La tierra imaginada

En la encrucijada de la historia, así suelen presentarse personajes como Yosef Brenner.

Yosef Brenner nacido en Novi Mlini, entonces el Imperio Ruso, en el seno de una familia judía pobre, como tantas, fue uno de los escritores hebreos más influyentes de su tiempo y de los menos conocidos por aquí.

En cualquier caso los tiempos y las situaciones en que vivió Yosef Brenner tenían todo el aire de ser definitivos.

Desertor de las tropas rusas en la guerra ruso-japonesa, recaló en Londres con la ayuda del Bund en como escritor: ya había publicado Una loncha de pan (Pat Lechem) en el periódico en hebreo HaMelitz y una colección de historias breves.

220px-y-_h-_brennerSe afilió al Bund, el partido laborista judío de inspiración socialista y con afinidades con la socialdemocracia, era una organización no sionista, que propugnaba la intervención de los judíos allá donde estuviesen y el uso del yiddish como lengua (y la elección del hebreo por parte de Brenner como lengua de escritura es sin duda una primera señal de su heterodoxia.). Brenner no es un sionista y tampoco un bundista. Ha vivido entre progroms y revoluciones, grupos de autodefensa y comités revolucionarios. Su fe en la posibilidad de un entendimiento obrero y ecuménico entre las partes vacila pero no cesa. Diáspora es para Brenner un estado mental y anímico, en la línea de la regeneración del género humano que el bundismo predica. Diáspora es también un estado de permanente alienación, de extranjería perpetua. Quizá esa así que se siente en Londres mientras publica en HaMe’orer, otro periódico en hebreo con sede en Whitechapel (Asher Beilin Brenner, Londres, 1922 – fecha sintomática del impacto de Brenner en la vida intelectual y en las letras hebreas, pues murió en mayo de 1921, durante las revueltas de Jaffa.): fuera de lugar, en ningún lugar, como un no-ser.

La idea de la regeneración nacional y personal en Israel defendida por el sionismo se abre paso en su concepción personal, aunque se trata de un sionismo personal, de una regeneración que ahonda sus raíces en la posibilidad de ser un ser entero, sin que implique una propiedad exclusiva, idea que chocaría de lleno con sus ideales internacionalistas más sinceros. Respaldan esta idea, esta hipótesis, dos consideraciones: la primera de carácter personal. Su biógrafa Anita Shapira (Yosef Haim Brenner: A Life, Stanford University Press, 2014, traducción del original en hebreo de 2008), alude a problemas de identidad sexual y depresión; la segunda la posibilidad presente en todo regeneracionista es la regeneración por contacto con la tierra, y aquí la tradición tolstoiana no es indiferente (lo conocía bien y lo tradujo al alemán) y se suma a las posiciones sionistas en un connubio intelectual y literario.

Con estas condiciones vitales no es de extrañar que Brenner decida emigrar en 1909 a la palestina otomana. Imagina la conversión en un ser nuevo, en un Yosef diferente que quizá resuelva todas sus contradicciones y luchas interiores y que quizá lleve la luz de un auténtico internacionalismo ecuménico, sin distinción de raza o credo a todos los habitantes de una tierra que espera obre el milagro.

Brenner choca con dos realidades. La primera es su inadecuación al trabajo físico y pro lo tanto es una primer alejamiento de su renovación personal ideal; debe dedicarse a la enseñanza en el Gimnasio di Herzliya en Tel Aviv, ni tan siquiera en un kibutz rural. La segunda circunstancia es la división entre el sionismo y el bundismo y aún después de la escisión comunista del Bund. Y también de la división entre árabes palestinos y hebreos inmigrados ya nacidos después en los kubbitzim. Son tensiones que montan ininterrumpidamente hasta provocarle la muerte.

Creo que su obra refleja esta tensión, una profunda desilusión por la incapacidad del hombre de aprovechar la capacidad regeneradora de la tierra. El Israel imaginario de Brenner es una tierra muy distinta de la que habita. En la tierra real no hay sino dos diásporas en acto, una de los árabes palestinos, otra, interior, de los hebreos que sin regenerarse en la tierra de los ancestros, sin ser nuevos o mejores (y la traición de los ideales revolucionarios e igualitarios más puros es sin duda otro elemento que imposibilita la regeneración) han alargado el número de países en los que son extranjeros; una diáspora en lo que debía ser la solución a la diáspora y las persecuciones termina por ser un lugar más en que ser hostigados.

Qué le queda a Brenner.

El arte. Brenner pone toda su confianza romántica en la capacidad catártica del arte, aunque lo tiña de pesimismo y nihilismo. Sus sueños abortados, sus esperanzas irrealizadas, su amargura y frustración alimentan los temas de sus novelas, pero no arañan a su desesperada confianza. Brenner desconfía del hombre como individuo y al mismo tiempo desconfía en el hombre como conjunto social. No renuncia a la esperanza. Toda posibilidad de cambio está en la tierra como catalizador inmóvil y en el arte de la escritura como testimonio. Su prosa, experimental en un momento en que la literatura en hebreo está aún en pañales, mescolanza de hebreo, árabe, yiddish e inglés, lo apuesta todo en la fuerza de los hechos que la literatura puede y debe transmitir sin edulcorarlos. Un estilo que puede parecer tosco y duro en el que la verdad es todo, sin pactos con la estética. La verdad debe triunfar allí donde todo lo demás ha fracasado.

La tierra imaginada por Yosef Brenner no era real. Ni tan siquiera la tierra en su literatura era real, pero tampoco vale caer en la retórica fácil que asevera que su tierra era la literatura. En realidad Brenner imaginó una tierra inexistente ecuménica y proletaria, de hombres inexistentes, una tierra real para un sueño. Una tierra eminentemente literaria. Y murió de soñador.

Yosef Brenner solo tiene una traducción disponible en castellano y data de 1989: Ocho Obras Maestras de la Narrativa Hebrea, Barcelona, Riopiedras, 1989.

Ps: Brenner se casó con Eva, de la cual tuvo un hijo, Uri. En ocasiones creo que el poema “Eqrah” de Raquel Bluvstein (adaptado por Noa para ser una canción títulada “Uri”.) es un velado homenaje a los sueños y esperanzas que Brenner pudo haber tenido para el futuro del pequeño Uri.

George Takei

Shakespeare a los mandos de una nave espacial. Shakespeare en persona no, pero sí uno de sus interpretes: George Takei. El sonriente Sr. Sulu era un actor shakespereano prestado a la exploración de las galaxias junto a un heterodoxo y multirracial, incluso multiplanetario, equipaje. Detengámonos por un momento aquí.

George Takei con cinco años no vagaba por las galaxias, ni interpretaba papel alguno junto a Cary Grant (Walk, Don’t Run, 1966, una rareza por entonces un actor asiático en Hollywood). En realidad estaba muy quieto en un campo de concentración en Rohwer, Arkansas. Y después y hasta la edad de diez años en “Tule Lake War Relocation Center” en California. Ser de descendencia japonesa en los EE.UU en aquel entonces era sinónimo de peligrosidad, fuere cual fuere la realidad de los hechos.

Con treinta años en vez y junto a Nichelle Nichols (la teniente Nyota Uhura, la primera mujer de color con rango de oficial: incluso Martin Luther King intervino para que no abandonase el papel por la importancia simbólica que tenía para la población afroamericana aún en lucha por sus derechos civiles), a Walter Koenig (el timonel Pavel Andreivich Chekov, un ruso) y a Leonard Nimoy (el oficial ciéntifico medio extrarterreste, algo si cabe aún más turbador que si fuese extraterreste por completo), dieron vida a una utopía futurista de convivencia interracial e intergaláctica pacífica y no capitalista. Un equipaje heterodoxo y varipinto, no exento de dificultades de las relaciones, pero siempre a la escucha, siempre resolviéndolas en modo constructivo, atento, abierto.
El sueño de conocer a quien diferente, escucharle, estrechar lazos de convivencia cuando no de amistad, saber que hay más allá del mpróximo punto lejano, todo esto describía la época y los personajes y las personas que los interpretaban, empezando por George Takei eran ya entonces iconos.
George Takei con el tiempo ha encarnado aún más este aspecto de extrema apertura y no solo por haber superado la discriminación racial, sino por haber declarado su homosexualidad (imagino que fuese un secreto a voces en los ambientes cinematográficos) sin perder por ello su status de icono intergaláctico, quizá aumentándolo.

La realidad de hoy es muy distinta.

George Takei superó el campo de concentración y devino un icono pop de alto valor civil.
Hoy crecen muros aquí y allá. La islamofobia y la discriminación más radical está presente aquí y allá. La esperanza de Takei “me gusta pensar que la orientación sexual no será una hecho digno de nota en s. XXIII” parece algo más lejana. Hemos dejado de pensar en lo que está más allá para cambiar lo que está más aquí. Nos hemos concentrado tanto en el aquí y ahora que nuestra mirada se ha vuelto atrás. Cualquier utopía está prohibida y en este modo nada sutil nos hemos cerrado todas las perspectivas de futuro, hemos bloqueado todas las puertas que llevan a soluciones distintas, hemos atrancado nuestros oídos al diálogo y generamos violencia.

George Takei volvería hoy a un campo de concentración en Arkansas.

Hoy Trump, como no, paladín de una mirada que no solo es suya y no solo es estadounidense, prefiere las distopias, el choque cultural, el choque violento, el capitalismo exasperado, la sordera y el pasado como futuro.

Con este panorama yo me agarro a George Takei, al Sr. Sulu y todos sus compañeros de la Enterprise para seguir imaginando utopías de futuro para todos, extraterrestes incluidos.

Ps: sobre los campos de concentración para ciudadanos nipoamericanos hay abundante bibliografía, pero quizá baste leer una novela Perfidia (James Elroy, 2014) para recabar un cuadro general. Yo la leería.