingue en el acto mismo de lectura (crítica) y solo de tanto en tanto precisa, por los motivos que sean, de una confrontación vis a vis; no se niega la posibilidad, se relativiza, se contextualiza, se deja al albedrío del lector y a la disponibilidad del autor.

¿Por qué un autor debería rehuir este encuentro?

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Quizá una foto de Thomas Pynchon, el autor ausente

Pongo la cuestión al contrario. No veo porque obligatoriamente debería imponérsele. Es más la ausencia del autor de la vista, del conocimiento del lector le libera del peso de su autoridad, de la visión del libro, por completa que sea, de la que el autor es posesor, dando al lector la posibilidad de efectuar una lectura tan libro y crítica como quiera y/o pueda. Lo creo firmemente y estoy combatido cuando escribo y doy algunas claves de lectura de Muerde ese fruto porque me parece tanto que estoy favoreciendo la lectura cuanto que estoy favoreciendo “una” lectura. Y sin embargo creo también que es necesario en cierto modo, pues el texto nunca es por completo autoexplicativo, ofrecer posibles, probables, claves de lectura, que el lector puede seguir, en su mayor parte no lo harán por desconocimiento, por desinterés, por libertad de lectura. Lo inmutable debe ser la libertad del lector de criticar, leer e interpelar al autor, comprendiendo que este tiene idénticas libertades respecto al lector, que la desaparición del autor no es una afrenta sino una opción que aumenta el margen de interpretación del lector, que el diálogo peude ser presencia o por ausencia, que su relación, aun con la mejor voluntad, será distante, asimétrica, asíncrona, amable o menos, que se basa en el respeto y en la capacidad de interrogarse, interrogar el texto, responder y crear las razones del sí, del no, de la autoridad de la inteligencia lectora.

Reseña de Muerde ese fruto en Culturamás

Una semana esta rica de satisfacciones. Muerde ese fruto se cuela esta vez en Culturamás y de la pluma de Ricardo Martínez Llorca llega una visión personal y diversa, que arroja otra luz sobre el texto.

“Aquí es donde Muerde ese fruto, novela urbana, se desliga de las demás, pues el cadáver aparece hacia el final del relato, y no es lo que más peso tenga en la trama o, para ser más precisos, en el desarrollo de la novela. Porque Muerde ese fruto es una novela con más desarrollo que intriga.”

Claro que eso no es todo y mejor, mucho mejor, leerlo en la fuente original. http://www.culturamas.es/blog/2017/03/15/muerde-ese-fruto-de-aharon-quinconces/

 

Ficción vs realidad y viceversa

“life is always going to be stranger than fiction, because fiction has to be convincing, and life doesn’t” (Neil Gaiman, en 2010)

Un afirmación que va más allá de lo plausible en una narración, tiene que ver con la estructura de la verdad narrativa. Tiene que ver con la distancia que media entre la vida y su imitación narrativa.

uncial-calligraphy-alphabet-lY es que, opino, no hay ni ha habido nunca ningún intento de imitar a la vida. Cualquiera de nosotros sabe que cada episodio vital no está concluido sino conectado, en modo a veces imperscrutable, al resto de nuestra biografía. No es difícil ver que, si acaso cada episodio tiene un significado, este se revelará solo al final de la historia, o sea de la vida. Por lo general la conclusión no estará jamás a disposición del interesado, que para contentarse deberá dar por definitiva una conclusión parcial; en otras palabras, buscamos sentido y significado en lo parcial.

Este es el punto de partida de la literatura. También la literatura debe dar sentido y significado a lo parcial: de ahí la épica, el drama y la comedia. La literatura por tanto ha dado vida a la totalidad de lo parcial, a la explicación metonímica de la existencia dándole el significado total a un evento parcial: la moraleja, la enseñanza, el contexto edificante. Es ahí donde nace el clímax, la resolución total, el final catártico. Pienso siempre que cuando el veneto no concluye la vida del personaje lo dejamos vacío por el resto de sus días, un personaje muerto en vida.

Y es llegados a este punto donde la cuestión ve una interesante inversión. Mientras la literatura advierte que no puede aspirar de forma legitima a ser solo un instrumento total de significación y por ello acepta dar vida a “momentos” sin la pretensión de explicar nada, la realidad, a través de los lectores, va en dirección opuesta: el lector exige a la literatura que explique del mismo modo que él explica asimismo la propia vida y cada momento de su existencia. Es así que se literaturizado la vida (para otros se ha cinematografiado), buscando formas resolutivas a lo que es una proceso: la vida. En cierto modo el lector se ha apropiado de la invención de la narrativa para completar un cuadro vital y ahora pretende que ese cuadro sea respetado por la literatura, cuando esta, por contra, está intentando orientarse hacia una auténtica imitación de la vida. Ritmos asíncronos.

No es por tanto extraño que el lector recrimine a una novela, y por tanto a su autor, que no haya un momento culminante, que no se resuelva un misterio, que no haya una catarsis colectiva o personal. Me ha pasado con algún lector de Muerde ese fruto. Pero yo no creo que la literatura deba falsearse falseando la vida, dándole un significado y un sentido que no se alcanza a ver sino como, acaso, ética en un proceso, ese que es vivir. Todo lo demás no puedo verlo y no puedo escribirlo o puedo fantasearlo pero no puedo convalidarlo. Es ahí, en el desajuste entre vivencia y ética, entre presupuesto y realidad que la literatura ha colocado un nuevo clímax de la narración, si es que alcanza el clímax, porque no hay ya obligación alguna de hacerlo. Y es por eso que me parece muy bien que Andrés no alcance ninguna trascendencia. Por decirlo con las palabras de Neil Gaiman, no veo porque hacerle hacer a la literatura lo que la vida no hace.

El peregrinaje de Andrés

Todo héroe e incluso buena parte de los antihéroes, estoy pensando en todos los héroes de Chester Himes arriba y abajo de Harlem, tienen su propio peregrinaje, su propio ciclo de viajes, vueltas, periplos más o menos largos en distancia y tiempo. El peregrinaje es esencial para el héroe o para el antihéroe.
El héroe tiene en ese periplo azaroso que será su peregrinaje un momento de crecimiento interior o en otros casos es el momento en que toma consciencia de la posición que ocupa, del deber que honra. El destino es la parte conclusiva, el epígono, del viaje: el peregrinaje sirva para activar el destino y para que el héroe lo acepte como parte de si mismo, como cumplimiento personal de su propia existencia y razón de ser y actuar.

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sandalías de esparto (fuente Wikipedia)

Para el antihéroe el peregrinaje es todo lo contrario. todo viaje sirve únicamente para subrayar las posiciones iniciales de escepticismo y crítica que sostenía el antihéroe al inicio de su periplo; nótese que esto, por lo general, no le hace más feliz ni mejor. No se trata pues de que el destino se cumpla sino de que todo dé fe que el destino se ha cumplido ya, que ya se ha dicho la última palabra, bien clara desde el inicio.Queda claro sin embargo que ni unos ni otros pueden evitar moverse para cumplir el relato que les ve protagonistas.
¿Y Andrés?
Para mi es indudable que Muerde ese fruto tiene su propio peregrinaje urbano y que su protagonista es Andrés. Como todo peregrinaje urbano este no es lineal. al contrario, tiene la forma de una espiral. Se desarrolla desde el centro hacia la periferia, en el sentido físico, geográfico, planimétrico de Ciudad (por inventada e inexistente que sea tien su propia configuración): de Otero al Hospital de Mar. Este periplo lleva a Andrés hacia el exterior, a la salida del relato. O sea a su final. En efecto Andrés crece durante el relato, pero no se convierte en héroe por ello porque a pesar de ser quien nos ha llevado y guiado durante la novela, a pesar de ser el protagonista de sus propias acciones, el perno auténtico de Muerde ese fruto está anclado en Virginia y su vida. Al llegar a la resolución de la novela Andrés no ha definido su destino ni ha confirmado la línea de partida, está todavía en medio del guado. Nuestro héroe sufre de peregrinaje interruptus, si algo así pudiera decirse, porque nada en esta novela está concluido, en ningún caso y para nadie; Muerde ese fruto no aspira a dar la conclusión sino a mostrar el viaje, su sentido y sus razones.

¿Cual es tu opinión?

El uso de un texto como cita: Mi casa tiene cinco pisos.

Si en una de las entradas anteriores hablé de las citas y de las menciones dentro de Muerde ese fruto, hoy dejo un texto que estoy seguro que los lectores reconocerán sin problemas y ubicarán sin problemas en la novela.
Lo dejo aquí entero, por supuesto mencionando el autor y con una imagen del texto original.
Espero que sea del agrado de todos los lectores este pequeño descubrimiento; si Schlonsky era un desconocido, ahora queda más claro el sentido de su uso en la novela.

Mi casa tiene cinco pisos   (Abraham Schlonsky, 1960)

Mi casa tiene cinco pisos
y todas las ventanas bostezan hacía las que están enfrente
como las casas de los que están parados enfrente de un espejo
70 líneas de autobuses hay en mi ciudad
y todas hasta el ahogo y el excedente de los cuerpos.
Viajan.
Viajan.
Viajan hacia el corazón de la ciudad,
como si no fuera posible morir de aburrimiento también aquí en mi barrio.
Mi barrio es muy pequeño,
pero hay en él todos los nacimientos y todas las muertes,
y todo lo que hay entre el nacimiento y la muerte
que hay en las ciudades del mundo
incluso niños pequeños que hacen girar maravillosamente un plato volador
y tres cines.
Si no me hubiera bastado con el aburrimiento que tengo en mi casa
habría ido a uno de ellos.
Mi casa tiene cinco pisos
aquella que saltó de la ventana de enfrente
tuvo bastante con tres solamente.5pisos

Contra lectura o por qué tenemos pocos lectores

Antes de empezar. Todo los que se lea a continuación es exclusivamente mi opinión personal, mejor o peor fundamentada.

En España se lee menos de lo que se desearía. Quizá sería bueno, y mejor, decir que la cuestión se enfoca por lo general en que se compra para leer menos de lo que se desearía. ¿En realidad se lee poco? ¿Se lee mal? Existen factores para creer que sí, como existen factores que dan una visión más positiva. Leer ya no es lo que era. Mejor dicho, leer ya no tiene el valor que tenía.

Entre los factores que señalan la caída de la lectura se señalan los propios de un sector económico que hiperproduce: a comparación entre volumen de lectura disponible y tiempo disponible para la lectura. Desde los años ’50 nuestro tiempo a disposición para la lectura ha quedado substancialmente invariado. Un efecto de esta sobreabundancia es que se prefieren los las formas más rápidas, que no siempre las más breves que nos dé la información principal y relevante del contenido: tenderemos a elegir las formas más visuales y menos costosas desde el punto de vista utilitarista. Es decir, es tal el alud de lecturas propuestas en proporción al tiempo disponible que la lectura pasa al último lugar de las preferencias pues no somos capaces de determinar cuales serán las que no satisfagan a la vez que se constata que es imposible consumirlas (terminarlas) todas o la lectura es acrítica.

Sobre este particular y sobre la tendencia a competir con los videojuegos me he expresado ya en mi otro blog (mientras esté abierto), así no tedio más.

La sostenibilidad de una iniciativa editorial (o también en este marco de reflexión, de una iniciativa cultural basada en la lectura) en un mundo saturado de contenidos no puede pasar por competir con otros contenidos de más rápida adquisición; quizá habría que considerar si esa competición que el sector parece empeñado en suscribir no ha conllevado la suscripción de una rotación de títulos imposible de sostener y si no es una de las razones de abandono de lectura de esos mismos títulos de rotación vertiginosa.

La fragmentación de la atención

Otro de los responsables señalados de la caída de la lectura es la inmediatez del medio, porque se infiere que el medio de lectura hoy ya no es la página de papel sino la pantalla y tiene por consecuencia la fragmentación de la lectura, aunque luego se diga que la pantalla no vence al papel en términos comerciales y de lectura real (benditas sean las contradicciones que se presentan bajo la forma de afirmaciones tautológicas). Una lectura interconectada equivale a una lectura fragmentada. Se asume así la equivalencia entre actividad y medio. En otras palabras la imposibilidad de realizar una lectura interconectada sin ceder al impulso de respuesta inmediata que sugiere el medio: la lectura electrónica deviene así una nueva prueba del perro de Pavlov. La lectura impresa sufre del mismo mal, sin embargo, o quizá, en esta óptica algo torticera, un poco menos. La cuestión no es si la lectura se desarrolla mediante una forma y un medio interconectado sino si el lector es capaz de discriminar y decidir la forma de interacción que se le ofrece en la forma, la intensidad y momento. En esta visión el lector es escasamente capaz de mantener su concentración en virtud del medio. Un medio que en realidad puede requerir gran concentración y suponer una lectura difícil según sea la estructuración y el nivel de interconexión. Algunas líneas más arriba ya he dejado una traza de este tema: formas rápidas de leer, es decir con consumo veloz del tiempo. Es consecuente la afirmación que estas formas van en detrimento de la lectura; podemos oponer la explosión de una forma literaria difícil de dominar: el microrrelato. En realidad las formas narrativas de los nuevos formatos están presentes en otros formatos anteriores y desasocio los binomios dificultad/longitud y profundidad/formato. Hasta donde yo conozco los estudios que poseemos se basan en transposiciones de formas literarias anteriores a los nuevos formatos. No se ha desarrollado aún, sino en forma incipiente y no ciertamente masiva, una narrativa acorde a los nuevos formatos; no excluyo formas audiovisuales, pero tampoco pongo en el centro si estamos hablando de leer, que no es lo mismo que la literatura ni del acceso a la misma. Es decir, lo que por ahora examinamos no es ni la lectura ni los nuevos formatos, sino al interacción del lector con los dispositivos en red y su capacidad de gestión de estos en relación a la lectura (como podría ser en relación al telediario, al estudio o al sexo). Conviene señalar que la dinámica, como ha notado Maria Popova, de lectura e interacción con el texto no es divergente entre formatos electrónicos o impresos. La solicitación constante de interacción (comentarios, preguntas, respuestas, etc)por parte de medios paraliterarios o paralecturales en las redes es el factor más frecuente de interrupción; se tiende a reforzar el binomio estímulo reacción y si el medio es instantáneo la interacción no puede serlo menos o en otras palabras, el adiós a las prioridades y a la lectura profunda no viene por el medio sino por el uso de lo paracontextual.

No se puede ignorar que es posible que una nueva narrativa quede fuera del horizonte de expectativa actual de los lectores, lo cual no es óbice para ignorar la experimentación e ir abriendo caminos. Es preciso, sin embargo, que los editores y los autores arriesguen no menos de los lectores. Hoy en día el riesgo está muy mal visto.

¿Y la lectura?

En realidad sea la superproducción (y las cuestiones ligadas a esta) sea la fragmentación de la atención (y las cuestiones ligadas a esta otra) no son más que síntomas y no la enfermedad. No se trata de sociedad líquida o de digitalización, no se trata de hiperabundancia o escasez. Cuando hablamos de superproducción, estamos hablando de cantidad. Cuando hablamos de fragmentación de nuevo hablamos de cantidad (de tiempo, mucho más difícil medir el esfuerzo de lectura o la intensidad de lectura en ese tiempo).

Discrepo abiertamente del plan de fomento de la lectura que defiende la FGEE. Vender libros no es fomentar la lectura. Ni tan siquiera en los años más boyantes del sector editorial los índices de lectura fueron significativamente mejores que los actuales, prueba probada de la distancia entre vender y leer.

Hay a disposición, como ya he dicho, un alud de lecturas. Un mundo potencial de lecturas con el cual es posible afirmar que se lee más que nunca, pero quizá estamos confundiendo otra vez cantidad y calidad, posibilidad con realidad. Resulta, creo con fundamento, establecer más allá de toda duda la dimensión real de la lectura, pero si las declaraciones de nuestros ciudadanos son ciertas la lectura no goza de buena salud.

Y todo ello sin movernos del ámbito de lo medible. Nuestra lectura tiene también un problema de calidad. No solo de calidad de creación (debate sin fin) sino de calidad de lectura; que entienden nuestros lectores, cuales con sus niveles de comprensión lectora (los indicadores, discutibles, no son buenos), cuales son sus expectativas. Con frecuencia las expectativas de los lectores/no lectores se afirman sobre las consideraciones de los profesionales del sector editorial (deformación profesional, necesidad empírica de datos no disponibles, ceguera, el motivo preciso no lo sé), lo cual es fuente de error. La distancia entre ambos grupos deforma el dato, la perspectiva misma, y confirma la necesidad de reflexionar sobre ello.

Hablamos de cantidades. No hablamos de calidad: calidad de lectura, calidad de literatura, calidad de edición, calidad de juicio crítico.

A mi me parece que la lectura es sobre todo calidad.

Se trata, en el fondo, de algo sustancial. La lectura no es hoy una actividad deseable. No lo es a nivel personal para una gran parte de ciudadanos y no lo es a nivel colectivo: al 42% de ese 39% de conciudadanos alérgicos a la lectura ni tan siquiera le interesa. La lectura, como la cultura más en general ni interesa ni tiene valor.

Leer es un acto reflexivo, un ejercicio mental que induce al pensamiento y a la crítica por liviana que sea, un desafío. Leer es una actividad intelectual y desde el ’68 lo intelectual está mal visto, ya sea en Europa que fuera. No hay incentivo a la lectura. No hay cuidado del lector. He dicho y vuelvo a sostener que la actividad del sector editorial debe decaer si no se activa por acrecentar el número de lectores, pero más allá de eso si no hacemos crecer el número de lectores toda nuestra sociedad se irá abajo, no porque no haya lectores  (aunque no estaría de más pensar en la demografía de los lectores fuertes, en su edad), sino porque no habremos hecho nada para mantener el pensamiento crítico del cual la lectura, la escritura, el debate público son piezas relevantes. La lectura tiene en contra un sistema, el actual, que detesta el pensamiento. Escribir, editar, leer, pensar y criticar son acciones tan radicales que no pueden ser toleradas. El sector editorial puede no suscribir esta visión del mundo y activarse para ser más sector cultural y menos sector económico, o bien puede por contra suscribir el sistema, pero en ese caso y en mi opinión está escribiendo sus últimas líneas.

El sistema empuja a la simplificación, al alejamiento de la crítica, a la dispersión, a la asimilación de clichés, a la escasa indagación, a la escasa empatía, a la escisión progresiva entre quienes leen y comprenden (con todas las consecuencias que ello acarrea en términos socioeconómicos y de bienestar general de la sociedad) y quienes no. Leer y comprender son ejercicios nivelatorios.

Así pues creo que en vez de plantearnos cómo vender más libros, que se lean o no, debemos plantearnos cómo incrementar la lectura. Debemos preocuparnos más de cómo leer y por qué leer y menos por qué leer, es decir un poco menos por la indicación de la lectura y más por la lectura en si. Hagamos crecer lectores y ellos crecerán exigentes (no es una frase hueca, reflexionen sobre todos los casos personales de grandes lectores que conocen, cuales fueron sus primera lecturas y sus lecturas hoy). Demos menos consignas y más ideas, mayor libertad y mayor responsabilidad al lector en primer lugar y después a todos.

Creo que en este sentido hay que plantear una gran alianza (tácita o implícita, da igual a condición de que sea real) entre editores, bibliotecarios, autores, librerías, escuelas para desarrollar acciones concretas (con frecuencia locales) de contraste a este sistema actual que no solo nos separa de la lectura sino que nos separa de los demás, de la vida y de nuestra capacidad colectiva para decidir nuestro futuro. el objetivo es simple cuanto arduo: recuperar el valor colectivo, social, de la lectura. Yo pondré como pueda mi contribución a ello.

Contra la lectura está el caos de este sistema.

Ciencia en Ciudad: Heisenberg y otras cuestiones

Cuando (a)cometí la escritura de Muerde ese fruto hubo una cosa que quise tener presente: el impacto de la ciencia en la vida cotidiana. Por lo general el impacto de la ciencia suele verse a través de la tecnología, que es como ver el impacto de la lengua solo en los carteles publicitarios o dicho de otro modo, de considerarla mediante una, solo una, forma mediada de la ciencia. A mi lo que me apremiaba era transmitir el impacto de la ciencia, de la física en modo inminente per no solo, en el último siglo. Hubiera podido escoger las muchas implicaciones filosóficas de la física, especialmente de la física cuantística, pero mi intención era revelar la parte visible de la ciencia, ponerla la centro de la descripción del mundo en su belleza y en sus procesos, con frecuencia invisibles. Así, como irónica citación, podríamos leer las discusiones en el bar Córcholis sobre los estados de la materia o la destrucción del mundo. Pero también las descripción de la luz, de los ciclos y aún otras.

Teniendo presente esta consideración, y sin querer decir con ello que haya alcanzado el objetivo o no en modo pleno, he usado al ciencia para describir la realidad más evidente, en la forma aséptica y precisa, pero también para crear imágenes que, está claro, pervertían estas características. Como dice mi editor he intentado que se den al mano el castellano antiguo y posmoderno con la física. He usado el léxico de la ciencia en las formas en que el léxico se usa vulgarmente, poniendo así de relieve la constante presencia, la posibilidad real de ver el mundo con una perspectiva científica, aunque no exclusiva. A la vez he querido mostrar formas no tecnológicas, o usos no tecnologizantes de la ciencia. En ese contexto puede leerse el uso de isótopos como atracción en el Maire Curie, que acaban por ser el objeto de perdición del pobre Hyacinthe Gloss; ignoro si Marie Curie ha dado nombre a un local nocturno, pero me parecía un homenaje singular aunar algunos de los aspectos salientes de la novela en un solo lugar y con un solo nombre, en ese caso ninguno mejor que el de la química y física polaca de nacimiento y francesa de adopción.

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Werner Heisenberg en 1926

Si bien he declarado que he evitado introducir las discusiones filosóficas, al menos las formas más explícitas, que la ciencia ha generado, no me he sustraido a usarla para trazar analogías. El caso más claro, y parecer ser el más oscuro para los lectores, está en las páginas 89 a 92. Cuando Andrés se encuentra en una situación en que no consigue determinar su posición, el cambio que está viviendo aparece en la narración un imaginado triunfo, la concesión del Nobel, de Werner Heisenberg, padre del principio de indeterminación.

No deseo pasar por alto que las relaciones entre los individuos tal y como las describo en la novela pueden leerse también como una analogía con la química: enlaces débiles, enlaces, fuertes, enlaces múltiples y la cantidad de energía que precisa para que se produzcan y mantengan. La mente tributa un viaje hasta otro punto de la literatura alemana, aunque no es el único csao, testimoniando así un matrimonio posible entre literatura y ciencia, realidad y analogía. Desde luego no es necesario recurrir a la química para ello, o no solo puede recurrirse a la química como clave de lectura, pero pone de relieve la posible interconexión al posibilidad e leer todo, no solo Muerde ese fruto, de otras formas, desde otras perspectivas.

Se comprueba pues que no soy el primero ni el único en intentar esta vía y que si algún mérito debe adscribirseme será en función de la originalidad del modo, en la aplicación de un método, si es que alguna de estas dos cosas existen en mi libro.

Se dirá, y quizá con razón, que este uso, este léxico, no hacen de Muerde ese fruto una lectura fácil, que supone al menos un reboce en la ciencia. Puede ser. Creo sin embargo que no hacen de mi novela algo más difícil de leer, ni impiden darse una imagen de la acción, ni estorban a la comprensión de la novela. Por otro lado nunca dije que fuese una novela fácil, lo que si digo es que, a mi parcial juicio, es una novela que admite por la presencia de estas características más lecturas, más posibilidades. Si no he sabido hacerlo mejor me propongo mejorar en el futuro.