La propiedad de una obra: autor vs sociedad

¿Debería respetarse la última voluntad de un escritor cuando pide que tras su muerte toda o parte de su obra sea destruida?
Alejandro Gamero (@alexsisifo)

copyrightEsta pregunta que Alejandro Gamero dirigía al mundo, tiene algunos aspectos evidentes y otros menos. Yo quisiera dar una vuelta por los confines de la propiedad de una obra, de los modos en que podemos concebir el concepto propiedad y como este se despliega.

Es evidente, ya antes de empezar esta digresión, que algunas de las afirmaciones son de domino general, por no decir público, que en este caso y dada la naturaleza de la exposición, podría desviar la atención. Espero que otras tantas, al contrario, contengan elementos de novedad, o al menos de menor evidencia.

Partamos de la idea de un autor con obra de éxito, si no en términos económicos si culturales. Una de esas obras que retratando una época, un dilema imperituro, una enseñanza universal o eterna, si existe la eternidad, la consideramos parte de una canon literario y que conforma nuestra cultura en un modo u otro, en un grado u otro; hablamos de El Lazarillo de Torres o El Quijote o de Ultimas tardes con Teresa o La Colmena, por ejemplo y sin que sea una lista exhaustiva, por la que tenga una especial predilección o universalmente reconocida. Digamos que son obras a las que non renunciamos, incorporándolas en un alfabeto de creaciones, en una galaxia interpretativa del mundo que procede también por acumulación total o parcial. Bien. Bajo este prisma está claro que el concepto propiedad se escinde en dos ramas divergentes: la propiedad privada e intransferible, salvo a los herederos, del autor de la obra; la propiedad colectiva, identitaria y simbólica de la misma obra. Lástima que ambas colisionen en el derechos de edición y el aspecto económico derivante. Y esto último ve como, en cierto modo, se riza el rizo porque parte del éxito económico de la obra, el de pervivencia y continuidad en el tiempo, se asienta en el prestigio derivado de la pertenencia a la herencia cultural, al mundo literario a través del canon, al de la memoria colectiva solidificada en títulos y autores. Viceversa el reconocimiento de la obra determina una parte del éxito de ventas. El problema de esta dimensión económica es que perturba la divergencia original, como una mosca en verano.
En realidad la cuestión toca el aspecto inmaterial y se coloca en una dualidad entre individual y colectivo, cual de ambas esferas debe predominar o en que equilibrio deben situarse: debate nada fácil, no hace falta que lo anuncie.
Volvamos a la pregunta inicial, ¿Debería respetarse la última voluntad de un escritor cuando pide que tras su muerte toda o parte de su obra sea destruida?
¿Por qué no? Está claro que entendemos con esta pregunta que lo colectivo prevale ante lo individual (aunque solo, parece, mientras no se incluye esa parte venal). La idea de perder, por una decisión individual, una parte constitutiva de lo colectivo no es aceptable o no lo parece. No deseamos privarnos y no toleramos privarnos de lo que hemos incluido en nuestro patrimonio. Ya. ¿Por cuánto tiempo? Quiero decir, ¿por cuánto tiempo lo incluimos o incluiremos en ese patrimonio? Imaginemos el caso del pobre Echegaray. No parece que hoy su obra goce de gran salud, no que se litigue por su prestigio, pero su día hubiese dicho “¡quemadlas todas!”, ¿qué habríamos dicho o hecho? ¿Nos habríamos opuesto? ¿Cómo? La pervivencia de una obra dentro del canon no es algo seguro por la eternidad, si la eternidad existe, es más está ligada a criterios variables, al flujo de los tiempos. Cosa que, por el contrario no ocurre con las decisiones personales, inefablemente unidas a nuestro tiempo. De haber desoído la hipotética petición de Echegaray hoy quizá pesaría la elección ante la memoria de un individuo, un autor, al que se negó el control de la propia obra. Al contrario. Imaginemos ahora que el pobre Alejandro Sawa hubiese entrado en el canon de inicio del s. XX mientras hoy, revisado lo revisable, volvería a la penumbra del olvido. Lo colectivo no tiende a disculparse por sus errores, admitiendo que lo sean y que no se trate en vez de un proceso social indomeñable, perpetuo y necesario. Ah sí, el riesgo de tomar decisiones comporta el error. ¿Quiere decir todo esto que debe evitarse tomar decisiones, qué la dialéctica debe desaparecer del horizonte de la literatura, qué debemos renunciar al canon o que el canon debe ser acumulativo e irrevisable? Me parece impensable. Entonces, ¿cómo integrar el valor de lo colectivo en el respeto de lo individual? Sinceramente no lo sé. Creo que por otro lado pone sobre la mesa el debate sobre la constitución de la propia cultura y de la propia visión del mundo. Un concepto que hasta aquí no ha aparecido es de unanimidad. No podemos hablar de universalidad del canon, jamás esto será posible, ni tan siquiera en las obras que más se alejen de nuestro tiempo, susceptibles de ser más polémicas. Podemos hablar de unanimidad, conscientes de que hablamos de una unanimidad construida, que refleja visiones y construcciones que, más que consensuadas, son instrumentales a formas de vida. Hoy la diversidad de perspectivas y de visiones es, quizá no mayor al pasado, grande. Tanto que se refleja en visiones culturales con frecuencia muy estructuradas aunque marginales, o quizá solo marginales desde una perspectiva que auto asegura ser mayoritaria; me pregunto la segmentación de la que tanto habla el marketing, no es escaso otra forma de describir este fenomeno (no siempre ligado a la edad).
Todo esto está muy bien, pero ¿por qué yo (está claro que este yo es retórico y no identificativo) autor aun influyente y determinante de una parte de la consciencia y la cultura colectiva debería privarme de mi derecho a decidir sobre la obra que yo mismo he creado? ¿Qué derecho inextinguible posee la colectividad, que incluso podría haberme hostigado o ignorado durante la creación de lo que ahora reivindica como propio, a privarme de esta posibilidad? Esta posibilidad también existe. ¿Y si el autor considerase que la parte que la colectividad incluye en su seno es perniciosa de hecho para ella misma? ¿No tiene el autor derecho a retractarse de sus escritos destruyéndolos? ¿Por qué no? Bien. La cuestión está puesta desde el principio. La respuesta no puede ser no, no podemos negar ese derecho o posibilidad. ¿Tiene pues derecho a hacerlo, a privar a la colectividad de parte su constitución (aunque no sea universal)? Dando la vuelta a la pregunta inicial la respuesta no parece segura. Debe existir un espacio liminal cuya amplitud no soy capaz de determinar, como no puedo determinar su profundidad.
¿Y si ese derecho se lo abrogasen los herederos del autor o su editor, en cualquiera de los dos sentidos posibles de le decisión? Si la transferibilidad del derecho en su aspecto económico es posible, por qué no el derecho decidir? La cosa se complica.
¿Debería respetarse la última voluntad de un escritor cuando pide que tras su muerte toda o parte de su obra sea destruida?
¿Qué confín queremos construir entre lo individual y lo colectivo, qué espacios de intersección queremos construir ahora y en futuro? Esta pregunta, creo, es la respuesta más sensata a la pregunta de Gamero. La más difícil también.

 

Canon y lenguas sin territorio

Si en una ocasión precedente he tratado el tema de los confines de la literatura nacional y de la falsa identificación entre lengua y nación, una reducción interesada y poco real, un punto que dejé fuera de la discusión fue el relativo al canon literario de la lenguas sin territorio. Este caso, antipodal, se presenta como otro elemento de crisis en la definición de una literatura nacional en favor de un fenómeno transnacional.
Dos son los casos que se me ocurren para tratar este particular tema: el yiddish y el esperanto. Renuevo aquí lo expuesto precedentemente: la literatura sobrevivirá a cualquier nación y cualquier lengua porque es hija del constante mutar de los eventos y de los instrumentos en que se reproduce y transmite. Añado con los casos de hoy que la literatura no parece pues ligarse a un territorio en modo necesario mientras no puede renunciar a ser expresión de una cultura, que como tal puede articularse en mil territorios distintos pero debe nutrirse de un acerbo común, si bien recolocar el confín de la literatura en la lengua da frutos igualmente poco aptos a describir la realidad. Maquina-de-escribir-con-teclado-yiddish
La literatura en yiddish o en esperanto minan a la base la idea que pueda reducirse la multidimensionalidad y el horizonte de pertenencias.
Sea el yiddish sea el esperanto son lenguas transcontinentales. En el primer caso la extensión desde Europa a otros continentes debido a la emigración supuso también un cambio en los horizontes temáticos, en las expectativas puestas en la creación literaria o, lo que es lo mismo, en la visión del mundo cambiante. De una lengua que se ligaba a un mundo semicultual, el yiddish evolucionó, a causa del propio Zeitgeist y de la evolución interna de las comunidades de lengua yiddish, a un literatura urbana de aspiraciones universales que reivindicaba su posición en una Weltliteratur de inicios del s.XX a la vez que reivindicaba su intraducibilidad, su aportación al canon mundial per se siendo una lengua para siempre; una consideración tan ficticia como la de lengua como nación. En realidad el yiddish sufre la evolución de toda lengua y toda cultura en Europa, redefiniéndose, o mejor no redefiniéndose, en la posmodernidad avanzante cargada de su crisi categorial.
El ejemplo de Jacob Glatstein es clarificador. Glatstein quería formar parte del canon universal, a sus condiciones y literalmente en su lengua poética originaria, el yiddish. Sostenía Glatstein que todo escritor yiddish era ya automáticamente un escritor del mundo (ממילא אֵ וועלט שרייַבער), incluso si uno no tenía un público en absoluto.
Como no podía ser de otra forma dentro de la literatura en yiddish las posiciones distaban de ser homogéneas. Isaac Bashevis Singer propuso una universalización de la cultura inherente en el yiddish desplazando la lengua del yiddish al inglés. O lo que es lo mismo Bashevis Singer proponía la superación de la lengua para introducirse en el canon mundial por otras vías; noi deja de ser paradójica su posición sobre el yiddish y su pervivencia cuando al ser preguntado sobre al muerte de esta lengua respondió diciendo que no había nada de qué preocuparse, ya que las futuras generaciones iban a necesitar un tema para escribir sus doctorados.
Dos figuras que representar en modo emblemático la posición de una lengua en la crisis del Estado-nación, en la crisis de la idea lenguanaciónestado y por consiguiente del canon literario nacional. Es la reivindicación de la inserción en un canon mundial partiendo de la idea de una lenguanaciónestado expresión de una cultural de tendencias universalistas comprime todo el debate sobre la Weltliteratur.

El caso del esperanto pone sobre la mesa una visión diversa del problema. Nacido de concepciones universalistas, el esperanto es una lengua artificial aspirante a recubrir el papel del lengua universal. La naturaleza de su objetivo pues la empuja a desarrollar una literatura ya dentro de la Weltliteratur. El camino de su desarrollo esta marcado por dos aspectos divergentes: la concepción universalistas que marca su origen; la conjugación del universalismo injertado en cultural seculares crecidas en otras lenguas, fenómeno que precisa de una introtraducción que es a la vez selección y reinterpretación de temas contemporáneamente propios y ajenos. A diferencia del yiddish el esperanto no puede ser traducido son perder su sentido de ser y con una giuro paradójico su misión universal se ve limitada por el escaso suceso de la iniciativa misma. Con altibajos notables y fuertemente localizados el esperanto sigue vivo, pero lejos del canon mundial, sobre todo apartado por su restringido círculo no obstante los esfuerzos de asegurar la continuidad e su corpus a través de la digitalización. La cuestión que pone el esperanto es el fracaso de reconstituir los fundamentos de la Weltliteratur superando las lenguas nacionales. En este aspecto representa el límite último. Las razones del fracaso exceden el propósito de estas líneas y mis propias capacidades por complejidad, extensión y vis polémica. Sin embargo es inevitable, creo, concluir que el experimento de establecer un nuevo canon mundial partiendo de la nada fracasa en modo distinto, pero fracasa, respecto a la constitución de una Weltliteratur partiendo de la universalización de las lenguas nacionales o de la superación de sus confines geográficos e ideológicos.

En esta geste definitoria encuentro siempre nuevos escollos y nuevos caminos alambicados, pero sigo sosteniendo cuento concluí en la ocasión anterior, es decir que estoy convencido de que necesitamos una nueva visión compleja, multipolar, capaz de describir y comprender la complejidad que generamos porque lo cierto es que el circulo hermenéutico según el cual todo se entiende si se entienden las partes y se entienden las partes si se entiende el todo no puede ser resuelto hoy.

 

Sobre el esperanto

http://www.akademio-literatura.org
http://www.esperantic.org/eo/

Por si alguien quiere aprender yiddish

Ferrer, Joan. El Yídish. Historia y gramática de una lengua judía. Gerona: Universitat de Girona Servei de Publicacions, 2008. ISBN 978-84-8458-263-2

El lector asocial

Un ser asocial es aquel que tiene una fuerte falta de motivación para participar en la interacción social y/o la preferencia por las actividades solitarias (definición RAE). Y es curioso que en la retórica de la lectura se hable tanto de actividad solitaria, cuanto a diario se esfuerza por convencer al lector de emprender una actividad social, porque la lectura es social. Tenemos como resultado una actividad solitaria social o una actividad social solitaria.

No voy a discutir si es cierto o no.

El autor asocial es conocido y permitido, aunque a algunos editores no les haga mucha gracia.

La literatura está llena de protagonistas asociales a quienes se adora.

El lector asocial, ¿está bien visto?

Mi pregunta es, ¿si no se hizo socialmente obligatoria la socialización de la lecturas en un medio “analógico”, por qué sí en un medio digitalizado?

Desgraciadamente hoy como hoy las opiniones, incluidas las literarias, no se debaten ni se comparten. El diálogo 2.0 no existe, o casi: casi nadie comenta las entradas en los blogs, se evita el debate público, a menos que no se trate de conocidos, para evitar trifulcas virtuales. Se pontifica.

Al lector asocial le repele esta dinámica. Creo que paulatinamente repele a todos los demás. Cuando la red se convierte en un bar virtual, pero agrio, cuando se reduce la amplitud de nuestros contactos para eso que era el intercambio de ideas (que no hay que confundir con la venta de nosotros mismos o la compra de otros yos), creo que entonces el lector asocial ha ganado su partida inteligentemente porque entre todos hemos perdido la batalla en el modo más bobo.

Pongo en duda la obligatoriedad social de realizar de la lectura una actividad social. Me parece que el interés no está puesto en las opiniones vertidas, sino en los datos subyacentes del opinador.

Defiendo al lector asocial, que seguirá hablando de libros. Estoy seguro que otro lector asocial le escuchará.

Opinar, (no) hay que opinar sobre todo

Al escritor en cuanto se persona (o personaje) que vive escribiendo, en cuanto (más o menos) intelectual, se le llama a opinar. Es una mala costumbre que nació allá por el s.XIX y que sigue de moda. Es este un proceso en tres partes:

  1. Un intelectual, un escritor, piensa y reflexiona sobre el mundo.
  2. La opinión de un intelectual tiene un precio y un valor.
  3. Todo el mundo opina sobre la opinión del intelectual (empezando por otros intelectuales).

Cuando los periódicos eran la base de la información y las opiniones que se vertían en ellas eran seleccionadas, era una forma de hacer pública una discusión elitaria, que estaba circunscrita a pocos aspectos de la d colectiva, nacional y con tiempos dilatados. Ahora la cuestión está en otros términos. El panorama se ha ensanchado, sea temporalmente que en el espectro de temas opinables y, cómo no, en la platea de los opinadores que alcanzan la dimensión pública.

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No me queda clara la capacidad de opinar con una buena documentación de base, con una reflexión cuidada de los aspectos que toca, Sin cosechar sospechas sobre el interés que la opinión dada refleja (el que paga manda y pretende), me parece que el contagio del opinionista es exponencial, quizá sin vacuna posible. La dimensión pública de buena parte de estas opiniones no puede, sin embargo, ocultar que tiene y no superan el mismo nivel de cuando se daban en los corrillos de los bares; lo curioso es que el grueso de la opiniones sobre la pisic de opinador audaz, tiene la misma base y fundamento que la del intelectual. Las redes sociales, la dimensión de la compartición aumenta en modo exponencial esta forma de participación casi democrática en la discusión de los problemas. Naturalmente no es algo que nadie tenga en cuenta sino como dato agregado, que señala una dirección, que con frecuencia es la misma que apuntaba la opinión primera.

En verdad digo que si te pagan por opinar, opinas: cada cual que afrontye particualrtmente su debate moral. Poco importa si las líneas que se entregas son más o menos meditadas o documentadas, originales o reiterativas. Y aquí tenemos una escisión, por fuerza, entre el precio de la opinión y su valor. Da igual, te pagan y escribes. Y sin embargo, disiento de esta fiebre del opinador, del todólogo. resulta imposible tener una opinión formada de todo. A mi me resulta imposible. En más de una ocasión estoy tentado de intervenir en los apasionados debates reticulares, solicitando un paso atrás para establecer un método. Pero me doy cuenta que no es posible. Las redes sociales, la fiebre todológica está ahí con la función de estimular nuestro ego, como válvula, como ficción participativa de los común. Sería oportuno, creo, no opinar siempre de todo, admitir nuestras propias lagunas, escuchar, preguntar y luego debatir, sin prisas porque está llegando el “próximo gran tema”.

Nos gusta más exhibirnos que pensar.

Editores al asalto: crónica pasada y futura del Salone Internazionale del Libro de Turín

El pasado jueves inició la trigésima edición del Salone Internazionale del Libro de Torino, una edición que debía nacer bajo inciertos auspicios tras la decisión de los grandes grupos editoriales italianos de abandonar el Salone para crea su propia feria.

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La génesis de la rotura hay que buscarla en la concentración de la edición italiana en Milán, sede de los grandes grupos editoriales, que prefería realizar una feria del libro en casa, con comodidad. Milán es además la gran capital del norte de Italia, la sede financiera del país, un centro de atracción más que metropolitana, de hecho de una vasta área que comprende al menos 4 regiones: Lombardía, Valle de Aosta, Liguria y Piemonte. La controversia del Salone del Libro pues se inscribe no solo en un acto de potencia sectorial, del libro, sino en una dinámica de centralización de actividades económicas en torno a Milán, que fagocita ciudades carentes de auténticos polos feriales, como Turín. Las actividades y los eventos culturales son hoy una forma económica que moviliza no solo a los profesionales sino también a consistentes cantidades de turistas, el Salone queda inscrito en un área de fuerte interés y el pulso entre realidades metropolitanas como Milán y Turín se acentúa.

Si el Salone como feria del libro es un contencioso regional y también lo es dentro del mundo de la edición.

Como en cualquier sector los grupos dominantes pretenden crearse las condiciones máxima comodidad y mínimo dispendio a costa de quien sea. La servitud de la AIE (Associazione Italiana Editori) a los grandes grupos, cosa que no puede sorprendernos en España. Se manifestó en el apoyo a la idea de la celebración de una feria del libro en Milán que en el la intención original desarticulaba el evento turinés. El hastío de los pequeños editores hacia este tipo de apropiación es comprensible y el resultado fue el de una neta separación: un grupo de pequeños y medianos editores abandonó la AIE, dejando aún más clara la polarización institucional y de orientación. El Salone del Libro se convirtió así en una barricada conceptual. Esta resistencia de una parte del mundo de la edición italiana, que ya se había sacudido con la fundación de la editorial La Nave de Teseo como expresión de resistencia a los grandes grupos editoriales, encontró terreno abonado en parte de las instituciones, alguna un tanto reticente, deseosas de frenar la expansión omnivora lombarda: tibia la posición del actual gobierno local que en más de una ocasión ha parecido ir a remolque, no obstante su papel determinante en la fundación que dirige el Salone, de las acciones y la determinación de editores y gobierno regional.

La iniciativa milanesa naufragó: apenas 46.000 visitantes, Turín ya ha vendido antes de empezar 56.000 ingresos. En la búsqueda de razones a posteriori cabe todo tipo de excusas: se preparó con poco tiempo, no obstante fue el grupo escindido quien puso fechas y plazos y una gestación de la rotura de casi un año y medio; se pagó la proximidad del salón de la moda; era la primera edición, que contaba con todas la mayores editoriales del país que habían anunciado a bombo y platillo el evento y su ausencia de la cita piemontesa, es decir que para encontrarlo habría que ir a Milán. En realidad la realización del evento ha pecado de superficialidad y suponencia. La programación ha sido plana y muchos autores, incluso de renombre, se han encontrado ante auditorios menores a cualquier cita en una librería o biblioteca municipal en un día entre semana, generando no pocas protestas ante los editores y alguna no tan velada amenaza de no volver a participar en el futuro. El mayor error sin embargo, creo, ha sido subestimar la capacidad de dinamización de pequeños y medianos editores, su capacidad de generar citas que de otro modo no encontrarían la ocasión o un publico tan amplio (¿cuántas otras veces tendrá ocasión un lector genovés o piemontés de hallarse ante un autor menos mediático como Carterescu, Amitav Gosh o Pennac por citar algunos?), tiempo y espacio para darle mayor  amplitud a un debate sobre, libros, literatura y sociedad: subrayo como el tema de la presenta edición es más allá del confín.

En esta lectura de los hechos, tras haber noqueado al gigante, no extraña que los editores hayan advertido ya a las instituciones del riesgo de un pacto con el enemigo.

¿Qué perspectivas se abren ahora? Jugar al pitoniso es un riesgo inútil que prefiero evitar siempre, pero los escenarios podrían ser tres:

Los grandes grupos editoriales arrojan la toalla, al menos por ahora, y vuelven al Salone con un nuevo perfil y otra relevancia institucional; más difícil será salvar, en cualquier caso, la AIE.

El Salone acuerda un paz con los grandes grupos editoriales y celebra un evento con dos sedes; simultáneas o por turnos, según el modelo sea el de Mi-To o nuestro viejo sistema. En ese caso preveo un periodo convulso porque serpeará el sentimiento de traición, ya sea en la ciudad, ya sea entre los editores que han sostenido el Salone. El resultado sería incierto pero sin duda deberían reescribirse las cuotas de poder y las formas del evento en modo de dejar a Turín y a sus fieles en un lugar de preeminencia, lo cual provocará a medio plazo una nueva crisis.

El Salone acuerda un paz con los grandes grupos editoriales y se produce una escisión nueva que ve a los nedianos y pequeños editores (pero también, lectores, escritores y librerías) protagonizando un nuevo evento, quien sabe si lejos de Turín.

Creo sinceramente que las hipótesis dos y tres representan un riesgo grande para Turín. Roma, tercera en discordia, solo espera la ocasión de llevarse el gato al agua cuando los contendientes estén exhaustos.

El próximo lunes sabremos como han ido en modo definitivo. Solo más tarde sabremos como acabará de veras.

¿Cuánto vale el trabajo de un escritor? 0,5€ cada 100 palabras

uncial-calligraphy-alphabet-lCuando cultura está en la boca de todos y muchos aspiran a vivir de escribir, a ser autores y escritores, ¿cuánto se valora esa capacidad, cuánto vale saber escribir, ser escritor? Pareciera que el valor es inestimable.

Esa es una pregunta que cualquiera que pretenda en serio vivir de escribir sabrá responder directamente. Poco.

¿Cuánto poco?

Aquí van dos muestras, dos ofertas de trabajo para escritores cualificados:

primera

Se requiere de escritor/ sobre el temas que mas especializad@ este aportando dedicacion, trabajos anteriores, años, libros, estudios.. sobre un tema. Que sea capaz de enganchar al lector a seguir leyendo con una forma de expresarse de enseñar que enganche que atraiga a seguir leyendo sin relleno y original se usaran varios programas para comprobarlo

El formato debe ser word, la tipografia times new roman, en tamaño 12 y espaciado simple. De 100 (minimo) a 150 paginas

segunda

Busco redactor para un sitio web. Me interesa especialmente formar una relación laboral de disponibilidad.

Los textos tendrán una cantidad de palabras variable; algunos de 400, otros de 800, etc. No es necesario incluir imágenes. La entrega puede ser en formato MS Word o Notepad.

Progongo 0.50 USD por cada 100 palabras. Necesitaría 52 artículos en total.

Ser escritor profesional, ganarse la vida escribiendo, parece ser más una imagen, un constructo ideal, que una realidad. La valoración efectiva de una capacidad que se considera alta tiene un contravalor económico cercano al 0. Y es que todo el mundo sabe escribir, entendiendo con escribir la transposición mecánica de signos sobre una superficie. El valor de un bien tan distribuido no debe de ser alto, se piensa. La distancia entre lo real, el valor, y la imagen, el valor simbólico, es enorme. Los aspirantes a escritores deben recordar esto. El escritor es un bootstraper permanente. Escribir, especialmente escribir con ánimo de hacer literatura, es un compromiso serio y con frecuencia no rentable. No hay que engañarse, hoy por hoy los escritores valen 0,5 € cada 100 palabras.

Coincidencias, reversos y diversos

Una coincidencia formal y fortuita no puede forjar un paralelismo eficaz. escribo esto porque ayer hoy a Pennac reponer sus esperanzas en la presidencia de Macron en el hecho casual de que Macron se parece físicamente al malogrado Boris Vian.

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Un parecido que existe, aunque solo e perceptible en ocasiones. Reconozco que viéndole en televisión me he sentido más de una vez descolocado, ¿dónde lo había visto yo a este antes? ¿por qué me suscita un simpatía lejana e imprecisa si no coincido con él? penca me desveló el arcano.
Es obvio que nada en las biografías de ambos personajes coinciden. Macron, licenciado en filosofía con claras tendencias a establecer lazos fuertes con el establishment y una aún más clara tendencia por la estabilidad de lo mediano, un biografía que habla de una cara votación funcionaril, en línea con la más clásica tradición política francesa. Vian, ingeniero que renunció a entender la vida como obra de ingeniería, polímata, versátil, inconformista, rupturista.

En realidad es en este punto que el parecido de ambos se desborda y me ha hecho reflexionar sobre un par de cuestiones. A saber: ¿qué camino hemos recorrido para considerar esperanzoso el triunfo electoral de una hombre que jamás representará una ruptura con el sistema, acaso estará dispuesto a profundizar algunos de sus aspectos más críticos, asociándole a alguien que pasó su vida ejerciendo un papel crítico con la sociedad de su tiempo? las palabras de Pennac, que es bien consciente del límite su esperanza, son una amarga reflexión sobre la distancia existente entre una visión distinta de la sociedad y la capacidad de esta de producir agentes de cambio. me resulta evidente, como a muchos otros,incluidos los lectores de estas líneas, que existe un problema de transmisión y que los límites del sistema tienden a excluir siempre con mayor vigor el disenso, a marginalidad y excluir visiones divergentes. La segunda cuestión que el triunfo de este hombre, que a decir de algunos colaboradores no sabe ni quiere quitarse el traje y corbata (y creo que esto es a la vez una descripción psicológica y una metáfora potente), pone sobre la mesa es ¿por qué ha parecido lógico exigir, y esperar que ocurriera, a los votantes de izquierda que votasen por un hombre que se coloca en el centro? Es una audacia que bordea la arrogancia intelectual y que señala de paso la distancia creciente entre electores y políticos, con partidos o con startups a sus espaldas, da igual. Había que cerrar el paso a Le Pen, que suponía en esta disyuntiva un mal mayor, esta es la respuesta. Es una respuesta que contrapone el mayor mayor al mal menor, es decir que coloca la elección no en el marco de las afinidades y los anhelos, sino que la coloca en el marco de las justificaciones del mal y que transforma la política en un espectro limitado en el cual no es posible ver la realización de las propias aspiraciones o incluso que se consideren estas como un punto para el debate u la discusión: cuando presentamos una elección en términos de elección de un mal relativo excluimos toda aspiración al debate, a la discusión e incluso al negociado. Y todo ello transformando la política en un proceso de justificación del mal; mayor, menor inevitable, en cualquiera de sus tres formas.
Yo creo que quien no haya querido entrar en este juego, taparse la nariz y votar sin condiciones lo que se te ofrece como posible sin que coincida con las propias opiniones y expectativas, tenía todo el derecho a hacerlo.
La presentación de la elección de Macron como límite a Le Pen me parece, además, falaz. A Le Pen, que ha obtenido 3 millones de votos más en la segunda vuelta respecto a la primera, no se le para con un triunfo electoral. Desde la irrupción de Le Pen padre el consenso electoral ha crecido gracias a las medidas que políticas similares a las que avalará Macron. Parar a Le Pen no es pues una cuestión de citas en las urnas, o no al menos hasta que ganen y espero que no ocurra. sino de formas y sustancias distintas de realizar política.

Macron presidente. Mejor que Marie. De ahí a pensar que la culpa hubiese sido de los votantes de izquierda que no desean votar a un centrista o esperar que el crecido con el pobre Vian se sustancie en medidas políticas hay un enorme trecho, un auténtico foso moral, político e ideológico, Lo desconcertante que es se vea natural que la política se haya reducido a esto.

Italia, un país de comisarios

Es difícil creer Giorgio Scerbaneco tuviese conciencia de estar generando una estirpe cuando dio vida al policía Duca Lamberti. Hoy no hay región o ciudad de Italia que no tenga su particular versión literaria de policía o comisario. Emilia Romagna, Parma, Apulia, Basilicata, Cerdeña, Milán, Liguria, Roma y Sicilia. El comisario Soneri, Renzo Bruni, Lolita Lobosco y el maresciallo Fenoglio, el comisario Campos o Ghezzi, el inspector Lucchesi y Ferraro, Colomba Caselli y Ponzetti, el ex comisario Arzilli o Luciani y el comisario Mariani., dejo otros tantos en el tintero Y dejo a parte los investigadores aficionados como la médico Ardelia Spinola o los viejitos del toscano Bar Lume. Y el inclito comisario Montalbano.ruta_montalbano.jpg
Una legión de servidores de la ley.
La paradoja está en que, desde los ’60, cuando Duca Lamberti se batía contra el crimen, la situación no se presenta diversa. Scerbanenco entonces retrataba una Italia difícil, contradictoria, enferma de maldad, ansiosa por emerger de su pasado y al mismo tempo desencantada por la realidad de los eventos, tan distintos de los sueños de rescate nacional y hoy la sensaciones son las mismas.
No es sorprendente. Mani Pulite fue un proceso inconcluso que no ha limpiado el país, que ha aprendido ha ensuciarse en otros mil modos, y pido perdón por el juego de palabras pero considérense estos datos: de 1991 a 2016, 258 ayuntamientos han sido disueltos por mafia (solo en 2016, según algunas fuentes, 154 estaban bajo administración extraordinaria); varios son los ayuntamientos en los que no se procede con las elecciones administrativas por no haber candidatos distintos a los mafiosos; el perjuicio económico de la corrupción, que en 2015 se estimaba en 60 mil millones (100 mil millones y sumamos la evasión fiscal); la sensación es la de una criminalidad en constante aumento; la escasez de recursos para la lucha contra la criminalidad: durante el último gobierno Berlusconi la policía no tenía fondos para la gasolina de los coches patrulla, por ejemplo; aumentan los muertos por uso de armas de fuego ante la convicción de estar desprotegidos por la ley.
En esta situación en la cual lo real y lo percibido no hacen más que crear una difusa sensación de abandono y peligro inminente, la literatura parece haber dado con la figura clave, quien resuelva el enigma y traiga consigo paz y justicia: el comisario.
El nuevo héroe literario que no necesariamente se ajusta a la praxis de la realidad, que adopta métodos y formas poco convencionales, quizá más acordes con los tiempos, seguramente más acordes con la sensibilidad de los lectores. Habrá un lado oscuro, quizá, pero al servicio del bien colectivo. El héroe maculado del comisario italiano encarna al ciudadano italiano en busca de respuestas inmediatas a males atávicos. Porque se sabe, los italianos son brava gente. El comisario italiano en la literatura de hoy no soluciona solo los casos que la suerte le pone su camino, sino que catárticamente reanuda el vínculo entre ciudadano e instituciones que la realidad se empeña en destruir. Como ha dicho Cristina Rava “Son necesarios los superhéroes. cuanto más la sociedad es imperfecta mejor funcionan los personajes consolatorios, rellenas los huecos.” Así es. La literatura no hace más que rellenar las lagunas de la realidad con grandes fantasías.

Literatura nacional: los confines de la literatura

De entre los muchos debates que suscita la literatura, el que se centra en los confines, es decir, el que tiene como eje la literatura nacional, dentro de unos confines, es uno de los más estimulantes. Lo es por la complejidad de la cuestión, por las varias disciplinas implicadas y de por último de método.
Pongamos la cuestión en su modo más radical, ¿existe la literatura nacional?
Empezando por lo evidente podemos afirmar que el concepto literatura nacional se liga al concepto, reciente, de nación. Si define pues por la realización dela literatura en unos confines, lo que necesariamente implica un dentro y un fuera, una relación con lo otro que está fuera de los confines. Y si hay algo cierto es que el juego del intercambio no se reduce al campo económico sino que implica la mezcolanza, se quiera o no, de lo que Fernand Braudel definía como la gramática de la civilización. Ligar entonces nación y lengua resulta un paso lógico, definitorio; poco importa cuanto real, en el sentido de descriptivo de la realidad.
Tenemos pues una tensión en la literatura entre dentro y fuera, en una relación de alteridad que es a la vez un relación fecunda; no por casualidad la literatura se revela cuando da cuenta de su capacidad de recepción del conflicto en el mundo.
En esa relación la literatura nacional, para afirmar su existencia, debe reivindicar el carácter nacional de sus temas; en la etapa de fundación del estado, que se presenta como consecuencia de la nación preexistente aun cuando este extremo es solo una articulación del mitema nación. El intercambio con lo exterior fecundará a través los innumerables -ismos.
En otras palabras, la literatura nacional es una forma de autodefinición excluyente, una reducción as un unicum, porque reconoce, para ser tal, solo ciertos temas, ciertas lenguas que articulan en cierto modo las aportaciones de su relación con el otro.
Este punto de vista pone sobre la mesa al menos 4 problemas. A saber: la existencia de una literatura precedente a las naciones modernas que recogía e integraba las aportaciones de las corrientes internacionales adaptándolas a públicos diversos aunque mantuviesen la misma caracterización de fondo: ¿Weltliteratur o literatura mundial como realidad, como superestructura y literatura nacional como expresión concreta, como estructura?; la existencia de naciones plurilingües; la estratificación de las literaturas (oral vs escrita, por ejemplo); la exclusión de los temas y las voces que no adhieren al “espíritu nacional”, es decir a la visión d el élite constructora del estado mediante el mitema de nación. Podríamos decir que la literatura, no pudiendo evitar el intercambio con el exterior, del cual depende su misma definición como opuesto al otro, limita o elimina el intercambio interno, olvidando o eliminando todas sus periferias internas (lenguas, niveles, desarrollos, temas), que son en vez parte constitutiva de su articulación; una memoria damnata; ¿el concepto de literatura nacional está en crisis por inexistente o como resultado de la crisis del concepto de nación? En ese caso respiremos tranquilos, la literatura sobrevivirá a cualquier nación y cualquier lengua porque es hija del constante mutar de los eventos y de los instrumentos en que se reproduce y transmite.
Se evidencia que la tensión externa o interna se resuelve siempre en un esquema binario que fuerza la exclusión de varios elementos. Dicho de otro modo, se reduce la complejidad, la multidimensionalidad, la integración, el dinamismo, se ignora la posibilidad de un horizonte de pertenencias y no de diferencias. Weltliteratur o literatura nacional terminan por crear espacios más o menos reductivos, especialmente si la literatura mundial es hija de una superioridad cultural; Said o Spivak negarían incluso que, en ese caso, tal literatura exista realmente.
Todo lo dicho describe macrosistemas, pero ignora las excepciones, cada vez más numerosas, que la realidad de los escritores, y lectores, manifiestan en sus elecciones. Si la posibilidad que un tema esté recogido en las diferentes lenguas de una nación, su cristalización de un Estado es una posibilidad, queda con frecuencia al margen o incluso que diferentes temas se realicen en distintas lenguas no sea una posibilidad contemplada en el marco de la definición de literatura nacional, podemos imaginar cuanto queda fuera de cualquier esquema que un autor escriba en una lengua diversa de la propia o incluso en varias, cambiando sus propios ejes en virtud de la expresión que escoja. Los confines de la literatura se pulverizan ante estos casos. ¿A qué literatura van adscritos estos hombres y mujeres?
Si se colocan dentro de la literatura nacional corren el riesgo de quedar relegados a puntos excéntricos, fuera de la literatura nacional misma. Si se colocan en la Weltliteratur corremos el riesgo de perder una cosmovisión más compleja que la simple realización concreta de lo universal, citando a Michael LeBris en una suerte de versión de la máxima susloviana: acaso no podemos tratar “lo local” en un lengua distinta, acaso se trata de una situación sin vuelta atrás, por ejemplo. Colocar la literatura en los confines de la geografía no da resultados, recolocar el confín en la lengua da frutos igualmente poco aptos a describir la realidad.
La complejidad de la literatura como creación humana, compleja por natura, nos desorienta al querer situarla en horizontes artificiales, confinantes y confinados. Mientras nos movamos en categorías binarias, creo, no podremos dar con una satisfactoria colocación a cuestiones complejas como la literatura, porque esta manifiesta cortes temporales, temáticos, verticales y horizontales, multipertenencias, experiencias diacrónicas, evoluciones, relecturas. En definitiva describe una realidad múltiple en múltiples niveles. Estoy convencido de que necesitamos una nueva visión compleja, multipolar, capaz de describir y comprender la complejidad que generamos porque lo cierto es que el circulo hermenéutico según el cual todo se entiende si se entienden las partes y se entienden las partes si se entiende el todo, no puede ser resuelto hoy.

Literatura, libros y editoriales

Breves pensamientos no sistematizados, apuntes en orden libre, sobre literatura, libros y editoriales.

Una asunción equivocada es que, como siempre a mi juicio, los libros son la via por la cual el conocimiento se ha transmitido. Pues no. Es una de las vías por las cuales el conocimiento se ha transmitido: durante un tiempo la via más económica y eficiente, en modo especial si había que superar distancias más o menos grandes. Hoy es una de las vías por las cuales se transmite el conocimiento. Es probable que no sea la más económica. En cuanto a la eficiencia imagino que podemos discutir mucho y que se liga a los modos y a los niveles (de conocimiento y transmisión).

800px-Egypt_Sakkara_Museum_Statue_scribe_5th_DynastyUna asunción equivocada es que todos los libros son literatura. Ni por asomo. Por un lado porque existen los libros de entretenimiento, los de ensayo, los de divulgación y así muchos otros. Por otro lado porque una cosa es la intención del autor de escribir literatura y otra es la recepción del texto y su consideración final.

Una asunción equivocada es que hay libros que son libros y otros que no. lo digo más claro, los libros son impresos, los electrónicos son un dacio a la modernidad. Cierto, si las editoriales se empeñan en no desarrollarlo, en desmontarlo, desintegrarlo, a medida que se lee o se presta, en hacer imposible con él lo que es posible con el libro impreso, entonces estoy de acuerdo, el libro electrónico es superfluo. Lástima, porque de nuevo se confunde el instrumento con el fin, la forma con el objetivo.

Una asunción equivocada es que las editoriales son, per se, iniciativas culturales. Son una actividad económica. Como tales deben tener en cuenta su balance final. Algunas desarrollan un catálogo con una intención literaria o cultural, otras no, otras menos. Una viven y otras mueren. No siempre el resultado está ligado a su intención literaria o cultural. Las ambiciones, la gestión, la habilidad, la fortuna, infinitos factores determinan esto. Pero las editoriales no son, por definición, un templo.

Una asunción equivocada es que las editoriales son diabólicas casas donde se roban los derechos de los autores, se cometen toda clase de abusos y se enriquece a sus propietarios. Vistas las cuentas de la mayoría no parece que sea así. La verdad es que, temo, la codicia se ve en el otro. Una de las claves de la autopublicación, una de ellas (pláquense los tempestuosos), es la voluntad del autor de hacer dinero. Claro, la referencia es el autor de éxito, como para las editoriales es las editorial de éxito; es una lástima que la lista de los no exitosos sea mucho más larga y mucho más ignorada porque hace bien conocer también la parte oscura de la luna. Propongo que se organicen cursos donde se explique la realidad de una editorial, los tipos de contrato, los costes de la autopublicación (directo e indirectos); digo esto porque sin un libro que pago está mal editado por al editorial X puedo quejarme en voz alta y esperar que recojan mi queja y pongan remedio. Si hago lo mismo con un autor autopublicado, tal y como está el patio en materia de tolerancia, crítica y autocrítica, lo más probable es que se tome la cuestión como un ataque personal y aquí el cambio de dimensión todo lo distorsiona.

Una asunción equivocada es que la literatura es sinónimo de libro. Había literatura antes del libro. Es posible que la haya después.

Una asunción equivocada es que la desaparición de las editoriales equivale a la desaparición del libro.

Una asunción equivocada es que la edición de textos no cuesta.

Una asunción equivocada es que la lectura es ocio. Ni de lejos. Leer cuesta incluso cuando tiene como propósito inicial el asueto. la lectura necesita atención, no un lugar o un formato. Abandonemos la retórica.

Una asunción equivocada es que editar y vender libros es una actividad con la que se puede ganar mucho dinero. Ni tan siquiera con el libro como app. Ni con libros enriquecidos. Ni con suscripciones. Ni con libros impresos de gran calidad. ¿Qué hace creer que una actividad ligada a un ejercicio costoso en tiempo y esfuerzo como la lectura puede ser una campo en que ganar mucho dinero es posible?

Una asunción equivocada es que la autopublicación es el futuro de la lectura, de la literatura, de la edición. El futuro es que haya lectores y con el clima actual (ya lo dije aquí) nada deja pensar que su número vaya a crecer por si solo.